Miguel Boyer, ilustre economista que lleva ya muchos lustros siendo una referencia de autoridad muy respetable en nuestro país y por el que nunca, hasta hoy (26/05/2010), he sentido una especial admiración aunque, ciertamente, tampoco lo contrario, ha publicado esta mañana en “El País” un artículo que ha despertado en mí, en calidad de simple ciudadano, un especial sentimiento de gratitud hacia él. De vez en cuando es necesario -y yo diría que hasta imprescindible para muchos de nosotros- leer algo netamente positivo acerca de la gestión del Gobierno en todos los aspectos pero, muy especialmente, en relación con la gestión de esta “crisis” que está asolando la economía española y europea, así como la de todos los países del primer mundo que ya veremos si se puede hacer algo para que siga siéndolo en el futuro y si tal categoría resultará pertinente a partir de ahora.
El Sr. Boyer no duda en afirmar rotundamente que el Gobierno del Sr. Rodríguez Zapatero “hizo los deberes”, habiendo tomando importantes medidas reactivadoras de gran calado (España es el quinto país entre los de la OCDE por la dimensión y cuantía de las medidas reactivadoras adoptadas) y habiendo anunciado, a tiempo y además por la vía presupuestaria ordinaria, medidas reparadoras a medio plazo del Déficit Público, que habrán de ser de aplicación en el momento que el propio Gobierno estima ha de comenzar la reactivación del PIB (en particular la anunciada y aprobada subida de los tipos del IVA para el segundo semestre de este año).
Para la generalidad de los ciudadanos, colectivamente, son muy de agradecer estas manifestaciones del Sr. Boyer, especialmente si son expresadas, como él lo hace, con palabras rotundas y de una sencillez meridiana, carentes de ambigüedad, y no como lo suele hacer la mayoría de los comentaristas económicos de este país -incluidos aquellos menos sospechosos de militar en la oposición sistemática al Gobierno del PSOE- que, aún en el caso de dar por buenas las medidas tomadas coyunturalmente por este Gobierno, adopta una perspectiva de sistemática descalificación global, soltando latiguillos tales como: “a buena hora”, “vale, pero es contradictorio con las anteriores medidas” o “sí, pero lo más importante sigue sin hacerse” o “bien, pero este señor no está a la altura de las circunstancias”, etc., sin reconocer, y aun reconociendo algunas veces, lo confuso de la situación, las turbulencias del entorno y la gravedad del momento.
El Gobierno, en las fases en que la crisis se ha ido desarrollando, ha tomado medidas. Medidas discutibles si se quiere, pero ha tomado medidas: Primero en la detectación prudente del comienzo de la crisis, sin precipitación y tratando de evitar un innecesario alarmismo; después, cuando el escenario manifestó ya la pérdida neta de actividad económica, con medidas de reactivación del gasto público que parecen haber evitado una caída del PIB tan profunda como la que han experimentado los principales países de nuestro entorno y, en la tercera secuencia, a finales del año pasado, con una razonable confianza en el comienzo de la recuperación, señalando, del lado de los ingresos públicos, la vía fiscal por donde el Gobierno propone corregir a medio plazo el déficit presupuestario en que se haya incurrido. Ya veremos ahora lo que pasa con las nuevas medidas de austeridad presupuestaria propuestas por el Gobierno, al hilo de la necesidad que el entorno le está imponiendo y que se debatirán pasado-mañana en el Parlamento.
Tales medidas anticíclicas coyunturales son “de manual” y se han adoptado cuando tocaba hacerlo, lo cual no significa que hayan de ser del agrado de todo el mundo en cuanto a la concreta orientación adoptada del gasto o en cuanto a la figura tributaria elegida y el grado de eficacia y eficiencia que finalmente se espera demuestren. Pero decir esto es cosa muy distinta que traer a colación las medidas de tipo estructural, correctivas, que este país hubiera requerido hacer hace muchos años y que no fueron abordadas (intencionada o inconscientemente) por los diversos gobiernos anteriores -incluidos los del Sr. Rodríguez Zapatero- que dejaron pasar alegremente, auto-complacidos, los años de bonanza; sin querer ver cómo el modo de vivir y producir, sobre el que se asentaba la nominal pujanza de la economía española, tarde o temprano habría de sufrir un importante proceso de transformación, por las buenas, desde dentro, o por las malas, forzado por las circunstancias del entorno.
Todo el mundo sabía que el sector del ladrillo estaba alcanzado dimensiones relativas excesivas y que, probablemente por eso, el empleo de la fuerza de trabajo disponible y el equilibrio presupuestario se mantenían en niveles aceptables, determinando a su vez que, progresivamente, se fuera deteriorando la productividad relativa y la competitividad de nuestra economía; al tiempo que crecía vertiginosamente el endeudamiento exterior del sector privado. Todo esto se sabía y, también, que el sistema financiero a escala mundial estaba obrando “el milagro” de la multiplicación descontrolada de la riqueza en términos de dinero y que, el euro, nuestra divisa no soberana, carecía de un respaldo institucional capaz de controlar su evolución y de vincularla a una determinada política presupuestaria europea común, con objetivos gestionables por un Gobierno Unitario al servicio de Europa en su integridad y solidario con el resto del Mundo, ya que el principio de compromiso de estabilidad se sabía que no habría de resultar suficiente y menos en tiempos de crisis.
El Gobierno -sea del color que sea y se decida, cuando toque, en las urnas- ahora, sin partidismos, precisa que se le otorgué un amplio margen de confianza al menos en las cuestiones coyunturales, exigiéndole, eso sí, por encima de todo, que España responda a los retos europeos y mundiales. A partir de ahora (y cualquier ahora vale) habrá de bregar con la difícil papeleta de abordar en circunstancias harto difíciles una acelerada y profunda transformación del entramado productivo de nuestra sociedad para hacerlo más competitivo y adaptarlo al escenario mundial (que a su vez estará en profunda transformación); al tiempo que se vaya absorbiendo la bolsa de desempleo acumulada mientras pueda ser soportada socialmente y sin quebrar las finanzas públicas que, afortunadamente, al comienzo de la crisis estaban relativamente bien.
Se ha de reconocer la gran dificultad de la tarea y bueno será que todos los ciudadanos y en particular los profesionales de la Economía, seamos muy críticos, pero aún mejor, que sepamos serlo sin echar todo el rato arena en los engranajes y, en este sentido, me ha parecido que el artículo del Sr. Boyer tiene un gran mérito.
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