Mientras sigamos considerando que nuestra única tabla de salvación es “el crecimiento económico”, a medio y largo plazo, no tenemos salvación.
Debemos procurar, sí, que nuestro sistema productivo sea cada vez más productivo o, lo que es lo mismo, que con nuestros recursos disponibles se produzca la mayor cantidad de riqueza posible, pero, de eso a que, si no alcanzamos cada año una tasa real de crecimiento del PIB superior al X% nuestra economía y nuestros gobernantes habrán fracasado, hay un abismo. ¿Razones?:
1º El PIB de un país no mide la riqueza que el país disfruta, sino el flujo de bienes y servicios que produce anualmente con destino al mercado, valorados a precios de éste.
2º La riqueza de un país depende del capital neto acumulado y del bienestar que éste proporciona, social y individualmente, dependiendo de cómo esté distribuido y administrado y descontando de él la tasa de riesgo de destrucción o pérdida ocasional que pueda atribuírsele (por cierto, más alta cada vez si no empezamos a mirar la realidad económica de otro modo).
3º En consecuencia, en el aumento de la productividad de la economía del país se debería distinguir, entre: la productividad generada a partir del aumento de la producción de bienes y servicios con destino al mercado, de la que se puede generar con el empleo directo de recursos en la mejora y aumento del bienestar social.
Podrían encontrarse otras muchas razones, pero con estas basta para ver que, si China y los demás países emergentes nos ganan la batalla -que deberíamos dar ya por perdida- del reparto del crecimiento anual del PIB mundial, nos queda la vía estratégica de utilizar los recursos excedentes disponibles en aumentar, continua y establemente, el “Bienestar Social Nacional” (BSN)
¡¡¿Quién ha sentenciado que no se podrá reducir la tasa de paro hasta que el incremento anual del PIB no supere no-sé-qué-tanto-por-ciento?!! Si tal sentencia fuera válida para España durante la próxima década, más vale que no nos molestemos en buscar un Gobierno que lo consiga. Estaremos condenados a “quemar”, sistemática y sucesivamente, todos los que vengan prometiéndolo y no lográndolo. Sólo nos queda esperar que venga alguno que nos proponga un “cambio de valores” y, si la receta no se hace extensiva al conjunto de las sociedades del “primer mundo”, cada día, este Mundo será más ingobernable.
domingo, 30 de mayo de 2010
Gracias, Sr. Boyer
Miguel Boyer, ilustre economista que lleva ya muchos lustros siendo una referencia de autoridad muy respetable en nuestro país y por el que nunca, hasta hoy (26/05/2010), he sentido una especial admiración aunque, ciertamente, tampoco lo contrario, ha publicado esta mañana en “El País” un artículo que ha despertado en mí, en calidad de simple ciudadano, un especial sentimiento de gratitud hacia él. De vez en cuando es necesario -y yo diría que hasta imprescindible para muchos de nosotros- leer algo netamente positivo acerca de la gestión del Gobierno en todos los aspectos pero, muy especialmente, en relación con la gestión de esta “crisis” que está asolando la economía española y europea, así como la de todos los países del primer mundo que ya veremos si se puede hacer algo para que siga siéndolo en el futuro y si tal categoría resultará pertinente a partir de ahora.
El Sr. Boyer no duda en afirmar rotundamente que el Gobierno del Sr. Rodríguez Zapatero “hizo los deberes”, habiendo tomando importantes medidas reactivadoras de gran calado (España es el quinto país entre los de la OCDE por la dimensión y cuantía de las medidas reactivadoras adoptadas) y habiendo anunciado, a tiempo y además por la vía presupuestaria ordinaria, medidas reparadoras a medio plazo del Déficit Público, que habrán de ser de aplicación en el momento que el propio Gobierno estima ha de comenzar la reactivación del PIB (en particular la anunciada y aprobada subida de los tipos del IVA para el segundo semestre de este año).
