viernes, 12 de marzo de 2010

La tasa de recuperación de la Red

Autor: Jesús Cabrera (9 de Marzo 2010)

Hace algún tiempo, varios lustros, escribí algo acerca del futuro de las telecomunicaciones relacionado con la enorme diferencia que tendría que haber entre la situación del pasado de aquel entonces y el futuro que se veía venir, en tanto que los mensajes -lo más importante a mi modo de ver del “acto comunicacional”- habían sido hasta entonces esencialmente de voz, sin costes de producción del mensaje en sí mismo. Se empezaba a ver claramente que en un futuro no muy lejano la actividad del Sector pasaría a depender de la trasmisión de mensajes producidos con propósito comercializador y costes de producción explícitos. Lógicamente, aquel artículo lo escribí en el contexto de la dicotomía, que por entonces era muy usual, entre las telecomunicaciones de “voz” y las de “datos e imágenes” y desde la perspectiva de destacar la necesidad de dotar a las redes del futuro de una mayor capacidad y ancho de banda, en tanto que la demanda de voz, a escala mundial, crecía anualmente a ritmos del orden del 3% ó 4%, frente al 20% acumulativo, o más, de las comunicaciones de datos y que, además, éstas, para que resultaran útiles, requerían mucha más velocidad de transmisión.

Era allá por el principio de la década de los años 80`s y ya entonces resultaba muy evidente -para los profesionales ocupados y preocupados por estas cosas- que la evolución de la demanda iba a ser muy rápida y el cambio muy intenso, tanto cuantitativa como cualitativamente. Todo ello; sin contar con la sorprendente emergencia de Internet que ocurrió después, ni con la súbita explosión que iban a tener los móviles; resultaba muy claro: la base del desarrollo de las telecomunicaciones del futuro estaría en la transmisión de mensajes producidos, no por la voz humana, sino por los “ordenadores” y, desde los presupuestos estratégicos de las operadoras de telecos, habría que contar muy seriamente con la industria de producción, gestión y distribución de los “nuevos mensajes”. Asumirla, integrarla, asociarse con ella... lo que fuera, pero algo habría que hacer.

Traigo a colación tal cuestión al ver cómo se está planteado actualmente, en términos de debate muy polémico, lo que (para no andarme por las ramas en el acotamiento del tema) enunciaré directamente como la cuestión planteada por Cesar Alierta (Presidente de Telefónica); en su conferencia en Bilbao del pasado 5 de Febrero, que llamó tanto la atención. Se refirió, con toda lógica en defensa de los intereses de su Corporación y de otras semejantes, a la necesidad de establecer el cobro de un peaje de paso por las redes, o algo similar que yo preferiría llamar “tasa de recuperación de la Red”, a las empresas que facilitan la navegación y búsqueda de contenidos de información a través de las rutas de telecomunicación e infraestructuras propiedad, básicamente, de unas cuantas grandes operadoras a lo largo y ancho del Mundo, obteniendo con ello, aquellas, pingües beneficios y sin aportar nada para el mantenimiento y expansión de las mencionadas rutas.

No sería necesario remontarse “al tiempo de los godos” -como parecerá que pretendo hacer- para buscar la racionalidad/irracionalidad de lo que está pasando en la economía del “Sector Convergente” si no fuera porque esto que llama tanto la atención ahora, se veía venir desde hace más de 25 años, a pesar de que todavía no había aparecido Internet en el escenario, ni, por supuesto, Google o algo semejante. Pero sí, ya por entonces, los gabinetes estratégicos de las grandes operadoras estaban ocupados y preocupados por dos cuestiones fundamentales:
 Primera, que el proceso de “desregulación versus regulación” a nivel planetario ya se había puesto en marcha, y
 Segunda, que las redes no estaban preparadas y era ineludible prepararlas cuanto antes para la gran avalancha de tráfico que tendrían que soportar, tramitar y gestionar de un modo muy diferente. Había que espabilarse para no perecer en el intento y sacar de ello el mayor provecho posible, puesto que el escenario futuro que se entreveía comportaba tan atractivas oportunidades como importantes riesgos.

Quede claro que no estoy ni a favor ni en contra, “a priori”, con el planteamiento formulado por el Sr. Alierta, aunque resulta obvio preguntarse: ¿cómo sale Telefónica, ahora, con éstas? ¿Acaso esta situación no es fruto de la emergencia paulatina de agentes en el mercado, a la luz del día, con sus respectivos planteamientos y modelos de negocio pensados y establecidos bajo unas reglas de juego dadas? Qué ha sido lo que ha inducido a las grandes corporaciones como Telefónica a dejar que se llegara a una situación que ahora denuncian como insidiosa y capaz de generar grandes desajustes en la retribución de los recursos puestos en juego para la producción de los servicios de telecomunicaciones... ¿Por ventura no lo han estado viendo venir y nacer?... Pues sí, ciertamente, me consta que se vio venir pero, al parecer, no resultó posible evitar la deriva de los acontecimientos y, por eso, en éstas estamos. La cuestión llama a la actualidad y conviene pensar en los porqués y el cómo se ha llegado a una tan enrevesada carencia de racionalidad económica en las relaciones entre los agentes que intervienen en la producción de los modernos y sofisticados servicios que ofrece al mercado el Sector Convergente.

Sin entrar en las razones lógicas y/o ideológicas que animaron a las Autoridades Reguladoras de todo el Mundo a partir de mediados los años 70`s, resultará obvio para la mayoría que la principal meta, que obsesivamente han perseguido las citadas autoridades, ha sido, primero, eliminar los “derechos exclusivos” e, inmediatamente, propiciar y acelerar la emergencia de la “competencia”. Al aparato regulador que se montó a partir de entonces -por todos los rincones del Planeta y con todas sus múltiples facetas diferenciadoras- difícilmente se le reconocerá otro objetivo explícito que el de fomentar la competencia bajo el presupuesto indiscutible de que con ello se alcanzaría un futuro de mayor eficiencia para el Sector, con las ventajas que de ello habrían de derivarse para la Sociedad en pleno y, todo ello, a base de demonizar los históricos “monopolios naturales” y cantar loas de alabanza al libre mercado en competencia. Cuanta más mejor, parecía la consigna.

