domingo, 30 de mayo de 2010

Otros valores y otra tabla de salvación

Mientras sigamos considerando que nuestra única tabla de salvación es “el crecimiento económico”, a medio y largo plazo, no tenemos salvación.

Debemos procurar, sí, que nuestro sistema productivo sea cada vez más productivo o, lo que es lo mismo, que con nuestros recursos disponibles se produzca la mayor cantidad de riqueza posible, pero, de eso a que, si no alcanzamos cada año una tasa real de crecimiento del PIB superior al X% nuestra economía y nuestros gobernantes habrán fracasado, hay un abismo. ¿Razones?:

1º El PIB de un país no mide la riqueza que el país disfruta, sino el flujo de bienes y servicios que produce anualmente con destino al mercado, valorados a precios de éste.

2º La riqueza de un país depende del capital neto acumulado y del bienestar que éste proporciona, social y individualmente, dependiendo de cómo esté distribuido y administrado y descontando de él la tasa de riesgo de destrucción o pérdida ocasional que pueda atribuírsele (por cierto, más alta cada vez si no empezamos a mirar la realidad económica de otro modo).

3º En consecuencia, en el aumento de la productividad de la economía del país se debería distinguir, entre: la productividad generada a partir del aumento de la producción de bienes y servicios con destino al mercado, de la que se puede generar con el empleo directo de recursos en la mejora y aumento del bienestar social.

Podrían encontrarse otras muchas razones, pero con estas basta para ver que, si China y los demás países emergentes nos ganan la batalla -que deberíamos dar ya por perdida- del reparto del crecimiento anual del PIB mundial, nos queda la vía estratégica de utilizar los recursos excedentes disponibles en aumentar, continua y establemente, el “Bienestar Social Nacional” (BSN)

¡¡¿Quién ha sentenciado que no se podrá reducir la tasa de paro hasta que el incremento anual del PIB no supere no-sé-qué-tanto-por-ciento?!! Si tal sentencia fuera válida para España durante la próxima década, más vale que no nos molestemos en buscar un Gobierno que lo consiga. Estaremos condenados a “quemar”, sistemática y sucesivamente, todos los que vengan prometiéndolo y no lográndolo. Sólo nos queda esperar que venga alguno que nos proponga un “cambio de valores” y, si la receta no se hace extensiva al conjunto de las sociedades del “primer mundo”, cada día, este Mundo será más ingobernable.

Gracias, Sr. Boyer

Miguel Boyer, ilustre economista que lleva ya muchos lustros siendo una referencia de autoridad muy respetable en nuestro país y por el que nunca, hasta hoy (26/05/2010), he sentido una especial admiración aunque, ciertamente, tampoco lo contrario, ha publicado esta mañana en “El País” un artículo que ha despertado en mí, en calidad de simple ciudadano, un especial sentimiento de gratitud hacia él. De vez en cuando es necesario -y yo diría que hasta imprescindible para muchos de nosotros- leer algo netamente positivo acerca de la gestión del Gobierno en todos los aspectos pero, muy especialmente, en relación con la gestión de esta “crisis” que está asolando la economía española y europea, así como la de todos los países del primer mundo que ya veremos si se puede hacer algo para que siga siéndolo en el futuro y si tal categoría resultará pertinente a partir de ahora.

El Sr. Boyer no duda en afirmar rotundamente que el Gobierno del Sr. Rodríguez Zapatero “hizo los deberes”, habiendo tomando importantes medidas reactivadoras de gran calado (España es el quinto país entre los de la OCDE por la dimensión y cuantía de las medidas reactivadoras adoptadas) y habiendo anunciado, a tiempo y además por la vía presupuestaria ordinaria, medidas reparadoras a medio plazo del Déficit Público, que habrán de ser de aplicación en el momento que el propio Gobierno estima ha de comenzar la reactivación del PIB (en particular la anunciada y aprobada subida de los tipos del IVA para el segundo semestre de este año).

Para la generalidad de los ciudadanos, colectivamente, son muy de agradecer estas manifestaciones del Sr. Boyer, especialmente si son expresadas, como él lo hace, con palabras rotundas y de una sencillez meridiana, carentes de ambigüedad, y no como lo suele hacer la mayoría de los comentaristas económicos de este país -incluidos aquellos menos sospechosos de militar en la oposición sistemática al Gobierno del PSOE- que, aún en el caso de dar por buenas las medidas tomadas coyunturalmente por este Gobierno, adopta una perspectiva de sistemática descalificación global, soltando latiguillos tales como: “a buena hora”, “vale, pero es contradictorio con las anteriores medidas” o “sí, pero lo más importante sigue sin hacerse” o “bien, pero este señor no está a la altura de las circunstancias”, etc., sin reconocer, y aun reconociendo algunas veces, lo confuso de la situación, las turbulencias del entorno y la gravedad del momento.