Para la generalidad de los ciudadanos, colectivamente, son muy de agradecer estas manifestaciones del Sr. Boyer, especialmente si son expresadas, como él lo hace, con palabras rotundas y de una sencillez meridiana, carentes de ambigüedad, y no como lo suele hacer la mayoría de los comentaristas económicos de este país -incluidos aquellos menos sospechosos de militar en la oposición sistemática al Gobierno del PSOE- que, aún en el caso de dar por buenas las medidas tomadas coyunturalmente por este Gobierno, adopta una perspectiva de sistemática descalificación global, soltando latiguillos tales como: “a buena hora”, “vale, pero es contradictorio con las anteriores medidas” o “sí, pero lo más importante sigue sin hacerse” o “bien, pero este señor no está a la altura de las circunstancias”, etc., sin reconocer, y aun reconociendo algunas veces, lo confuso de la situación, las turbulencias del entorno y la gravedad del momento.
El Gobierno, en las fases en que la crisis se ha ido desarrollando, ha tomado medidas. Medidas discutibles si se quiere, pero ha tomado medidas: Primero en la detectación prudente del comienzo de la crisis, sin precipitación y tratando de evitar un innecesario alarmismo; después, cuando el escenario manifestó ya la pérdida neta de actividad económica, con medidas de reactivación del gasto público que parecen haber evitado una caída del PIB tan profunda como la que han experimentado los principales países de nuestro entorno y, en la tercera secuencia, a finales del año pasado, con una razonable confianza en el comienzo de la recuperación, señalando, del lado de los ingresos públicos, la vía fiscal por donde el Gobierno propone corregir a medio plazo el déficit presupuestario en que se haya incurrido. Ya veremos ahora lo que pasa con las nuevas medidas de austeridad presupuestaria propuestas por el Gobierno, al hilo de la necesidad que el entorno le está imponiendo y que se debatirán pasado-mañana en el Parlamento.
Tales medidas anticíclicas coyunturales son “de manual” y se han adoptado cuando tocaba hacerlo, lo cual no significa que hayan de ser del agrado de todo el mundo en cuanto a la concreta orientación adoptada del gasto o en cuanto a la figura tributaria elegida y el grado de eficacia y eficiencia que finalmente se espera demuestren. Pero decir esto es cosa muy distinta que traer a colación las medidas de tipo estructural, correctivas, que este país hubiera requerido hacer hace muchos años y que no fueron abordadas (intencionada o inconscientemente) por los diversos gobiernos anteriores -incluidos los del Sr. Rodríguez Zapatero- que dejaron pasar alegremente, auto-complacidos, los años de bonanza; sin querer ver cómo el modo de vivir y producir, sobre el que se asentaba la nominal pujanza de la economía española, tarde o temprano habría de sufrir un importante proceso de transformación, por las buenas, desde dentro, o por las malas, forzado por las circunstancias del entorno.
Todo el mundo sabía que el sector del ladrillo estaba alcanzado dimensiones relativas excesivas y que, probablemente por eso, el empleo de la fuerza de trabajo disponible y el equilibrio presupuestario se mantenían en niveles aceptables, determinando a su vez que, progresivamente, se fuera deteriorando la productividad relativa y la competitividad de nuestra economía; al tiempo que crecía vertiginosamente el endeudamiento exterior del sector privado. Todo esto se sabía y, también, que el sistema financiero a escala mundial estaba obrando “el milagro” de la multiplicación descontrolada de la riqueza en términos de dinero y que, el euro, nuestra divisa no soberana, carecía de un respaldo institucional capaz de controlar su evolución y de vincularla a una determinada política presupuestaria europea común, con objetivos gestionables por un Gobierno Unitario al servicio de Europa en su integridad y solidario con el resto del Mundo, ya que el principio de compromiso de estabilidad se sabía que no habría de resultar suficiente y menos en tiempos de crisis.