Mas inmediatamente, en la práctica, se hizo evidente que conseguir que aflorara un mercado de servicios finales en competencia, entre múltiples agentes operando en el seno de un mismo territorio, no resultaba posible sin la creación simultanea de un mercado de servicios intermedios o de prestaciones de servicios de interconexión entre las redes de los diversos agentes, por mínimas e insignificantes que éstas fueran, y, esto último, no se podía esperar que ocurriera mediante la apelación a la libre concurrencia de oferentes y demandantes por los habituales mecanismos de confrontación que, en teoría, conducen racionalmente a los mercados hacia situaciones de equilibrio dónde se maximiza su eficiencia económica. Resultaba radicalmente imposible la formación espontánea de un mercado de interconexión o de lo que luego se dio en llamar un mercado mayorista de telecomunicaciones, y hubo que forzar su existencia en tanto que el pretendido mercado, aun cuando pudiera tener potenciales demandantes, carecería en todo caso de oferentes voluntarios. Ninguna operadora de las establecidas en aquel entonces, estaba dispuesta a vender a otra operadora (competidora suya) las prestaciones de “su” red, a ningún precio, ya que el comprador siempre trataría de arrebatarle el cliente final que, hasta entonces, había sido “suyo” por definición.

Había que obligar a las “operadoras incumbent” -y se las obligó- a ofertar los mencionados servicios a un precio impuesto por el regulador orientado al “coste de producción marginal o incremental” que, como todo el mundo sabe o imagina, es o tiende a ser: cero. No deseo ir más allá por esta línea de reflexión, pero ahí queda. Se pretendió racionalizar el mercado de las telecomunicaciones a partir de una irracionalidad absoluta, si bien, con muy buenos propósitos. Mas, en mi opinión, como dice el refrán: “de aquellos polvos vienen estos lodos”, y a éstos he de referirme finalmente.

Con la liberalización de las telecomunicaciones, el mercado del Sector Convergente experimentó un “boom” expansivo sin precedentes que no sólo dio oportunidad de entrada a multitud de nuevos agentes, si no que, también, benefició y no poco a las operadoras preestablecidas; todo ello a partir y gracias al enorme abaratamiento de los precios y a la expansión de la demanda que indujeron, conjuntamente con una prodigiosa diversificación de los servicios ofertados. Todo el mundo, casi, salió ganando con la introducción de la competencia en el Sector, hasta el extremo de que, por fin, para las familias el coste incremental (de consumir mayor cantidad de los servicios tradicionales y de los nuevos servicios, excluyendo los móviles) resultaba ser nulo y hasta negativo en algunos casos. Así, de la forma más natural y gracias a la competencia, se introdujeron “tarifas planas” (¡anda que no las suplicó Telefónica cuando aún era monopolio!), que incluían el acceso ilimitado a Internet y hasta la TV de pago y, de regalo, los terminales, la conexión, etc. Entre tanto algunos, no pocos, nos preguntábamos: ¿a dónde irá a parar todo esto?

Mas, durante ese mismo entretanto, el Sector Convergente se fue reorganizando y encontrando oportunidades de gestión y de negocio que, en buena medida (especialmente en lo que respecta a lo que trae a cuento todo esto) dichos negocios se fundaban en obtener sus ingresos, no directamente de los usuarios de los servicios, sino de otros, también negocios, interesados en los “actos comunicacionales” que habrían de efectuar aquellos (los usuarios finales), como, por ejemplo, hallando ocasión para meter su publicidad entre ellos. Pero no nos fijemos sólo en la publicidad, hay otras muchas cosas e intereses muy complejos detrás de la polémica acerca del “de qué” viven empresas tan exitosas como Google, Yahoo, Microsoft... de las que muchas veces somos clientes sin percatarnos de ello.

Ahora bien, sea como sea, el hecho cierto es que alrededor de las telecomunicaciones se ha creado un poderoso entorno de “productores de humo” -y no lo digo en sentido peyorativo- con la colaboración y hasta con el beneplácito de los grandes propietarios, desplegadores y conservadores de la tupida red de infraestructuras sobre la que se desarrollan muchos y fastuosos negocios colaterales y una pléyade de ventajas y oportunidades para la Sociedad Global en su conjunto. ¿Por qué no hicieron o hacen ellos (las operadoras de las redes) este trabajo?, se preguntará alguno, y yo le contesto: En unos casos, directamente, porque no las dejaron (véase el “encorsetamiento” impuesto a las operadoras regionales en EE. UU. durante el largo periodo que va desde el “desmembramiento de ATT” en 1982 y la Telecomunications Act de 1996 que lo prolongó aún más, a su manera); en otros casos, como es el de las operadoras europeas, porque bastante trabajo tenían ellas con adaptarse a la vacilante y prolija regulación, recomponiendo, modernizando o parcheando sus infraestructuras y modos de gestión para hacer frente a las veleidades de la competencia, a la emergencia de nuevos servicios -muchas veces meras formas nuevas de ofrecer lo mismo de siempre- y, no poco, con atender las exigencias y limitaciones de los reguladores (lo digo en plural porque son, han sido y probablemente serán, de hecho, más de uno y no siempre co-orientados entre sí).