El Gobierno, en las fases en que la crisis se ha ido desarrollando, ha tomado medidas. Medidas discutibles si se quiere, pero ha tomado medidas: Primero en la detectación prudente del comienzo de la crisis, sin precipitación y tratando de evitar un innecesario alarmismo; después, cuando el escenario manifestó ya la pérdida neta de actividad económica, con medidas de reactivación del gasto público que parecen haber evitado una caída del PIB tan profunda como la que han experimentado los principales países de nuestro entorno y, en la tercera secuencia, a finales del año pasado, con una razonable confianza en el comienzo de la recuperación, señalando, del lado de los ingresos públicos, la vía fiscal por donde el Gobierno propone corregir a medio plazo el déficit presupuestario en que se haya incurrido. Ya veremos ahora lo que pasa con las nuevas medidas de austeridad presupuestaria propuestas por el Gobierno, al hilo de la necesidad que el entorno le está imponiendo y que se debatirán pasado-mañana en el Parlamento.

Tales medidas anticíclicas coyunturales son “de manual” y se han adoptado cuando tocaba hacerlo, lo cual no significa que hayan de ser del agrado de todo el mundo en cuanto a la concreta orientación adoptada del gasto o en cuanto a la figura tributaria elegida y el grado de eficacia y eficiencia que finalmente se espera demuestren. Pero decir esto es cosa muy distinta que traer a colación las medidas de tipo estructural, correctivas, que este país hubiera requerido hacer hace muchos años y que no fueron abordadas (intencionada o inconscientemente) por los diversos gobiernos anteriores -incluidos los del Sr. Rodríguez Zapatero- que dejaron pasar alegremente, auto-complacidos, los años de bonanza; sin querer ver cómo el modo de vivir y producir, sobre el que se asentaba la nominal pujanza de la economía española, tarde o temprano habría de sufrir un importante proceso de transformación, por las buenas, desde dentro, o por las malas, forzado por las circunstancias del entorno.

Todo el mundo sabía que el sector del ladrillo estaba alcanzado dimensiones relativas excesivas y que, probablemente por eso, el empleo de la fuerza de trabajo disponible y el equilibrio presupuestario se mantenían en niveles aceptables, determinando a su vez que, progresivamente, se fuera deteriorando la productividad relativa y la competitividad de nuestra economía; al tiempo que crecía vertiginosamente el endeudamiento exterior del sector privado. Todo esto se sabía y, también, que el sistema financiero a escala mundial estaba obrando “el milagro” de la multiplicación descontrolada de la riqueza en términos de dinero y que, el euro, nuestra divisa no soberana, carecía de un respaldo institucional capaz de controlar su evolución y de vincularla a una determinada política presupuestaria europea común, con objetivos gestionables por un Gobierno Unitario al servicio de Europa en su integridad y solidario con el resto del Mundo, ya que el principio de compromiso de estabilidad se sabía que no habría de resultar suficiente y menos en tiempos de crisis.

El Gobierno -sea del color que sea y se decida, cuando toque, en las urnas- ahora, sin partidismos, precisa que se le otorgué un amplio margen de confianza al menos en las cuestiones coyunturales, exigiéndole, eso sí, por encima de todo, que España responda a los retos europeos y mundiales. A partir de ahora (y cualquier ahora vale) habrá de bregar con la difícil papeleta de abordar en circunstancias harto difíciles una acelerada y profunda transformación del entramado productivo de nuestra sociedad para hacerlo más competitivo y adaptarlo al escenario mundial (que a su vez estará en profunda transformación); al tiempo que se vaya absorbiendo la bolsa de desempleo acumulada mientras pueda ser soportada socialmente y sin quebrar las finanzas públicas que, afortunadamente, al comienzo de la crisis estaban relativamente bien.