El Gobierno -sea del color que sea y se decida, cuando toque, en las urnas- ahora, sin partidismos, precisa que se le otorgué un amplio margen de confianza al menos en las cuestiones coyunturales, exigiéndole, eso sí, por encima de todo, que España responda a los retos europeos y mundiales. A partir de ahora (y cualquier ahora vale) habrá de bregar con la difícil papeleta de abordar en circunstancias harto difíciles una acelerada y profunda transformación del entramado productivo de nuestra sociedad para hacerlo más competitivo y adaptarlo al escenario mundial (que a su vez estará en profunda transformación); al tiempo que se vaya absorbiendo la bolsa de desempleo acumulada mientras pueda ser soportada socialmente y sin quebrar las finanzas públicas que, afortunadamente, al comienzo de la crisis estaban relativamente bien.
Se ha de reconocer la gran dificultad de la tarea y bueno será que todos los ciudadanos y en particular los profesionales de la Economía, seamos muy críticos, pero aún mejor, que sepamos serlo sin echar todo el rato arena en los engranajes y, en este sentido, me ha parecido que el artículo del Sr. Boyer tiene un gran mérito.
El Sr. Boyer no duda en afirmar rotundamente que el Gobierno del Sr. Rodríguez Zapatero “hizo los deberes”, habiendo tomando importantes medidas reactivadoras de gran calado (España es el quinto país entre los de la OCDE por la dimensión y cuantía de las medidas reactivadoras adoptadas) y habiendo anunciado, a tiempo y además por la vía presupuestaria ordinaria, medidas reparadoras a medio plazo del Déficit Público, que habrán de ser de aplicación en el momento que el propio Gobierno estima ha de comenzar la reactivación del PIB (en particular la anunciada y aprobada subida de los tipos del IVA para el segundo semestre de este año).
Para la generalidad de los ciudadanos, colectivamente, son muy de agradecer estas manifestaciones del Sr. Boyer, especialmente si son expresadas, como él lo hace, con palabras rotundas y de una sencillez meridiana, carentes de ambigüedad, y no como lo suele hacer la mayoría de los comentaristas económicos de este país -incluidos aquellos menos sospechosos de militar en la oposición sistemática al Gobierno del PSOE- que, aún en el caso de dar por buenas las medidas tomadas coyunturalmente por este Gobierno, adopta una perspectiva de sistemática descalificación global, soltando latiguillos tales como: “a buena hora”, “vale, pero es contradictorio con las anteriores medidas” o “sí, pero lo más importante sigue sin hacerse” o “bien, pero este señor no está a la altura de las circunstancias”, etc., sin reconocer, y aun reconociendo algunas veces, lo confuso de la situación, las turbulencias del entorno y la gravedad del momento.
El Gobierno, en las fases en que la crisis se ha ido desarrollando, ha tomado medidas. Medidas discutibles si se quiere, pero ha tomado medidas: Primero en la detectación prudente del comienzo de la crisis, sin precipitación y tratando de evitar un innecesario alarmismo; después, cuando el escenario manifestó ya la pérdida neta de actividad económica, con medidas de reactivación del gasto público que parecen haber evitado una caída del PIB tan profunda como la que han experimentado los principales países de nuestro entorno y, en la tercera secuencia, a finales del año pasado, con una razonable confianza en el comienzo de la recuperación, señalando, del lado de los ingresos públicos, la vía fiscal por donde el Gobierno propone corregir a medio plazo el déficit presupuestario en que se haya incurrido. Ya veremos ahora lo que pasa con las nuevas medidas de austeridad presupuestaria propuestas por el Gobierno, al hilo de la necesidad que el entorno le está imponiendo y que se debatirán pasado-mañana en el Parlamento.
Tales medidas anticíclicas coyunturales son “de manual” y se han adoptado cuando tocaba hacerlo, lo cual no significa que hayan de ser del agrado de todo el mundo en cuanto a la concreta orientación adoptada del gasto o en cuanto a la figura tributaria elegida y el grado de eficacia y eficiencia que finalmente se espera demuestren. Pero decir esto es cosa muy distinta que traer a colación las medidas de tipo estructural, correctivas, que este país hubiera requerido hacer hace muchos años y que no fueron abordadas (intencionada o inconscientemente) por los diversos gobiernos anteriores -incluidos los del Sr. Rodríguez Zapatero- que dejaron pasar alegremente, auto-complacidos, los años de bonanza; sin querer ver cómo el modo de vivir y producir, sobre el que se asentaba la nominal pujanza de la economía española, tarde o temprano habría de sufrir un importante proceso de transformación, por las buenas, desde dentro, o por las malas, forzado por las circunstancias del entorno.
