viernes, 12 de marzo de 2010

La tasa de recuperación de la Red

Autor: Jesús Cabrera (9 de Marzo 2010)

Hace algún tiempo, varios lustros, escribí algo acerca del futuro de las telecomunicaciones relacionado con la enorme diferencia que tendría que haber entre la situación del pasado de aquel entonces y el futuro que se veía venir, en tanto que los mensajes -lo más importante a mi modo de ver del “acto comunicacional”- habían sido hasta entonces esencialmente de voz, sin costes de producción del mensaje en sí mismo. Se empezaba a ver claramente que en un futuro no muy lejano la actividad del Sector pasaría a depender de la trasmisión de mensajes producidos con propósito comercializador y costes de producción explícitos. Lógicamente, aquel artículo lo escribí en el contexto de la dicotomía, que por entonces era muy usual, entre las telecomunicaciones de “voz” y las de “datos e imágenes” y desde la perspectiva de destacar la necesidad de dotar a las redes del futuro de una mayor capacidad y ancho de banda, en tanto que la demanda de voz, a escala mundial, crecía anualmente a ritmos del orden del 3% ó 4%, frente al 20% acumulativo, o más, de las comunicaciones de datos y que, además, éstas, para que resultaran útiles, requerían mucha más velocidad de transmisión.

Era allá por el principio de la década de los años 80`s y ya entonces resultaba muy evidente -para los profesionales ocupados y preocupados por estas cosas- que la evolución de la demanda iba a ser muy rápida y el cambio muy intenso, tanto cuantitativa como cualitativamente. Todo ello; sin contar con la sorprendente emergencia de Internet que ocurrió después, ni con la súbita explosión que iban a tener los móviles; resultaba muy claro: la base del desarrollo de las telecomunicaciones del futuro estaría en la transmisión de mensajes producidos, no por la voz humana, sino por los “ordenadores” y, desde los presupuestos estratégicos de las operadoras de telecos, habría que contar muy seriamente con la industria de producción, gestión y distribución de los “nuevos mensajes”. Asumirla, integrarla, asociarse con ella... lo que fuera, pero algo habría que hacer.

Traigo a colación tal cuestión al ver cómo se está planteado actualmente, en términos de debate muy polémico, lo que (para no andarme por las ramas en el acotamiento del tema) enunciaré directamente como la cuestión planteada por Cesar Alierta (Presidente de Telefónica); en su conferencia en Bilbao del pasado 5 de Febrero, que llamó tanto la atención. Se refirió, con toda lógica en defensa de los intereses de su Corporación y de otras semejantes, a la necesidad de establecer el cobro de un peaje de paso por las redes, o algo similar que yo preferiría llamar “tasa de recuperación de la Red”, a las empresas que facilitan la navegación y búsqueda de contenidos de información a través de las rutas de telecomunicación e infraestructuras propiedad, básicamente, de unas cuantas grandes operadoras a lo largo y ancho del Mundo, obteniendo con ello, aquellas, pingües beneficios y sin aportar nada para el mantenimiento y expansión de las mencionadas rutas.

No sería necesario remontarse “al tiempo de los godos” -como parecerá que pretendo hacer- para buscar la racionalidad/irracionalidad de lo que está pasando en la economía del “Sector Convergente” si no fuera porque esto que llama tanto la atención ahora, se veía venir desde hace más de 25 años, a pesar de que todavía no había aparecido Internet en el escenario, ni, por supuesto, Google o algo semejante. Pero sí, ya por entonces, los gabinetes estratégicos de las grandes operadoras estaban ocupados y preocupados por dos cuestiones fundamentales:
 Primera, que el proceso de “desregulación versus regulación” a nivel planetario ya se había puesto en marcha, y
 Segunda, que las redes no estaban preparadas y era ineludible prepararlas cuanto antes para la gran avalancha de tráfico que tendrían que soportar, tramitar y gestionar de un modo muy diferente. Había que espabilarse para no perecer en el intento y sacar de ello el mayor provecho posible, puesto que el escenario futuro que se entreveía comportaba tan atractivas oportunidades como importantes riesgos.