Se ha de reconocer la gran dificultad de la tarea y bueno será que todos los ciudadanos y en particular los profesionales de la Economía, seamos muy críticos, pero aún mejor, que sepamos serlo sin echar todo el rato arena en los engranajes y, en este sentido, me ha parecido que el artículo del Sr. Boyer tiene un gran mérito.

sábado, 15 de mayo de 2010

Monetarizar la Deuda Pública

La monetarización de la Deuda Pública siempre ha sido un recurso de los Estados Soberanos (por la Gracia de Dios) en casos de extrema necesidad, como él de ahora en la Eurozona, o de extrema “desfachatez del soberano” como ha registrado la historia en numerosos casos. La cuestión está en valorar a priori la contribución que con ello se hace al bien común y/o al particular, teniendo para mí que ambos objetivos (el del bien común y el del bien de los particulares) son compatibles entre sí, siempre y cuando el primero prevalezca sobre el segundo; pues el bienestar económico colectivo no se logra sin que los negocios en su mayoría resulten prósperos -como suma algebraica de lo que ganan unos y pierden otros- y se haga de forma tal que la riqueza resultante quede mejor repartida. ¡Eh aquí la destreza que ha de poner de manifiesto el Sr. Trichet! Para muchos es evidente que, actualmente, “monetizar su deuda” es una medida altamente conveniente para algunos estados de la Eurozona, pero, para tomar tal decisión y empezar a hacerlo, ¿por qué se ha tenido que esperar a que ciertos poderes fácticos dieran su visto bueno?...
¿A qué intereses sirve el BCE?

martes, 11 de mayo de 2010

El rescate del EURO

Leo en el titular de primera del "El País" de hoy: "El rescate del euro desata la euforia" (en las Bolsas, se entiende) y comento con mi esposa: "... son como niños". Ella me replica: "... sí, lo serán, pero muy cabrones". ¿Cuántos han ganado un pastón y cuántos han perdido algo o bastante? Lo primero unos pocos listos y lo segundo muchísimos, los listillos, siempre pasa lo mismo. Pero yo, imperturbable optimista, espero que, tras tanta turbulencia, el Estado Europeo se vaya construyendo y el Estado Europeo del Bienestar resulte consolidado y reforzado. Lo de la Economía española es otro cantar pero, repito, mi optimismo congénito no tiene límite.

Y del Estado del EURO, ¿qué?

Mas, como la soberanía económica de los estados, para ser plena y eficiente, ha de constituirse con la "Trinidad Una" de las tres soberanías: Monetaria, Fiscal y Presupuestaria... ¿cuándo volveremos a tener en los paises de la eurozona una moneda que se corresponda con un Estado hecho y derecho?... Tiempo al tiempo. Las cosas de palacio van despacio.

lunes, 10 de mayo de 2010

¿Quién es el soberano del EURO?

Por lo visto, cuando se creó el EURO todos sabíamos que nuestros respectivos estados habían "cedido su soberanía monetaria" y resulta que ahora, diez años después, nos preguntamos... ¿y a quién se la cedimos?

lunes, 29 de marzo de 2010

Hacia la liberalización del mercado mayorista

Jesús Cabrera -29 de marzo de 2010-

La verdad es que con mi artículo anterior no pretendía formular tesis alguna en relación con "lo más conveniente que haya de hacerse" para lograr que la asignación actual (de los recursos que afluyen al Sector Convergente) resulte más eficiente para el futuro a largo plazo (pienso que no debe haber contradicción entre los términos en negrita). Mi intención, como pórtico al debate planteado, sólo era constatar ciertos acontecimientos históricos ocurridos en el Sector (especialmente en materia de regulación) que a mi modo de ver han sido tan lamentables como irreversibles: Ciertamente, la competencia ya está ahí y seguirá estando. Esto no es de lamentar, pero sí lo es "el cómo" se forzó su devenir y el esquema "cortoplacista" de asignación de los recursos que tiende a generar, y que el Sr. Alierta denuncia, interesadamente sin duda, y cuyo cambio profetiza. Mas, cada cual velará por sus intereses y “qué, a quién Dios se la dé, San Pedro se la bendiga”.