Todo el mundo sabía que el sector del ladrillo estaba alcanzado dimensiones relativas excesivas y que, probablemente por eso, el empleo de la fuerza de trabajo disponible y el equilibrio presupuestario se mantenían en niveles aceptables, determinando a su vez que, progresivamente, se fuera deteriorando la productividad relativa y la competitividad de nuestra economía; al tiempo que crecía vertiginosamente el endeudamiento exterior del sector privado. Todo esto se sabía y, también, que el sistema financiero a escala mundial estaba obrando “el milagro” de la multiplicación descontrolada de la riqueza en términos de dinero y que, el euro, nuestra divisa no soberana, carecía de un respaldo institucional capaz de controlar su evolución y de vincularla a una determinada política presupuestaria europea común, con objetivos gestionables por un Gobierno Unitario al servicio de Europa en su integridad y solidario con el resto del Mundo, ya que el principio de compromiso de estabilidad se sabía que no habría de resultar suficiente y menos en tiempos de crisis.
El Gobierno -sea del color que sea y se decida, cuando toque, en las urnas- ahora, sin partidismos, precisa que se le otorgué un amplio margen de confianza al menos en las cuestiones coyunturales, exigiéndole, eso sí, por encima de todo, que España responda a los retos europeos y mundiales. A partir de ahora (y cualquier ahora vale) habrá de bregar con la difícil papeleta de abordar en circunstancias harto difíciles una acelerada y profunda transformación del entramado productivo de nuestra sociedad para hacerlo más competitivo y adaptarlo al escenario mundial (que a su vez estará en profunda transformación); al tiempo que se vaya absorbiendo la bolsa de desempleo acumulada mientras pueda ser soportada socialmente y sin quebrar las finanzas públicas que, afortunadamente, al comienzo de la crisis estaban relativamente bien.
Se ha de reconocer la gran dificultad de la tarea y bueno será que todos los ciudadanos y en particular los profesionales de la Economía, seamos muy críticos, pero aún mejor, que sepamos serlo sin echar todo el rato arena en los engranajes y, en este sentido, me ha parecido que el artículo del Sr. Boyer tiene un gran mérito.
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sábado, 15 de mayo de 2010
Monetarizar la Deuda Pública
La monetarización de la Deuda Pública siempre ha sido un recurso de los Estados Soberanos (por la Gracia de Dios) en casos de extrema necesidad, como él de ahora en la Eurozona, o de extrema “desfachatez del soberano” como ha registrado la historia en numerosos casos. La cuestión está en valorar a priori la contribución que con ello se hace al bien común y/o al particular, teniendo para mí que ambos objetivos (el del bien común y el del bien de los particulares) son compatibles entre sí, siempre y cuando el primero prevalezca sobre el segundo; pues el bienestar económico colectivo no se logra sin que los negocios en su mayoría resulten prósperos -como suma algebraica de lo que ganan unos y pierden otros- y se haga de forma tal que la riqueza resultante quede mejor repartida. ¡Eh aquí la destreza que ha de poner de manifiesto el Sr. Trichet! Para muchos es evidente que, actualmente, “monetizar su deuda” es una medida altamente conveniente para algunos estados de la Eurozona, pero, para tomar tal decisión y empezar a hacerlo, ¿por qué se ha tenido que esperar a que ciertos poderes fácticos dieran su visto bueno?...
¿A qué intereses sirve el BCE?
¿A qué intereses sirve el BCE?