En resumen, lo que al parecer está ahora en cuestión no es otra cosa que la revisión de la racionalidad económica de las relaciones entre los agentes productores del Sector Convergente, la cual, en algún momento, resultó distorsionada por una voluntad reguladora, cargada de irracionalidad, a la que los agentes hubieron de acomodarse como buenamente pudieron y que han continuado y continuarán haciéndolo mientras puedan. Pero, está muy claro que los ingresos del Sector, en general, se están estancando (o se han estancado ya) y, no obstante, las necesidades de inversión en las redes de telecomunicaciones -como así ha sido toda la vida- no van a disminuir, sino mejor sería desear que crecieran, y, por lo tanto, de algún sitio ha de salir el dinero para financiarlas. De cara al futuro, las fuerzas del mercado habrán de buscar un nuevo acomodo entre sí y el Sr. Alierta hace muy bien en, al menos, anunciarlo.

Lo que no acabo de entender es por qué parece no importarle, al Sr. Alierta, ir en esta cuestión de la mano de la Autoridad Reguladora. ¡Maldita la falta que le hace! siendo ésta, precisamente para mí, la pretérita causante del entuerto en que ahora estamos metidos. Mas para los que vemos los toros desde la barrera y sólo podemos opinar sin intervenir, la cuestión es del todo pertinente y el debate interesante y necesario. Se está produciendo una seria distorsión en la asignación de los recursos y debemos confiar en que, al final, se llegará a un razonable acomodo de intereses entre los agentes, adaptado a las circunstancias que se vayan dando -con permiso de la autoridad competente- y sacando cada uno el mayor provecho que pueda, de modo que, también, se haga posible un razonable avance en el desarrollo de las infraestructuras conforme a las previsiones de demanda a largo plazo, tal como históricamente nos tiene acostumbrados la “vocación largoplacista” del Sector. Creo que es una cuestión de poder, no de regulación, puesto que, nos guste o no, el mercado mundial de las telecomunicaciones, en todos sus eslabones de la cadena de valor, ahora, está ya abierto a la competencia de forma irreversible.

martes, 2 de junio de 2009

“Masturbación sinfónica con la mano izquierda” [*]

- Mini-manifiesto subnormal LVI - de Jesús Cabrera, martes 2 de Junio de 2009

Un pensamiento de los que más han influido en mi vida es aquel que reza: “procura dejar el mundo más ordenado de cómo lo encontraste”. Ignoro el origen de tan preclara sentencia (qué más da), pero para mí, español nacido en el año 1939, resultaba una tarea abordable y aparentemente fácil de conseguir a la que mi voluntad y mi pereza se adhirieron con entusiasmo en mí más tierna adolescencia. Hoy día me pregunto, ¿realmente eso es posible?

En la duda acuden a mi memoria los versos de una canción infantil, probablemente de tradición muy antigua, que parcialmente recuerdo:
“... la torre en guardia, la torre en guardia, la vengo a destruir...
... (no sé pero algo o alguien se lo impide)
... me iré a quejar, me iré a quejar al gran rey de Polonia...
... mi rey mi príncipe, mi rey mi príncipe me arrodillo a tus píes...
... mi general, mi general pedir lo que queréis...
... la torre en guardia, la torre en guardia la tengo que rendir...
No recuerdo más que estos versos de aquella letra, vaya usted a saber su origen -qué los eruditos lo investiguen- más habla de un propósito que se somete en controversia a la autoridad del príncipe por la voluntad contrariada de un noble general... ¡qué tiempos!

Ahora una vez más, como siempre, los humanos nos encontramos más que nunca ante una situación, un reto, de ordenamiento del mundo y sus valores. La crisis económica, pero no sólo, está pegando fuerte y las estructuras sociales sobre las que se apoya el orden establecido, se resienten. ¿Establecido?, es un decir, pues nunca lo estará. Es de cajón. Ingenuo de mí que quería dejar a mis nietos un orden “mejor”. Pero, ¿mejor que qué?... obviamente, siempre ha de ser mejor que el de antes, ¡faltaría más!, pero no necesariamente mejor en relación con nuestros propósitos y ¿cuáles son nuestros propósitos? Por supuesto, no son inalterables. En estos nuestros tiempos, mis propósitos -los míos y los que entiendo de la mayoría de ahora, tan aficionada a cuantificarse estadísticamente- no parecen coincidir con los de aquellos que nos gobiernan por voluntad popular y sufragio universal. Necesitamos más que nunca un “príncipe” de indiscutible autoridad. Pero, ¿cómo y dónde hallarlo?

Es posible que el azar y la necesidad nos hayan conducido a poner la mirada en los Estados Unidos de América y Obama sea el “príncipe” enviado de los dioses que estábamos esperando ¡Loado sea el Santísimo si así fuera! Mas, ¿cómo darle al príncipe la soberanía sobre “el todo” si apenas ha sido votado por 1% de los humanos en edad de votar?... ¿cómo habremos de tener el “señor” que nos guíe en un mundo tan fragmentado en sus intereses por los estados soberanos y sus finanzas?

No reniego del estado burgués que la modernidad alumbró. Reniego de un orden universal incapaz de orientarse y orientarnos hacia lo que los “ciudadanos del mundo” -es un decir- apetecen, a mi entender. Es decir, paz, bienestar, estabilidad y justicia. ¿Qué líder político desde el poder o desde la oposición osará hazaña de semejante envergadura? Ahora bien, como sigo fiel a mi propósito de legar a mis nietos un mundo mejor ordenado, ahora que ya soy abuelo, reniego de quienes entienden y ejercen la Política desde perspectivas mezquinas, nacionalistas o regionalistas, en un universo de abundancia que se nos está quedando pequeño en razón del propio provecho, la eficiencia y la rentabilidad. Los mercados son incapaces de absorber la capacidad productiva de que disponemos mientras una cuarta parte de la humanidad pasa hambre y nuestra mentalidad burguesa no concibe otra forma de ordenamiento que el ¡sálvese quien pueda! o el que: “al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga”

Malos tiempos se avecinan para nuestros nietos si no somos capaces de empujar a nuestros políticos hacia Programas de Orden Universal Jurídico y Económico, pero sin engaños. ¡Malhaya aquel que no sepa ver en los Proyectos Políticos Transnacionales en marcha, nada más que el oportunismo del interés nacionalista o estatal!