Naturalmente, me siento muy implicado en la cuestión -no en vano he militado con mucho entusiasmo tanto en el frente de las operadoras, como en él del regulador- viendo como se ha llegado a una situación sectorial tan, no sé cómo llamarla, deletérea o incomprensible desde el punto de vista de la racionalidad económica, al tiempo que el mercado se ha ido expandiendo prodigiosamente en cantidad y calidad de servicios a precios muy asequibles: excelencias del mercado y de la competencia. Bien. De este modo, tanto "el opex" como "el capex" alcanzarán la cuantía que hayan de alcanzar y los agentes consideren oportuno y puedan financiar, pero, ¿quién garantiza que las necesidades de infraestructuras a largo plazo estarán cubiertas? El mercado y la competencia, ¿cómo evitarán que se llegue a una situación crítica en la que, los que la vivan, se lamenten de la falta de la previsión pasada y de la insuficiencia de tales infraestructuras para satisfacer las expectativas de servicio generadas en la Sociedad?... ¿Se conoce algún modo de evitar las crisis cíclicas que habitualmente se generan en el Sistema?... ¿Acaso no son fruto de desajustes en la Economía de una naturaleza semejante a la de las disfunciones de que estamos hablando?

Por otra parte he de insistir en un aspecto de mi discurso que considero lo esencial del mismo y de mi filosofar sobre esta cuestión. Se trata de algo que he dicho y escrito muchas veces, pero nunca me cansaré de repetir: El proceso de institucionalización de la competencia en el Sector se inició como proceso "desregulador" -no lo olvidemos- de un sector muy raro, ya que por entonces estaba muy regulado (nada menos que con "derechos de exclusividad concedidos" en todos los países del Mundo y, en una importante mayoría, intervenido directamente por los Estados); resultando que, curiosamente, se ha llegado a una situación aberrante en la que no se puede prescindir del regulador. Tanto es así que hasta el Sr. Alierta no duda en buscar el apoyo del regulador cuando trata de conseguir un trozo más grande de la tarta que le permita financiar las redes del futuro, dice, o quién sabe, ¿por qué no?, un mejor dividendo para sus accionistas.

En resumen, quiero huir de cualquier ambigüedad al respecto de una cuestión que me pilla muy de lejos actualmente, pero con la que me siento muy implicado intelectualmente:
1º La competencia está ahí y yo no dudo de las ventajas que ha aportado y que puede seguir aportando a la economía del Sector
2º Igualmente pienso que este Sector se aviene mal con la competencia y hubo de ser forzado a asumirla, lo cual pudo tener un propósito plausible pero, para mí, no lo fue el modo de hacerlo y el ritmo acelerado que se imprimió al proceso.
3º El modo cómo se hizo ha permitido un acomodo de los agentes oferentes con estrategias a veces "oportunistas" -en el mal sentido de la palabra- y, en todo caso, "cortoplacistas", que tienden a eludir el compromiso social y a largo plazo de los recursos que ponen en juego.
4º Lo que importa es que se hagan inversiones reales (no financieras, pero también) suficientes para garantizar la producción de los servicios que la Sociedad demande en el futuro y para que ésta pueda ser satisfecha sin atropellos y cuellos de botella que pondrían en peligro el sistema productivo globalmente e incluso la convivencia social que, hoy día, es absolutamente dependiente de las Telecomunicaciones y su entorno de navegadores, medios sociales de comunicación, electrónica, informática, etc.
5º Yo no sé, sinceramente, cómo se puede lograr el ajuste de intereses entre los agentes actuales para que la Sociedad alcance dicho objetivo futuro. Lo que sí tengo clara es mi desconfianza en una regulación que se ha obligado a sí misma a componer “ex-ante” el puzzle del "mercado mayorista del Sector" -definiendo su oferta de servicios, los precios de los mismos y la obligatoriedad de ofertarlos- y que difícilmente será capaz de asumir el esquema de regulación "ex-post" que yo, preferiría. Aún quedan razones "naturales"(alguna de ellas la apuntaba en el artículo anterior) para que esto no pueda hacerse a medio plazo.
6º Por último, aunque ya he dicho que no sé, me tienta sugerir un camino, puede que utópico: ¿qué pasaría si las autoridades reguladoras trataran de deshacer el entuerto que han provocado e iniciaran una senda hacia la normalidad liberalizando el mercado mayorista, es decir, el mercado de prestaciones de interconexión y acceso entre operadoras y otros agentes que forman la cadena de valor de los servicios finales?

viernes, 12 de marzo de 2010

La tasa de recuperación de la Red

Autor: Jesús Cabrera (9 de Marzo 2010)