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martes, 11 de mayo de 2010
El rescate del EURO
Leo en el titular de primera del "El País" de hoy: "El rescate del euro desata la euforia" (en las Bolsas, se entiende) y comento con mi esposa: "... son como niños". Ella me replica: "... sí, lo serán, pero muy cabrones". ¿Cuántos han ganado un pastón y cuántos han perdido algo o bastante? Lo primero unos pocos listos y lo segundo muchísimos, los listillos, siempre pasa lo mismo. Pero yo, imperturbable optimista, espero que, tras tanta turbulencia, el Estado Europeo se vaya construyendo y el Estado Europeo del Bienestar resulte consolidado y reforzado. Lo de la Economía española es otro cantar pero, repito, mi optimismo congénito no tiene límite.
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Y del Estado del EURO, ¿qué?
Mas, como la soberanía económica de los estados, para ser plena y eficiente, ha de constituirse con la "Trinidad Una" de las tres soberanías: Monetaria, Fiscal y Presupuestaria... ¿cuándo volveremos a tener en los paises de la eurozona una moneda que se corresponda con un Estado hecho y derecho?... Tiempo al tiempo. Las cosas de palacio van despacio.
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lunes, 10 de mayo de 2010
¿Quién es el soberano del EURO?
Por lo visto, cuando se creó el EURO todos sabíamos que nuestros respectivos estados habían "cedido su soberanía monetaria" y resulta que ahora, diez años después, nos preguntamos... ¿y a quién se la cedimos?
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lunes, 29 de marzo de 2010
Hacia la liberalización del mercado mayorista
Jesús Cabrera -29 de marzo de 2010-
La verdad es que con mi artículo anterior no pretendía formular tesis alguna en relación con "lo más conveniente que haya de hacerse" para lograr que la asignación actual (de los recursos que afluyen al Sector Convergente) resulte más eficiente para el futuro a largo plazo (pienso que no debe haber contradicción entre los términos en negrita). Mi intención, como pórtico al debate planteado, sólo era constatar ciertos acontecimientos históricos ocurridos en el Sector (especialmente en materia de regulación) que a mi modo de ver han sido tan lamentables como irreversibles: Ciertamente, la competencia ya está ahí y seguirá estando. Esto no es de lamentar, pero sí lo es "el cómo" se forzó su devenir y el esquema "cortoplacista" de asignación de los recursos que tiende a generar, y que el Sr. Alierta denuncia, interesadamente sin duda, y cuyo cambio profetiza. Mas, cada cual velará por sus intereses y “qué, a quién Dios se la dé, San Pedro se la bendiga”.
Naturalmente, me siento muy implicado en la cuestión -no en vano he militado con mucho entusiasmo tanto en el frente de las operadoras, como en él del regulador- viendo como se ha llegado a una situación sectorial tan, no sé cómo llamarla, deletérea o incomprensible desde el punto de vista de la racionalidad económica, al tiempo que el mercado se ha ido expandiendo prodigiosamente en cantidad y calidad de servicios a precios muy asequibles: excelencias del mercado y de la competencia. Bien. De este modo, tanto "el opex" como "el capex" alcanzarán la cuantía que hayan de alcanzar y los agentes consideren oportuno y puedan financiar, pero, ¿quién garantiza que las necesidades de infraestructuras a largo plazo estarán cubiertas? El mercado y la competencia, ¿cómo evitarán que se llegue a una situación crítica en la que, los que la vivan, se lamenten de la falta de la previsión pasada y de la insuficiencia de tales infraestructuras para satisfacer las expectativas de servicio generadas en la Sociedad?... ¿Se conoce algún modo de evitar las crisis cíclicas que habitualmente se generan en el Sistema?... ¿Acaso no son fruto de desajustes en la Economía de una naturaleza semejante a la de las disfunciones de que estamos hablando?
Por otra parte he de insistir en un aspecto de mi discurso que considero lo esencial del mismo y de mi filosofar sobre esta cuestión. Se trata de algo que he dicho y escrito muchas veces, pero nunca me cansaré de repetir: El proceso de institucionalización de la competencia en el Sector se inició como proceso "desregulador" -no lo olvidemos- de un sector muy raro, ya que por entonces estaba muy regulado (nada menos que con "derechos de exclusividad concedidos" en todos los países del Mundo y, en una importante mayoría, intervenido directamente por los Estados); resultando que, curiosamente, se ha llegado a una situación aberrante en la que no se puede prescindir del regulador. Tanto es así que hasta el Sr. Alierta no duda en buscar el apoyo del regulador cuando trata de conseguir un trozo más grande de la tarta que le permita financiar las redes del futuro, dice, o quién sabe, ¿por qué no?, un mejor dividendo para sus accionistas.