¿Alguien hace campaña de esto en las Elecciones al Parlamento Europeo?

__________________________________
[*] El título de este “mini” tiene que ver, obviamente, con el del conocido concierto de Ravel, tratando de demostrar que es posible concertar una sinfonía, sin echar en falta la “mano derecha”, cuando la necesidad aprieta.

“Homogeneidad en la abundancia[1]”

- Mini-manifiesto subnormal LIV - de Jesús Cabrera, jueves 14 de Mayo de 2009


Todo lo que se “globaliza” pienso que tiende a homogeneizarse y a su vez, al parecer, tiende a padecer el mismo tipo de patología. Las epidemias se convierten en pandemias difíciles de controlar por la OMS en la medida que se extienden por los países más pobres. La crisis económica actual, en cuanto los “países emergentes” se han sumado al sistema de producción global, pone en evidencia y con mayor virulencia el problema de la superproducción capitalista. Hoy leo un artículo firmado por Brand Stone y Miguel Helft en el que se dice que: “Facebook está haciendo furor en Turquía e Indonesia. Los usuarios de YouTube prácticamente se han duplicado en India y Brasil. Eso podría parecer buenas noticias, pero es también una de las principales razones por la cual éstas y otras empresas de Internet con grandes audiencias y marcas mundialmente reconocidas lo pasan mal para obtener siquiera un magro beneficio. Llamémoslo Paradoja Internacional...”

En fin, parece que todo va mal y todo por lo mismo: por la enorme desigualdad económica que existe entre los humanos de la “aldea global” El artículo citado continúa desarrollando la tesis de que la publicidad que financia el negocio de estas empresas no crece en la proporción en que aumentan los costes operativos de extender masivamente sus servicios -casi gratuitos para los usuarios que se hacen adictos a ellos con gran avidez- entre poblaciones de consumidores que carecen de recursos suficientes para ejercer una demanda solvente capaz de compensar a las empresas anunciadoras. En mi opinión, nada hay de paradójico en ello. Es lo mismo que ocurre -revestido con una mascarilla algo más sofisticada- con todo lo que se produce en los países sub-desarrollados y es qué, o se consume en los países del “primer mundo”, o no se puede consumir en ninguna otra parte en tanto que los habitantes de los países productores no pueden comprarlo.

Cabalgando sobre las redes públicas de telecomunicaciones y sus infraestructuras con sus “paquetes de información”, Internet nació, como de la nada, fruto de la “externalización” del provecho obtenido a partir del gasto que, allá por los años 80´s, hicieron algunas grandes corporaciones e instituciones públicas para procurarse su mutuo intercambio de información que, muy pronto, permitió a millones de usuarios en todas las partes del mundo empezar a beneficiarnos de los “contenidos que podíamos bajarnos gratuitamente de la Internet”. A dicho escenario enseguida se agregaron misteriosas y apabullantes empresas con ánimo de lucro que, sin cobrar nada a los “navegantes”, o muy poquito, facilitaban a estos la “navegación” por la Red, las cuales se financiaban partiendo del interés de otras empresas que, a su vez y también con ánimo de lucro, estaban interesadas en facilitar el arribo de los navegantes a sus propios “contenidos”. Por lo tanto bien se puede decir, como hacen los articulistas citados, que Facebook, YouTube, Googel, etc. viven de la “publicidad”, entendida ésta en el amplio sentido de todo aquello que permite dar a conocer marcas, productos e ideas que alguien quiere vender, facilitando así la consistencia de un gran “mercado virtual global”, el cual, al propio tiempo, provee además de mecanismos de gestión y control de las transacciones que en él se realizan.

Lo que conocemos por Internet se ha convertido en el principal “mercadillo mundial” -de casi todo- al que cualquiera puede acudir. De tal manera que, de echo, acuden a él cada día miles de millones de “mirones” de toda condición, potenciales compradores, gratuitamente, y ello a pesar de los multimillonarios gastos de mantenimiento en dólares o euros que, en costes de infraestructuras y operación, comporta el chiringuito.

Mas, repito, no veo en ello nada de paradójico. Siempre ha habido mercados públicos cuya existencia, instalación y mantenimiento ha corrido (o no) a cargo de los oferentes pero, en cualquier caso, sin coste aparente alguno para los demandantes. Lo que las grandes operadoras de navegación por Internet y la marcha de sus negocios pone ahora de manifiesto (al globalizarse aún más de lo que ya estaban) es la “no sostenibilidad” del mercado global -sea de la naturaleza instrumental que sea- asumiendo las abismales desigualdades de poder adquisitivo existentes entre los habitantes del Planeta. Es como si, dado el exceso de concurrencia, en un mercado de los de toda la vida, los organizadores se vieran obligados a poner en la puerta un letrero que dijera: “La entrada es libre, pero se ruega a los que carezcan siquiera de la posibilidad de comprar algo, se abstengan de entrar” ¡¡ ¿Quién va a pagar por anunciarse entre esos muertos de hambre? !!

En resumen, parece que todo aquello que tiende a globalizarse -ya sea la economía, las epidemias, los desequilibrios medio-ambientales o la operación de las navegadoras por Internet- termina tropezando con el “cáncer de la desigualdad económica" que existe entre los países y las personas que pueblan el Mundo. Primero habría que acabar con tan abismales diferencias y después “globalizarnos” O bien de forma más posibilista, el provecho de la “globalización” debería repartirse más equitativamente. Pero, ¿alguien será tan ingenuo que espere de los actuales gobiernos nacionales que tomen medidas para curar a la Humanidad de tal enfermedad en, por ejemplo, los próximos 20 años? Yo, sí. Soy así de ingenuo. Pero habrá que proponérselo. Y, si no empiezan pronto, vamos listos. ¡Hasta las operadoras de Internet, con su potencia tecnológica y sus grandes economías de escala, tendrán muy serios problemas!

