lunes, 30 de marzo de 2009

“Si dejas de pedalear te caes y, si continuas pedaleando, te la pegas"

-Mini-manifiesto subnormal XLVIII, de Jesús Cabrera- Domingo, 29 de marzo de 2009

El modelo económico básico en que los economistas inspiramos nuestras recomendaciones de decisión a los agentes económicos, habría de corresponderse con el modelo que contempla los comportamientos sociales y las apetencias y afanes de la gente que nos rodea. Desde comienzos del siglo XVIII en que nace la “ciencia económica”, todo surge de la observación más o menos científica de la realidad social y nada en ella es inmutable o predecible sino los cambios en los comportamientos y anhelos individuales inducidos por ésta, que, hoy día, deben estar produciéndose a toda velocidad, en tanto estamos viviendo una profunda crisis económica y social (por primera vez a nivel global) que ha de estar provocando cambios más que notables en los esquemas de comportamiento de miles de millones de humanos en el mundo entero.

No parece excesivo pensar que el deseo de mantener el nivel de bienestar alcanzado en muchos países empieza a pujar con ventaja sobre el deseo de aumentar, continua y persistentemente, la riqueza y la productividad colectiva. Al menos en las partes del Planeta sobre las que la economía ya ha extendido y generalizado confortables estándares de bienestar económico, me atrevo a pensar que han de ser mayoría, ya, los ciudadanos que claman por el mantenimiento de la actividad económica conforme al nivel actual y están dispuestos a renunciar a nuevos incrementos a cambio de estabilidad en sus ingresos y el aseguramiento de la cobertura de sus necesidades básicas.

Si esto fuera así, no ha de tardar en hacerse evidente (incluso para los economistas más recalcitrantemente fieles al modelo liberal clásico) que tratar de mantener elevadas tasas interanuales de crecimiento económico, apoyadas en continuos aumentos de la productividad y el incremento relativo de la población activa ocupada, con avances tecnológicos en cada uno de los Estados; ha de encontrar a nivel global (si no la ha encontrado ya) una asíntota infranqueable en tanto la producción mundial se acerca a un cierto volumen imposible de realizar con provecho en el mercado. Pero además, entre la gente se empieza a percibir el desencanto con el aumento de la riqueza individual a expensas de una existencia estresada por maximizar la productividad de cada uno y la de su familia en un entorno de competencia cada vez más combativo y apremiante, a lo que se une la sensación de inseguridad frente a la posibilidad de pérdida del confort económico de que ya se disfruta. En definitiva, es el síndrome del que aprende a montar en bicicleta: si dejas de pedalear te caes y si continúas pedaleando te la pegas. Un horror dentro de la abundancia.

Por otro lado, yo no sé cómo piensan las economías de los países actualmente más ricos (en “renta per cápita”, me refiero) enfrentarse a la competencia de los países emergentes (China, India, Brasil, etc.) que cuentan con más abundante población joven y mayor capacidad de ahorro, es decir que disponen de más trabajo y de más capital, habiendo adoptado ya las formas de producción occidentales y semejante sabiduría en la administración de sus intereses nacionales. Mas, desde luego, no habrá de ser superándoles en la carrera de avances tecnológicos y obstaculizándoles su utilización, ni tampoco, mediante la explotación exógena y abusiva de sus recursos. Será necesario el encuentro en un “statu quo” internacional, compatible con las prácticas de libre comercio, en base al compromiso de equiparación progresiva de la población de dichos países con el bienestar económico-social de que disfrutemos en el “primer mundo”. Ésta podría ser una solución viable en tanto se reconozca y asuma aquí, entre nosotros, que ello supone renunciar “sine die” a algunas décimas o puntos de crecimiento interanual del PIB y desviar los objetivos político-económicos estatales hacia el aumento del bienestar social, la estabilidad, la calidad de vida de los ciudadanos y la redistribución de la renta. Mas, ¿dicha senda de evolución es políticamente viable de forma democrática? Me temo que no, pero, ¿por qué? Por que carecemos de una Autoridad Mundial (supranacional y democrática) capaz de imponerse a los llamados “poderes fácticos” que operan en todos y cada uno de los Estados Nacionales.

No obstante, nos anima la esperanza y el deseo de que termine imponiéndose el convencimiento de que, en habiéndose llegado a ciertos niveles de productividad, todos colectivamente podemos vivir mejor sin necesidad de aumentar continuamente la producción destinada al mercado y basta para ello con dedicar mayor atención y tiempo, por ejemplo, a la producción de servicios a nuestra familia, a nuestros hijos, a nuestros ancianos, a nuestros vecinos, etc., o bien, en favor de nuestro propio enriquecimiento cultural, su disfrute o dotándonos de mayor calidad y autocomplacencia con nuestro “trabajo productivo”, haciéndolo mejor y más auto-satisfactorio. Estas cosas que mejoran la calidad de vida sin aumentar el PIB, los chinos no podrán venir a hacerlas por nosotros, ni a competir por producirlas. Todo lo más, tratarán de imitarlas en su propia casa, perdiendo competitividad de paso y, desde luego, Adam Smith -el pobre, que no pudo contar con la virtualidad generalizada del “trabajo improductivo” en un Universo tan lleno de miseria como el que a él le tocó vivir- no estaría en desacuerdo... él, tan moralista, ¿qué más hubiera deseado que vivir en un Planeta tan rico como el que ahora tenemos, a pesar de plagado de parados involuntarios[1], y desviar sus cavilaciones directamente hacia el “Bienestar de la Gente”, en vez de preocuparse por la “Riqueza de las Naciones”?

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[1] Ahora no toca hablar, por no desviar la atención del lector, de la miseria tercer mundista pero pienso que el discurso expuesto es compatible e incluso muy pertinente si se enlazara con esta otra vertiente de la economía global.