En resumen, quiero huir de cualquier ambigüedad al respecto de una cuestión que me pilla muy de lejos actualmente, pero con la que me siento muy implicado intelectualmente:
1º La competencia está ahí y yo no dudo de las ventajas que ha aportado y que puede seguir aportando a la economía del Sector
2º Igualmente pienso que este Sector se aviene mal con la competencia y hubo de ser forzado a asumirla, lo cual pudo tener un propósito plausible pero, para mí, no lo fue el modo de hacerlo y el ritmo acelerado que se imprimió al proceso.
3º El modo cómo se hizo ha permitido un acomodo de los agentes oferentes con estrategias a veces "oportunistas" -en el mal sentido de la palabra- y, en todo caso, "cortoplacistas", que tienden a eludir el compromiso social y a largo plazo de los recursos que ponen en juego.
4º Lo que importa es que se hagan inversiones reales (no financieras, pero también) suficientes para garantizar la producción de los servicios que la Sociedad demande en el futuro y para que ésta pueda ser satisfecha sin atropellos y cuellos de botella que pondrían en peligro el sistema productivo globalmente e incluso la convivencia social que, hoy día, es absolutamente dependiente de las Telecomunicaciones y su entorno de navegadores, medios sociales de comunicación, electrónica, informática, etc.
5º Yo no sé, sinceramente, cómo se puede lograr el ajuste de intereses entre los agentes actuales para que la Sociedad alcance dicho objetivo futuro. Lo que sí tengo clara es mi desconfianza en una regulación que se ha obligado a sí misma a componer “ex-ante” el puzzle del "mercado mayorista del Sector" -definiendo su oferta de servicios, los precios de los mismos y la obligatoriedad de ofertarlos- y que difícilmente será capaz de asumir el esquema de regulación "ex-post" que yo, preferiría. Aún quedan razones "naturales"(alguna de ellas la apuntaba en el artículo anterior) para que esto no pueda hacerse a medio plazo.
6º Por último, aunque ya he dicho que no sé, me tienta sugerir un camino, puede que utópico: ¿qué pasaría si las autoridades reguladoras trataran de deshacer el entuerto que han provocado e iniciaran una senda hacia la normalidad liberalizando el mercado mayorista, es decir, el mercado de prestaciones de interconexión y acceso entre operadoras y otros agentes que forman la cadena de valor de los servicios finales?
La verdad es que con mi artículo anterior no pretendía formular tesis alguna en relación con "lo más conveniente que haya de hacerse" para lograr que la asignación actual (de los recursos que afluyen al Sector Convergente) resulte más eficiente para el futuro a largo plazo (pienso que no debe haber contradicción entre los términos en negrita). Mi intención, como pórtico al debate planteado, sólo era constatar ciertos acontecimientos históricos ocurridos en el Sector (especialmente en materia de regulación) que a mi modo de ver han sido tan lamentables como irreversibles: Ciertamente, la competencia ya está ahí y seguirá estando. Esto no es de lamentar, pero sí lo es "el cómo" se forzó su devenir y el esquema "cortoplacista" de asignación de los recursos que tiende a generar, y que el Sr. Alierta denuncia, interesadamente sin duda, y cuyo cambio profetiza. Mas, cada cual velará por sus intereses y “qué, a quién Dios se la dé, San Pedro se la bendiga”.