Hace algún tiempo, varios lustros, escribí algo acerca del futuro de las telecomunicaciones relacionado con la enorme diferencia que tendría que haber entre la situación del pasado de aquel entonces y el futuro que se veía venir, en tanto que los mensajes -lo más importante a mi modo de ver del “acto comunicacional”- habían sido hasta entonces esencialmente de voz, sin costes de producción del mensaje en sí mismo. Se empezaba a ver claramente que en un futuro no muy lejano la actividad del Sector pasaría a depender de la trasmisión de mensajes producidos con propósito comercializador y costes de producción explícitos. Lógicamente, aquel artículo lo escribí en el contexto de la dicotomía, que por entonces era muy usual, entre las telecomunicaciones de “voz” y las de “datos e imágenes” y desde la perspectiva de destacar la necesidad de dotar a las redes del futuro de una mayor capacidad y ancho de banda, en tanto que la demanda de voz, a escala mundial, crecía anualmente a ritmos del orden del 3% ó 4%, frente al 20% acumulativo, o más, de las comunicaciones de datos y que, además, éstas, para que resultaran útiles, requerían mucha más velocidad de transmisión.

Era allá por el principio de la década de los años 80`s y ya entonces resultaba muy evidente -para los profesionales ocupados y preocupados por estas cosas- que la evolución de la demanda iba a ser muy rápida y el cambio muy intenso, tanto cuantitativa como cualitativamente. Todo ello; sin contar con la sorprendente emergencia de Internet que ocurrió después, ni con la súbita explosión que iban a tener los móviles; resultaba muy claro: la base del desarrollo de las telecomunicaciones del futuro estaría en la transmisión de mensajes producidos, no por la voz humana, sino por los “ordenadores” y, desde los presupuestos estratégicos de las operadoras de telecos, habría que contar muy seriamente con la industria de producción, gestión y distribución de los “nuevos mensajes”. Asumirla, integrarla, asociarse con ella... lo que fuera, pero algo habría que hacer.

Traigo a colación tal cuestión al ver cómo se está planteado actualmente, en términos de debate muy polémico, lo que (para no andarme por las ramas en el acotamiento del tema) enunciaré directamente como la cuestión planteada por Cesar Alierta (Presidente de Telefónica); en su conferencia en Bilbao del pasado 5 de Febrero, que llamó tanto la atención. Se refirió, con toda lógica en defensa de los intereses de su Corporación y de otras semejantes, a la necesidad de establecer el cobro de un peaje de paso por las redes, o algo similar que yo preferiría llamar “tasa de recuperación de la Red”, a las empresas que facilitan la navegación y búsqueda de contenidos de información a través de las rutas de telecomunicación e infraestructuras propiedad, básicamente, de unas cuantas grandes operadoras a lo largo y ancho del Mundo, obteniendo con ello, aquellas, pingües beneficios y sin aportar nada para el mantenimiento y expansión de las mencionadas rutas.

No sería necesario remontarse “al tiempo de los godos” -como parecerá que pretendo hacer- para buscar la racionalidad/irracionalidad de lo que está pasando en la economía del “Sector Convergente” si no fuera porque esto que llama tanto la atención ahora, se veía venir desde hace más de 25 años, a pesar de que todavía no había aparecido Internet en el escenario, ni, por supuesto, Google o algo semejante. Pero sí, ya por entonces, los gabinetes estratégicos de las grandes operadoras estaban ocupados y preocupados por dos cuestiones fundamentales:
 Primera, que el proceso de “desregulación versus regulación” a nivel planetario ya se había puesto en marcha, y
 Segunda, que las redes no estaban preparadas y era ineludible prepararlas cuanto antes para la gran avalancha de tráfico que tendrían que soportar, tramitar y gestionar de un modo muy diferente. Había que espabilarse para no perecer en el intento y sacar de ello el mayor provecho posible, puesto que el escenario futuro que se entreveía comportaba tan atractivas oportunidades como importantes riesgos.

Quede claro que no estoy ni a favor ni en contra, “a priori”, con el planteamiento formulado por el Sr. Alierta, aunque resulta obvio preguntarse: ¿cómo sale Telefónica, ahora, con éstas? ¿Acaso esta situación no es fruto de la emergencia paulatina de agentes en el mercado, a la luz del día, con sus respectivos planteamientos y modelos de negocio pensados y establecidos bajo unas reglas de juego dadas? Qué ha sido lo que ha inducido a las grandes corporaciones como Telefónica a dejar que se llegara a una situación que ahora denuncian como insidiosa y capaz de generar grandes desajustes en la retribución de los recursos puestos en juego para la producción de los servicios de telecomunicaciones... ¿Por ventura no lo han estado viendo venir y nacer?... Pues sí, ciertamente, me consta que se vio venir pero, al parecer, no resultó posible evitar la deriva de los acontecimientos y, por eso, en éstas estamos. La cuestión llama a la actualidad y conviene pensar en los porqués y el cómo se ha llegado a una tan enrevesada carencia de racionalidad económica en las relaciones entre los agentes que intervienen en la producción de los modernos y sofisticados servicios que ofrece al mercado el Sector Convergente.