_________________________________
[1] El título del mini-manifiesto, esta vez, alude a aquello que se atribuye al Conde de Romanones cuando un proletario le exigía que repartiera su fortuna, de por lo menos 20 millones de duros, entre los 15 o 20 millones de españoles y, dándole un duro, le dijo: “tenga lo suyo y déjeme en paz”

lunes, 6 de abril de 2009

"La crisis, nuestra crisis y la crisis de los demás"

- Mini-manifiesto subnormal LI - de Jesús Cabrera, domingo, 5 de abril de 2009

Paul Krugman, en “El País” de hoy, 05/04/2009, saca a colación un chiste -al cual por cierto no le veo gracia alguna- que, por lo visto, circulaba (supongo que por Wall Street) al comienzo de la crisis, dice que decían: “nuestras relaciones con China han resultado justas y equilibradas después de todo: ellos nos vendían juguetes envenenados y pescado contaminado y nosotros les vendíamos valores fraudulentos”. Repito, no le veo la gracia y menos en boca de un Premio Nóbel de Economía al que se ha de suponer una preocupación universal por la Economía y la Administración de los recursos y los esfuerzos de la Humanidad entera donde quiera que estén mal administrados. Es posible que, como dice el Prof. Krugman, la estrategia china de acumulación de reservas durante más de una década de prosperidad -con un cuantioso superávit de balanza comercial y afluencia masiva de capital extranjero- haya sido equivocada, pero, entre tanto, también, han conseguido salir del subdesarrollo, crear una clase media relativamente numerosa a partir de la miseria y construir las bases de una economía moderna notablemente competitiva y productiva, adaptándose a las reglas de juego del Sistema Económico Mundial, lo cual tiene un mérito no despreciable para quienes pensamos en cómo procurar la “Riqueza de las Naciones” (de todas) y el más alto nivel de bienestar económico que, partiendo de los recursos de que disponemos, podamos alcanzar los humanos en general; nos duele que todavía no hayamos sabido erradicar la miseria del Tercer Mundo, costando las cuatro perras que costaría erradicarla hoy día, y los abusos de ostentación, megalomanía y despilfarro que tan caros están costando a muchos millones de seres humanos, por ejemplo, en estos momentos de crisis.

Bien le habrá venido al Tesoro Norteamericano contar durante estos años pasados con tan buenos clientes para sus emisiones de Bonos y, al menos para los “teóricos de la economía”, en la situación crítica global en que nos encontramos, debería considerarse tan importante sacar a China de la crisis como hacerlo con EE.UU., España, Alemania, Japón, etc. El Sr. Krugman juzga poco menos que de demencial la propuesta de Zhou Xiaochuan (Gobernador del Banco Central de China) en pro de la creación de una nueva “moneda de reserva supersoberana” mediante la cual EE.UU. renunciase a la soberanía sobre el dólar y, ni que decir tiene, los países de su zona a la soberanía sobre el Euro, los japoneses a la del Yen, etc.; de tal modo que el control de la masa monetaria global quedara bajo la soberanía de un Banco Mundial controlado por una Autoridad Financiera Global (democrática) que se pusiera al servicio de la Economía Planetaria y no al de las economías dominantes mirando cada una por el crecimiento de su propio negocio nacional. Hay formas de proteccionismo -y el Prof. Krugman lo debe saber muy bien- que no se incluyen en el Capítulo de Comercio Exterior, sino en el de Control de la Oferta Monetaria.

No es de extrañar que, en su reciente visita a España, el flamante Premio Nóbel viera tan cruda la situación y el futuro de la economía española -tan endeudada como la de EE.UU. y con gravísimos problemas de competitividad relativa- si, al parecer, nuestro brillante maestro concibe el funcionamiento del Mundo desde el imperativo del “sálvese quién pueda” y. afortunadamente, como él mismo reconoce en el citado artículo, la recientísima Cumbre del G-20 ha conseguido “más de lo que él pensaba”, ignoramos si para bien o para mal, pero en el contexto de sus prolíficas declaraciones, él, no parece estar muy de acuerdo con la estrategia universalista del Presidente Obama que da la impresión de entender la solución, de este embrollado atolladero en que estamos, pasando por una visión global comprensiva, generosa y solidaria de las necesidades prioritarias del mundo entero. Obama no osará proponer una moneda única de soberanía supranacional -la oposición republicana y la “ciencia académica” lo destrozarían sin duda- pero es muy razonable que la proponga el Gobernador del Banco Central de la Republica China y puede que la idea termine por imponerse sin necesidad de acudir a presiones mayores por la fuerza de lo inevitable: los resortes de que han dispuesto las Economías Nacionales, han de ser transferidos al gobierno de la Economía Global.

Sea como sea, resulta por lo menos chocante la orientación, digamos “regionalista”, del pensamiento económico dominante que al parecer sigue contemplando el Universo (y la Economía Global) como un campo de juego en el que los países ricos han de ver cómo mantener su hegemonía dejando que, de paso, vayan saliendo de la miseria los otros dos grupos de países (los emergentes y los francamente sub-desarrollados) sin el concurso de los cuales, los primeros, no pueden fundamentar las oportunidades para seguir haciendo sus tradicionales magros negocios. Está bien que “el Sistema” se base en la competencia y que el invento del dinero haya sido susceptible de impulsar la actividad económica de las naciones que han sabido administrarlo con cordura, pero habrá de verse llegada la hora de instrumentalizarlo (el dinero) en beneficio de un desarrollo económico global sin fronteras, priorizando el de los colectivos humanos más necesitados. La primera crisis del siglo XXI, si algo ha puesto en evidencia, es que ya no es verdad aquello tan manido de que, si la Economía del País Hegemónico (fuera el que fuera) iba bien, todo iba bien o al menos pasable. Ahora, es mucho más cierto lo contrario, es decir, para que las Economías más desarrolladas vayan tirando, las menos desarrolladas tienen que ir viento en popa, creciendo muy deprisa. Los pasados últimos años de “bonanza” son un buen ejemplo de ello.