Quede claro que no estoy ni a favor ni en contra, “a priori”, con el planteamiento formulado por el Sr. Alierta, aunque resulta obvio preguntarse: ¿cómo sale Telefónica, ahora, con éstas? ¿Acaso esta situación no es fruto de la emergencia paulatina de agentes en el mercado, a la luz del día, con sus respectivos planteamientos y modelos de negocio pensados y establecidos bajo unas reglas de juego dadas? Qué ha sido lo que ha inducido a las grandes corporaciones como Telefónica a dejar que se llegara a una situación que ahora denuncian como insidiosa y capaz de generar grandes desajustes en la retribución de los recursos puestos en juego para la producción de los servicios de telecomunicaciones... ¿Por ventura no lo han estado viendo venir y nacer?... Pues sí, ciertamente, me consta que se vio venir pero, al parecer, no resultó posible evitar la deriva de los acontecimientos y, por eso, en éstas estamos. La cuestión llama a la actualidad y conviene pensar en los porqués y el cómo se ha llegado a una tan enrevesada carencia de racionalidad económica en las relaciones entre los agentes que intervienen en la producción de los modernos y sofisticados servicios que ofrece al mercado el Sector Convergente.

Sin entrar en las razones lógicas y/o ideológicas que animaron a las Autoridades Reguladoras de todo el Mundo a partir de mediados los años 70`s, resultará obvio para la mayoría que la principal meta, que obsesivamente han perseguido las citadas autoridades, ha sido, primero, eliminar los “derechos exclusivos” e, inmediatamente, propiciar y acelerar la emergencia de la “competencia”. Al aparato regulador que se montó a partir de entonces -por todos los rincones del Planeta y con todas sus múltiples facetas diferenciadoras- difícilmente se le reconocerá otro objetivo explícito que el de fomentar la competencia bajo el presupuesto indiscutible de que con ello se alcanzaría un futuro de mayor eficiencia para el Sector, con las ventajas que de ello habrían de derivarse para la Sociedad en pleno y, todo ello, a base de demonizar los históricos “monopolios naturales” y cantar loas de alabanza al libre mercado en competencia. Cuanta más mejor, parecía la consigna.

Mas inmediatamente, en la práctica, se hizo evidente que conseguir que aflorara un mercado de servicios finales en competencia, entre múltiples agentes operando en el seno de un mismo territorio, no resultaba posible sin la creación simultanea de un mercado de servicios intermedios o de prestaciones de servicios de interconexión entre las redes de los diversos agentes, por mínimas e insignificantes que éstas fueran, y, esto último, no se podía esperar que ocurriera mediante la apelación a la libre concurrencia de oferentes y demandantes por los habituales mecanismos de confrontación que, en teoría, conducen racionalmente a los mercados hacia situaciones de equilibrio dónde se maximiza su eficiencia económica. Resultaba radicalmente imposible la formación espontánea de un mercado de interconexión o de lo que luego se dio en llamar un mercado mayorista de telecomunicaciones, y hubo que forzar su existencia en tanto que el pretendido mercado, aun cuando pudiera tener potenciales demandantes, carecería en todo caso de oferentes voluntarios. Ninguna operadora de las establecidas en aquel entonces, estaba dispuesta a vender a otra operadora (competidora suya) las prestaciones de “su” red, a ningún precio, ya que el comprador siempre trataría de arrebatarle el cliente final que, hasta entonces, había sido “suyo” por definición.

Había que obligar a las “operadoras incumbent” -y se las obligó- a ofertar los mencionados servicios a un precio impuesto por el regulador orientado al “coste de producción marginal o incremental” que, como todo el mundo sabe o imagina, es o tiende a ser: cero. No deseo ir más allá por esta línea de reflexión, pero ahí queda. Se pretendió racionalizar el mercado de las telecomunicaciones a partir de una irracionalidad absoluta, si bien, con muy buenos propósitos. Mas, en mi opinión, como dice el refrán: “de aquellos polvos vienen estos lodos”, y a éstos he de referirme finalmente.

Con la liberalización de las telecomunicaciones, el mercado del Sector Convergente experimentó un “boom” expansivo sin precedentes que no sólo dio oportunidad de entrada a multitud de nuevos agentes, si no que, también, benefició y no poco a las operadoras preestablecidas; todo ello a partir y gracias al enorme abaratamiento de los precios y a la expansión de la demanda que indujeron, conjuntamente con una prodigiosa diversificación de los servicios ofertados. Todo el mundo, casi, salió ganando con la introducción de la competencia en el Sector, hasta el extremo de que, por fin, para las familias el coste incremental (de consumir mayor cantidad de los servicios tradicionales y de los nuevos servicios, excluyendo los móviles) resultaba ser nulo y hasta negativo en algunos casos. Así, de la forma más natural y gracias a la competencia, se introdujeron “tarifas planas” (¡anda que no las suplicó Telefónica cuando aún era monopolio!), que incluían el acceso ilimitado a Internet y hasta la TV de pago y, de regalo, los terminales, la conexión, etc. Entre tanto algunos, no pocos, nos preguntábamos: ¿a dónde irá a parar todo esto?