Sin entrar en las razones lógicas y/o ideológicas que animaron a las Autoridades Reguladoras de todo el Mundo a partir de mediados los años 70`s, resultará obvio para la mayoría que la principal meta, que obsesivamente han perseguido las citadas autoridades, ha sido, primero, eliminar los “derechos exclusivos” e, inmediatamente, propiciar y acelerar la emergencia de la “competencia”. Al aparato regulador que se montó a partir de entonces -por todos los rincones del Planeta y con todas sus múltiples facetas diferenciadoras- difícilmente se le reconocerá otro objetivo explícito que el de fomentar la competencia bajo el presupuesto indiscutible de que con ello se alcanzaría un futuro de mayor eficiencia para el Sector, con las ventajas que de ello habrían de derivarse para la Sociedad en pleno y, todo ello, a base de demonizar los históricos “monopolios naturales” y cantar loas de alabanza al libre mercado en competencia. Cuanta más mejor, parecía la consigna.

Mas inmediatamente, en la práctica, se hizo evidente que conseguir que aflorara un mercado de servicios finales en competencia, entre múltiples agentes operando en el seno de un mismo territorio, no resultaba posible sin la creación simultanea de un mercado de servicios intermedios o de prestaciones de servicios de interconexión entre las redes de los diversos agentes, por mínimas e insignificantes que éstas fueran, y, esto último, no se podía esperar que ocurriera mediante la apelación a la libre concurrencia de oferentes y demandantes por los habituales mecanismos de confrontación que, en teoría, conducen racionalmente a los mercados hacia situaciones de equilibrio dónde se maximiza su eficiencia económica. Resultaba radicalmente imposible la formación espontánea de un mercado de interconexión o de lo que luego se dio en llamar un mercado mayorista de telecomunicaciones, y hubo que forzar su existencia en tanto que el pretendido mercado, aun cuando pudiera tener potenciales demandantes, carecería en todo caso de oferentes voluntarios. Ninguna operadora de las establecidas en aquel entonces, estaba dispuesta a vender a otra operadora (competidora suya) las prestaciones de “su” red, a ningún precio, ya que el comprador siempre trataría de arrebatarle el cliente final que, hasta entonces, había sido “suyo” por definición.

Había que obligar a las “operadoras incumbent” -y se las obligó- a ofertar los mencionados servicios a un precio impuesto por el regulador orientado al “coste de producción marginal o incremental” que, como todo el mundo sabe o imagina, es o tiende a ser: cero. No deseo ir más allá por esta línea de reflexión, pero ahí queda. Se pretendió racionalizar el mercado de las telecomunicaciones a partir de una irracionalidad absoluta, si bien, con muy buenos propósitos. Mas, en mi opinión, como dice el refrán: “de aquellos polvos vienen estos lodos”, y a éstos he de referirme finalmente.

Con la liberalización de las telecomunicaciones, el mercado del Sector Convergente experimentó un “boom” expansivo sin precedentes que no sólo dio oportunidad de entrada a multitud de nuevos agentes, si no que, también, benefició y no poco a las operadoras preestablecidas; todo ello a partir y gracias al enorme abaratamiento de los precios y a la expansión de la demanda que indujeron, conjuntamente con una prodigiosa diversificación de los servicios ofertados. Todo el mundo, casi, salió ganando con la introducción de la competencia en el Sector, hasta el extremo de que, por fin, para las familias el coste incremental (de consumir mayor cantidad de los servicios tradicionales y de los nuevos servicios, excluyendo los móviles) resultaba ser nulo y hasta negativo en algunos casos. Así, de la forma más natural y gracias a la competencia, se introdujeron “tarifas planas” (¡anda que no las suplicó Telefónica cuando aún era monopolio!), que incluían el acceso ilimitado a Internet y hasta la TV de pago y, de regalo, los terminales, la conexión, etc. Entre tanto algunos, no pocos, nos preguntábamos: ¿a dónde irá a parar todo esto?