La reacción de la “autoridad académica mundial” a la mencionada propuesta del Gobernador del Banco Central de China, tratando de paranoica a la facción del Partido Republicano americano que cree ver en ella un “vil complot” contra la soberanía del dólar, para, a renglón seguido, banalizar tal propuesta considerándola un simple reconocimiento de la debilidad de la economía china -a mi entender- no tiene otra explicación que la sordera crónica que padece la “autoridad académica”, la cual le impide oír el clamor mundial que reclama como ineludible un nuevo orden monetario internacional (no sólo de control de los comportamientos y abusos de los agentes financieros), en aras de poder conducir la “herramienta-dinero” hacia el desarrollo de los que más lo necesitan, quitándosela (y digo, quitándosela de las manos) a los que desde siempre la han usado, en el mejor de los casos, con fines nacionales radicalmente in-solidarios con el resto de las naciones y que ahora ha empezado a resultarles incompatible con un funcionamiento no convulsivo de la Economía Global.

Ciertamente, la tal proposición de los chinos no es un “vil complot” y también puede entenderse como reconocimiento de la debilidad de la economía china, pero Sr. Krugman, en estos tiempos, ¿no está claro que lo que tiene los pies de barro es, precisamente, la Economía Mundial?, ¿cómo va a pagar EE.UU. lo que debe a China?, ¿no será mejor convertir todos esos títulos en Derechos Especiales de Giro, o algo parecido, emitidos por un Banco Mundial y que sea el mundo entero el que asuma y vaya pagando tan inmensa deuda a quienes van a necesitar disponer de esos recursos para continuar acercándose a niveles dignos de renta per cápita? Francamente, a mí, la propuesta de Zhou Xiaochuan me parece de lo más sensato que se puede esperar del principal acreedor del Primer Mundo que, además, tiene detrás de sí una población cuatro veces mayor que la de EE.UU. y, no como hasta hace poco, ya registra su número de parados, salidos durante ésta misma generación de la miseria agraria para caer ahora (¡y un güebo!) en la urbano-industrial o terciaria.

lunes, 30 de marzo de 2009

“Si dejas de pedalear te caes y, si continuas pedaleando, te la pegas"

-Mini-manifiesto subnormal XLVIII, de Jesús Cabrera- Domingo, 29 de marzo de 2009

El modelo económico básico en que los economistas inspiramos nuestras recomendaciones de decisión a los agentes económicos, habría de corresponderse con el modelo que contempla los comportamientos sociales y las apetencias y afanes de la gente que nos rodea. Desde comienzos del siglo XVIII en que nace la “ciencia económica”, todo surge de la observación más o menos científica de la realidad social y nada en ella es inmutable o predecible sino los cambios en los comportamientos y anhelos individuales inducidos por ésta, que, hoy día, deben estar produciéndose a toda velocidad, en tanto estamos viviendo una profunda crisis económica y social (por primera vez a nivel global) que ha de estar provocando cambios más que notables en los esquemas de comportamiento de miles de millones de humanos en el mundo entero.

No parece excesivo pensar que el deseo de mantener el nivel de bienestar alcanzado en muchos países empieza a pujar con ventaja sobre el deseo de aumentar, continua y persistentemente, la riqueza y la productividad colectiva. Al menos en las partes del Planeta sobre las que la economía ya ha extendido y generalizado confortables estándares de bienestar económico, me atrevo a pensar que han de ser mayoría, ya, los ciudadanos que claman por el mantenimiento de la actividad económica conforme al nivel actual y están dispuestos a renunciar a nuevos incrementos a cambio de estabilidad en sus ingresos y el aseguramiento de la cobertura de sus necesidades básicas.

Si esto fuera así, no ha de tardar en hacerse evidente (incluso para los economistas más recalcitrantemente fieles al modelo liberal clásico) que tratar de mantener elevadas tasas interanuales de crecimiento económico, apoyadas en continuos aumentos de la productividad y el incremento relativo de la población activa ocupada, con avances tecnológicos en cada uno de los Estados; ha de encontrar a nivel global (si no la ha encontrado ya) una asíntota infranqueable en tanto la producción mundial se acerca a un cierto volumen imposible de realizar con provecho en el mercado. Pero además, entre la gente se empieza a percibir el desencanto con el aumento de la riqueza individual a expensas de una existencia estresada por maximizar la productividad de cada uno y la de su familia en un entorno de competencia cada vez más combativo y apremiante, a lo que se une la sensación de inseguridad frente a la posibilidad de pérdida del confort económico de que ya se disfruta. En definitiva, es el síndrome del que aprende a montar en bicicleta: si dejas de pedalear te caes y si continúas pedaleando te la pegas. Un horror dentro de la abundancia.