Mas, durante ese mismo entretanto, el Sector Convergente se fue reorganizando y encontrando oportunidades de gestión y de negocio que, en buena medida (especialmente en lo que respecta a lo que trae a cuento todo esto) dichos negocios se fundaban en obtener sus ingresos, no directamente de los usuarios de los servicios, sino de otros, también negocios, interesados en los “actos comunicacionales” que habrían de efectuar aquellos (los usuarios finales), como, por ejemplo, hallando ocasión para meter su publicidad entre ellos. Pero no nos fijemos sólo en la publicidad, hay otras muchas cosas e intereses muy complejos detrás de la polémica acerca del “de qué” viven empresas tan exitosas como Google, Yahoo, Microsoft... de las que muchas veces somos clientes sin percatarnos de ello.

Ahora bien, sea como sea, el hecho cierto es que alrededor de las telecomunicaciones se ha creado un poderoso entorno de “productores de humo” -y no lo digo en sentido peyorativo- con la colaboración y hasta con el beneplácito de los grandes propietarios, desplegadores y conservadores de la tupida red de infraestructuras sobre la que se desarrollan muchos y fastuosos negocios colaterales y una pléyade de ventajas y oportunidades para la Sociedad Global en su conjunto. ¿Por qué no hicieron o hacen ellos (las operadoras de las redes) este trabajo?, se preguntará alguno, y yo le contesto: En unos casos, directamente, porque no las dejaron (véase el “encorsetamiento” impuesto a las operadoras regionales en EE. UU. durante el largo periodo que va desde el “desmembramiento de ATT” en 1982 y la Telecomunications Act de 1996 que lo prolongó aún más, a su manera); en otros casos, como es el de las operadoras europeas, porque bastante trabajo tenían ellas con adaptarse a la vacilante y prolija regulación, recomponiendo, modernizando o parcheando sus infraestructuras y modos de gestión para hacer frente a las veleidades de la competencia, a la emergencia de nuevos servicios -muchas veces meras formas nuevas de ofrecer lo mismo de siempre- y, no poco, con atender las exigencias y limitaciones de los reguladores (lo digo en plural porque son, han sido y probablemente serán, de hecho, más de uno y no siempre co-orientados entre sí).

En resumen, lo que al parecer está ahora en cuestión no es otra cosa que la revisión de la racionalidad económica de las relaciones entre los agentes productores del Sector Convergente, la cual, en algún momento, resultó distorsionada por una voluntad reguladora, cargada de irracionalidad, a la que los agentes hubieron de acomodarse como buenamente pudieron y que han continuado y continuarán haciéndolo mientras puedan. Pero, está muy claro que los ingresos del Sector, en general, se están estancando (o se han estancado ya) y, no obstante, las necesidades de inversión en las redes de telecomunicaciones -como así ha sido toda la vida- no van a disminuir, sino mejor sería desear que crecieran, y, por lo tanto, de algún sitio ha de salir el dinero para financiarlas. De cara al futuro, las fuerzas del mercado habrán de buscar un nuevo acomodo entre sí y el Sr. Alierta hace muy bien en, al menos, anunciarlo.

Lo que no acabo de entender es por qué parece no importarle, al Sr. Alierta, ir en esta cuestión de la mano de la Autoridad Reguladora. ¡Maldita la falta que le hace! siendo ésta, precisamente para mí, la pretérita causante del entuerto en que ahora estamos metidos. Mas para los que vemos los toros desde la barrera y sólo podemos opinar sin intervenir, la cuestión es del todo pertinente y el debate interesante y necesario. Se está produciendo una seria distorsión en la asignación de los recursos y debemos confiar en que, al final, se llegará a un razonable acomodo de intereses entre los agentes, adaptado a las circunstancias que se vayan dando -con permiso de la autoridad competente- y sacando cada uno el mayor provecho que pueda, de modo que, también, se haga posible un razonable avance en el desarrollo de las infraestructuras conforme a las previsiones de demanda a largo plazo, tal como históricamente nos tiene acostumbrados la “vocación largoplacista” del Sector. Creo que es una cuestión de poder, no de regulación, puesto que, nos guste o no, el mercado mundial de las telecomunicaciones, en todos sus eslabones de la cadena de valor, ahora, está ya abierto a la competencia de forma irreversible.

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