Mas, durante ese mismo entretanto, el Sector Convergente se fue reorganizando y encontrando oportunidades de gestión y de negocio que, en buena medida (especialmente en lo que respecta a lo que trae a cuento todo esto) dichos negocios se fundaban en obtener sus ingresos, no directamente de los usuarios de los servicios, sino de otros, también negocios, interesados en los “actos comunicacionales” que habrían de efectuar aquellos (los usuarios finales), como, por ejemplo, hallando ocasión para meter su publicidad entre ellos. Pero no nos fijemos sólo en la publicidad, hay otras muchas cosas e intereses muy complejos detrás de la polémica acerca del “de qué” viven empresas tan exitosas como Google, Yahoo, Microsoft... de las que muchas veces somos clientes sin percatarnos de ello.

Ahora bien, sea como sea, el hecho cierto es que alrededor de las telecomunicaciones se ha creado un poderoso entorno de “productores de humo” -y no lo digo en sentido peyorativo- con la colaboración y hasta con el beneplácito de los grandes propietarios, desplegadores y conservadores de la tupida red de infraestructuras sobre la que se desarrollan muchos y fastuosos negocios colaterales y una pléyade de ventajas y oportunidades para la Sociedad Global en su conjunto. ¿Por qué no hicieron o hacen ellos (las operadoras de las redes) este trabajo?, se preguntará alguno, y yo le contesto: En unos casos, directamente, porque no las dejaron (véase el “encorsetamiento” impuesto a las operadoras regionales en EE. UU. durante el largo periodo que va desde el “desmembramiento de ATT” en 1982 y la Telecomunications Act de 1996 que lo prolongó aún más, a su manera); en otros casos, como es el de las operadoras europeas, porque bastante trabajo tenían ellas con adaptarse a la vacilante y prolija regulación, recomponiendo, modernizando o parcheando sus infraestructuras y modos de gestión para hacer frente a las veleidades de la competencia, a la emergencia de nuevos servicios -muchas veces meras formas nuevas de ofrecer lo mismo de siempre- y, no poco, con atender las exigencias y limitaciones de los reguladores (lo digo en plural porque son, han sido y probablemente serán, de hecho, más de uno y no siempre co-orientados entre sí).

En resumen, lo que al parecer está ahora en cuestión no es otra cosa que la revisión de la racionalidad económica de las relaciones entre los agentes productores del Sector Convergente, la cual, en algún momento, resultó distorsionada por una voluntad reguladora, cargada de irracionalidad, a la que los agentes hubieron de acomodarse como buenamente pudieron y que han continuado y continuarán haciéndolo mientras puedan. Pero, está muy claro que los ingresos del Sector, en general, se están estancando (o se han estancado ya) y, no obstante, las necesidades de inversión en las redes de telecomunicaciones -como así ha sido toda la vida- no van a disminuir, sino mejor sería desear que crecieran, y, por lo tanto, de algún sitio ha de salir el dinero para financiarlas. De cara al futuro, las fuerzas del mercado habrán de buscar un nuevo acomodo entre sí y el Sr. Alierta hace muy bien en, al menos, anunciarlo.

Lo que no acabo de entender es por qué parece no importarle, al Sr. Alierta, ir en esta cuestión de la mano de la Autoridad Reguladora. ¡Maldita la falta que le hace! siendo ésta, precisamente para mí, la pretérita causante del entuerto en que ahora estamos metidos. Mas para los que vemos los toros desde la barrera y sólo podemos opinar sin intervenir, la cuestión es del todo pertinente y el debate interesante y necesario. Se está produciendo una seria distorsión en la asignación de los recursos y debemos confiar en que, al final, se llegará a un razonable acomodo de intereses entre los agentes, adaptado a las circunstancias que se vayan dando -con permiso de la autoridad competente- y sacando cada uno el mayor provecho que pueda, de modo que, también, se haga posible un razonable avance en el desarrollo de las infraestructuras conforme a las previsiones de demanda a largo plazo, tal como históricamente nos tiene acostumbrados la “vocación largoplacista” del Sector. Creo que es una cuestión de poder, no de regulación, puesto que, nos guste o no, el mercado mundial de las telecomunicaciones, en todos sus eslabones de la cadena de valor, ahora, está ya abierto a la competencia de forma irreversible.