Por otro lado, yo no sé cómo piensan las economías de los países actualmente más ricos (en “renta per cápita”, me refiero) enfrentarse a la competencia de los países emergentes (China, India, Brasil, etc.) que cuentan con más abundante población joven y mayor capacidad de ahorro, es decir que disponen de más trabajo y de más capital, habiendo adoptado ya las formas de producción occidentales y semejante sabiduría en la administración de sus intereses nacionales. Mas, desde luego, no habrá de ser superándoles en la carrera de avances tecnológicos y obstaculizándoles su utilización, ni tampoco, mediante la explotación exógena y abusiva de sus recursos. Será necesario el encuentro en un “statu quo” internacional, compatible con las prácticas de libre comercio, en base al compromiso de equiparación progresiva de la población de dichos países con el bienestar económico-social de que disfrutemos en el “primer mundo”. Ésta podría ser una solución viable en tanto se reconozca y asuma aquí, entre nosotros, que ello supone renunciar “sine die” a algunas décimas o puntos de crecimiento interanual del PIB y desviar los objetivos político-económicos estatales hacia el aumento del bienestar social, la estabilidad, la calidad de vida de los ciudadanos y la redistribución de la renta. Mas, ¿dicha senda de evolución es políticamente viable de forma democrática? Me temo que no, pero, ¿por qué? Por que carecemos de una Autoridad Mundial (supranacional y democrática) capaz de imponerse a los llamados “poderes fácticos” que operan en todos y cada uno de los Estados Nacionales.

No obstante, nos anima la esperanza y el deseo de que termine imponiéndose el convencimiento de que, en habiéndose llegado a ciertos niveles de productividad, todos colectivamente podemos vivir mejor sin necesidad de aumentar continuamente la producción destinada al mercado y basta para ello con dedicar mayor atención y tiempo, por ejemplo, a la producción de servicios a nuestra familia, a nuestros hijos, a nuestros ancianos, a nuestros vecinos, etc., o bien, en favor de nuestro propio enriquecimiento cultural, su disfrute o dotándonos de mayor calidad y autocomplacencia con nuestro “trabajo productivo”, haciéndolo mejor y más auto-satisfactorio. Estas cosas que mejoran la calidad de vida sin aumentar el PIB, los chinos no podrán venir a hacerlas por nosotros, ni a competir por producirlas. Todo lo más, tratarán de imitarlas en su propia casa, perdiendo competitividad de paso y, desde luego, Adam Smith -el pobre, que no pudo contar con la virtualidad generalizada del “trabajo improductivo” en un Universo tan lleno de miseria como el que a él le tocó vivir- no estaría en desacuerdo... él, tan moralista, ¿qué más hubiera deseado que vivir en un Planeta tan rico como el que ahora tenemos, a pesar de plagado de parados involuntarios[1], y desviar sus cavilaciones directamente hacia el “Bienestar de la Gente”, en vez de preocuparse por la “Riqueza de las Naciones”?

--------------------------------------
[1] Ahora no toca hablar, por no desviar la atención del lector, de la miseria tercer mundista pero pienso que el discurso expuesto es compatible e incluso muy pertinente si se enlazara con esta otra vertiente de la economía global.

miércoles, 18 de febrero de 2009

“La guerra ya ha comenzado”

-Mini-manifiesto subnormal XLIV-

Miércoles, 18 de febrero de 2009, por Jesús Cabrera

Puede que tenga razón Mario Trinidad con lo que dice en “El País” de esta mañana (18/02/2009) acerca de la triplicación de la fuerza de trabajo en el mundo (de 1.000 millones de trabajadores “registrables”, a casi 3.000 en poco más de una década) como causa estructural de la crisis económica universal que está asolando el modo de ganarse la vida de la población del Planeta y a la que los economistas nos estamos refiriendo con semánticas y formatos sucesivos de crisis “financiera”, crisis “inmobiliaria”, crisis “económica global”, “recesión” y, a la vista, el “fantasma de la deflación” más lo que nos quede por venir.

En resumen, los mercados nacionales y mundiales no encuentran demanda suficiente para absorber la oferta de bienes y servicios que habría de producirse (día a día) para mantener activos los 4.000 millones de pares de brazos y cabezas que serán ya, actualmente, los que andan necesitados de tener un empleo para poder subsistir. La III Guerra Mundial ya ha comenzado y esta vez la beligerancia es entre los colectivos de trabajadores de las distintas nacionalidades, tratando de no ser ellos, sino los otros, los que se vayan al paro que ya puede estar afectando en el cómputo global a más de uno de cada diez pretendientes a ocupar un puesto de trabajo en el mundo, aunque sea miserable. Las desigualdades entre los distintos frentes en lucha (trabajadores de las distintas nacionalidades y áreas económicas en que se divide el Planeta) y sus diferentes capacidades de agresión y resistencia son abismales, no obstante, el Capital, en competencia (universal por definición), no acierta a sacar provecho de tales diferencias en tanto parece habérsele agotado el margen de arbitraje sumido en el escaso excedente de los retornos que obtienen con las inversiones donde quiera que acudan. Todos claman por incrementar la productividad y la competitividad relativa de sus economías nacionales y todos han visto disminuir, en mayor o menor medida, sus valoraciones bursátiles.

A su vez, los gobiernos de prácticamente todos los países del mundo se esfuerzan en inyectar dinero en ayuda de sus propias economías, generando demanda interna o mayor capacidad adquisitiva y disponibilidad de renta en sus clases medias. Para ello, los estados soberanos han de colocar ingentes cantidades de Deuda Pública en el mercado financiero internacional mientras el flujo mundial de formación de capital se desploma en razón de la menor capacidad de ahorro generada por la merma de actividad y el abaratamiento de las materias primas en general y del petróleo en particular y, en consecuencia, los estados más poderosos (para evitar la “sobreoferta” mundial de “papel de deuda pública”) se van a ver obligados a abandonar la ortodoxia monetaria -¡menudo lío para la zona Euro!- colocando su Deuda Pública directamente en sus propios Bancos Emisores.

Coyunturalmente, con este tipo de medidas, es posible que dentro de un año o año y medio la economía americana empiece a despegar y con ella la de los principales países, por lo que dentro de no mucho se empezará a hablar de que la “Crisis del 2007-2008” está al fin remitiendo. Mas, parece claro que la lucha intra-clase trabajadora a nivel mundial no cesará mientras no se descubra la forma de dar empleo a todo el que lo requiera, o a un razonable 95% de dicho colectivo, en cualquier parte del mundo y para ello se precisa acelerar el crecimiento de la demanda solvente de bienes y servicios, a escala mundial, en una proporción mayor de la que crezca la fuerza de trabajo disponible.