Naturalmente, me siento muy implicado en la cuestión -no en vano he militado con mucho entusiasmo tanto en el frente de las operadoras, como en él del regulador- viendo como se ha llegado a una situación sectorial tan, no sé cómo llamarla, deletérea o incomprensible desde el punto de vista de la racionalidad económica, al tiempo que el mercado se ha ido expandiendo prodigiosamente en cantidad y calidad de servicios a precios muy asequibles: excelencias del mercado y de la competencia. Bien. De este modo, tanto "el opex" como "el capex" alcanzarán la cuantía que hayan de alcanzar y los agentes consideren oportuno y puedan financiar, pero, ¿quién garantiza que las necesidades de infraestructuras a largo plazo estarán cubiertas? El mercado y la competencia, ¿cómo evitarán que se llegue a una situación crítica en la que, los que la vivan, se lamenten de la falta de la previsión pasada y de la insuficiencia de tales infraestructuras para satisfacer las expectativas de servicio generadas en la Sociedad?... ¿Se conoce algún modo de evitar las crisis cíclicas que habitualmente se generan en el Sistema?... ¿Acaso no son fruto de desajustes en la Economía de una naturaleza semejante a la de las disfunciones de que estamos hablando?
Por otra parte he de insistir en un aspecto de mi discurso que considero lo esencial del mismo y de mi filosofar sobre esta cuestión. Se trata de algo que he dicho y escrito muchas veces, pero nunca me cansaré de repetir: El proceso de institucionalización de la competencia en el Sector se inició como proceso "desregulador" -no lo olvidemos- de un sector muy raro, ya que por entonces estaba muy regulado (nada menos que con "derechos de exclusividad concedidos" en todos los países del Mundo y, en una importante mayoría, intervenido directamente por los Estados); resultando que, curiosamente, se ha llegado a una situación aberrante en la que no se puede prescindir del regulador. Tanto es así que hasta el Sr. Alierta no duda en buscar el apoyo del regulador cuando trata de conseguir un trozo más grande de la tarta que le permita financiar las redes del futuro, dice, o quién sabe, ¿por qué no?, un mejor dividendo para sus accionistas.
En resumen, quiero huir de cualquier ambigüedad al respecto de una cuestión que me pilla muy de lejos actualmente, pero con la que me siento muy implicado intelectualmente:
1º La competencia está ahí y yo no dudo de las ventajas que ha aportado y que puede seguir aportando a la economía del Sector
2º Igualmente pienso que este Sector se aviene mal con la competencia y hubo de ser forzado a asumirla, lo cual pudo tener un propósito plausible pero, para mí, no lo fue el modo de hacerlo y el ritmo acelerado que se imprimió al proceso.
3º El modo cómo se hizo ha permitido un acomodo de los agentes oferentes con estrategias a veces "oportunistas" -en el mal sentido de la palabra- y, en todo caso, "cortoplacistas", que tienden a eludir el compromiso social y a largo plazo de los recursos que ponen en juego.
4º Lo que importa es que se hagan inversiones reales (no financieras, pero también) suficientes para garantizar la producción de los servicios que la Sociedad demande en el futuro y para que ésta pueda ser satisfecha sin atropellos y cuellos de botella que pondrían en peligro el sistema productivo globalmente e incluso la convivencia social que, hoy día, es absolutamente dependiente de las Telecomunicaciones y su entorno de navegadores, medios sociales de comunicación, electrónica, informática, etc.
5º Yo no sé, sinceramente, cómo se puede lograr el ajuste de intereses entre los agentes actuales para que la Sociedad alcance dicho objetivo futuro. Lo que sí tengo clara es mi desconfianza en una regulación que se ha obligado a sí misma a componer “ex-ante” el puzzle del "mercado mayorista del Sector" -definiendo su oferta de servicios, los precios de los mismos y la obligatoriedad de ofertarlos- y que difícilmente será capaz de asumir el esquema de regulación "ex-post" que yo, preferiría. Aún quedan razones "naturales"(alguna de ellas la apuntaba en el artículo anterior) para que esto no pueda hacerse a medio plazo.
6º Por último, aunque ya he dicho que no sé, me tienta sugerir un camino, puede que utópico: ¿qué pasaría si las autoridades reguladoras trataran de deshacer el entuerto que han provocado e iniciaran una senda hacia la normalidad liberalizando el mercado mayorista, es decir, el mercado de prestaciones de interconexión y acceso entre operadoras y otros agentes que forman la cadena de valor de los servicios finales?
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