Es decir, en el estadio de “sobrecapacidad productiva” que el mundo ha alcanzado al final del Siglo XX, es preciso hacer lo que haga falta para “sobre-estimular” la demanda y el consumo de quienes más pueden consumir (los más pobres) y salvar así el Sistema Económico Mundial del estado de crisis endémica al que parece estar abocado, lo que equivale a reconocer objetivamente la necesidad de retribuir progresivamente en mayor medida la fuerza de trabajo de los menos favorecidos en los países más pobres (o menos ricos) para lograr así, el armisticio en esta guerra soterrada de que hablamos y en la que los países más ricos y sus ciudadanos llevamos todas las de perder.

Mas, también objetivamente, se habrá de reconocer que un Programa Universal en favor de los países menos desarrollados, consistente en darles “Más trabajo a cambio de Más demanda”, que podría ser la “salvación” o por lo menos la “estabilización” del Sistema, no puede ser abordado directamente por el propio Sistema y sus actores individualmente por ser contrario a su “filosofía” y habrá de contar con el voluntarismo político comprometido de los estados económicamente más poderosos renunciando, en parte, a sus estrategias político-económicas desarrollistas conforme al nivel de coste relativo de la fuerza de trabajo alcanzado en cada uno de ellos. Los grandes males suelen traer consigo grandes remedios y es posible que esta tremenda Crisis 2007-2008-2009... nos traiga, a la fuerza y por narices, un Universo más solidario.

lunes, 9 de febrero de 2009

“¡Vaya mierda!”

-Mini-manifiesto subnormal XLII- Miércoles, 04 de febrero de 2009, por Jesús Cabrera

Mariano Rajoy (jefe de la oposición) dice que: “cada uno debe saber lo que tiene debajo” y, por otra parte, Miguel Sebastián (ministro de industria) advierte a los banqueros de que: “al Gobierno se le está acabando la paciencia”. Nada tiene que ver una cosa con la otra salvo en lo que ambos mensajes tienden al distanciamiento cínico de la cuestión planteada y de apelación psicológica a la mala conciencia del que se dé por aludido. Es como aquello que le decía Miguel Gila a uno que era presunto culpable de homicidio: “alguien ha matado a alguien... ¡y no me gusta señalar!”. ¡Madre mía la que tenemos encima (no debajo) y yo con estos pelos! ¡Predicando solidaridad y control financiero internacional y más estado de bienestar nacional!

Pero eso no es todo. Hace unos días, el Vicepresidente y Ministro de Economía declaraba que al Gobierno ya no le quedaba dinero para desarrollar más medidas frente a “la crisis”. Es decir, ya sabíamos que el dinero se había agotado y ahora, también, se le está agotando la paciencia, al Gobierno, y la Oposición liada con “sus espionajes” y mirando para otro lado, angustiada por la “enorme tragedia” del desbordamiento acelerado del paro laboral en España. Menos mal que José Luís Leal entrevé un atisbo de desaceleración al desestacionalizar los datos de Enero -cosa que, por lo visto, no sabe hacer ni el Gobierno ni la Oposición- lo cual es de agradecer en estos momentos de tan negros nubarrones. Por ejemplo, Obama se ha apresurado ha ordenar la revisión “de la literalidad” de su paquete de medidas para reactivar la economía norteamericana (valorado en 875.000 millones de dólares) ya que, al parecer, está redactado de forma susceptible de ser interpretado como proteccionista, pro el “made in USA”, según ha denunciado la Unión Europea, Canadá y alguien más... y todo el mismo día. ¡Era lo que nos faltaba!

No me cansaré de decir -ojala me equivoque- que de ésta no salimos, ni a medio ni a largo plazo, si no es con un esfuerzo real de solidaridad nacional e internacional y que ya ha pasado la hora de las ayudas al desarrollo de otros países (a modo de dádivas caritativas interesadas del Banco Mundial) y de las ONG´s, se acabó, es lo mismo que lo de buscar alrededor del Planeta nuevas oportunidades de inversión en “negocios-chollo”. Si se trata de estimular la demanda de aquellos países que tienen mayores necesidades sin satisfacer -en este mundo de “sobreproducción” competitiva, parcialmente muy rico pero que tiende a empobrecerse, crisis tras crisis, hasta límites insospechados- no será posible plantearnos, ni siquiera, el quedarnos como estamos. Y esto requiere de los países más poderosos renunciar a algo importante, en serio y definitivamente. Por ejemplo, a las prácticas proteccionistas de su comercio y producción. Por ejemplo, a las estrategias de crecimiento continuo del PIB en los países mejor situados en “renta per cápita”. Por ejemplo, a la soberanía monetaria a favor de un control democrático mundial del dinero. Por ejemplo, a eludir las carencias de liquidez, cada uno por su lado, para financiar cualquier despilfarro populista de los gobiernos.

Alguien preguntaba hace poco, que, ¿cómo va a cobrar China a EE.UU. los muchos millones de dólares que éste le debe, si éste no se los puede pagar y aquel necesita apremiantemente seguir vendiéndole más de lo que le puede comprar? Tal vez, digo yo, convirtiendo la deuda a una moneda común que sea tan de uno como de otro y animando al acreedor (China) a gastárselo invirtiendo más deprisa en su desarrollo y en el bienestar de los chinos. Si ellos (los chinos) nos han dado ya alguna lección de capitalismo, démosle nosotros (los occidentales) alguna de socialismo y que se enteren de lo que tienen debajo como dice Rajoy. ¡Vaya mierda!