martes, 2 de junio de 2009
“Masturbación sinfónica con la mano izquierda” [*]
Un pensamiento de los que más han influido en mi vida es aquel que reza: “procura dejar el mundo más ordenado de cómo lo encontraste”. Ignoro el origen de tan preclara sentencia (qué más da), pero para mí, español nacido en el año 1939, resultaba una tarea abordable y aparentemente fácil de conseguir a la que mi voluntad y mi pereza se adhirieron con entusiasmo en mí más tierna adolescencia. Hoy día me pregunto, ¿realmente eso es posible?
En la duda acuden a mi memoria los versos de una canción infantil, probablemente de tradición muy antigua, que parcialmente recuerdo:
“... la torre en guardia, la torre en guardia, la vengo a destruir...
... (no sé pero algo o alguien se lo impide)
... me iré a quejar, me iré a quejar al gran rey de Polonia...
... mi rey mi príncipe, mi rey mi príncipe me arrodillo a tus píes...
... mi general, mi general pedir lo que queréis...
... la torre en guardia, la torre en guardia la tengo que rendir...
No recuerdo más que estos versos de aquella letra, vaya usted a saber su origen -qué los eruditos lo investiguen- más habla de un propósito que se somete en controversia a la autoridad del príncipe por la voluntad contrariada de un noble general... ¡qué tiempos!
Ahora una vez más, como siempre, los humanos nos encontramos más que nunca ante una situación, un reto, de ordenamiento del mundo y sus valores. La crisis económica, pero no sólo, está pegando fuerte y las estructuras sociales sobre las que se apoya el orden establecido, se resienten. ¿Establecido?, es un decir, pues nunca lo estará. Es de cajón. Ingenuo de mí que quería dejar a mis nietos un orden “mejor”. Pero, ¿mejor que qué?... obviamente, siempre ha de ser mejor que el de antes, ¡faltaría más!, pero no necesariamente mejor en relación con nuestros propósitos y ¿cuáles son nuestros propósitos? Por supuesto, no son inalterables. En estos nuestros tiempos, mis propósitos -los míos y los que entiendo de la mayoría de ahora, tan aficionada a cuantificarse estadísticamente- no parecen coincidir con los de aquellos que nos gobiernan por voluntad popular y sufragio universal. Necesitamos más que nunca un “príncipe” de indiscutible autoridad. Pero, ¿cómo y dónde hallarlo?
Es posible que el azar y la necesidad nos hayan conducido a poner la mirada en los Estados Unidos de América y Obama sea el “príncipe” enviado de los dioses que estábamos esperando ¡Loado sea el Santísimo si así fuera! Mas, ¿cómo darle al príncipe la soberanía sobre “el todo” si apenas ha sido votado por 1% de los humanos en edad de votar?... ¿cómo habremos de tener el “señor” que nos guíe en un mundo tan fragmentado en sus intereses por los estados soberanos y sus finanzas?
No reniego del estado burgués que la modernidad alumbró. Reniego de un orden universal incapaz de orientarse y orientarnos hacia lo que los “ciudadanos del mundo” -es un decir- apetecen, a mi entender. Es decir, paz, bienestar, estabilidad y justicia. ¿Qué líder político desde el poder o desde la oposición osará hazaña de semejante envergadura? Ahora bien, como sigo fiel a mi propósito de legar a mis nietos un mundo mejor ordenado, ahora que ya soy abuelo, reniego de quienes entienden y ejercen la Política desde perspectivas mezquinas, nacionalistas o regionalistas, en un universo de abundancia que se nos está quedando pequeño en razón del propio provecho, la eficiencia y la rentabilidad. Los mercados son incapaces de absorber la capacidad productiva de que disponemos mientras una cuarta parte de la humanidad pasa hambre y nuestra mentalidad burguesa no concibe otra forma de ordenamiento que el ¡sálvese quien pueda! o el que: “al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga”
Malos tiempos se avecinan para nuestros nietos si no somos capaces de empujar a nuestros políticos hacia Programas de Orden Universal Jurídico y Económico, pero sin engaños. ¡Malhaya aquel que no sepa ver en los Proyectos Políticos Transnacionales en marcha, nada más que el oportunismo del interés nacionalista o estatal!
¿Alguien hace campaña de esto en las Elecciones al Parlamento Europeo?
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[*] El título de este “mini” tiene que ver, obviamente, con el del conocido concierto de Ravel, tratando de demostrar que es posible concertar una sinfonía, sin echar en falta la “mano derecha”, cuando la necesidad aprieta.
“Homogeneidad en la abundancia[1]”
Todo lo que se “globaliza” pienso que tiende a homogeneizarse y a su vez, al parecer, tiende a padecer el mismo tipo de patología. Las epidemias se convierten en pandemias difíciles de controlar por la OMS en la medida que se extienden por los países más pobres. La crisis económica actual, en cuanto los “países emergentes” se han sumado al sistema de producción global, pone en evidencia y con mayor virulencia el problema de la superproducción capitalista. Hoy leo un artículo firmado por Brand Stone y Miguel Helft en el que se dice que: “Facebook está haciendo furor en Turquía e Indonesia. Los usuarios de YouTube prácticamente se han duplicado en India y Brasil. Eso podría parecer buenas noticias, pero es también una de las principales razones por la cual éstas y otras empresas de Internet con grandes audiencias y marcas mundialmente reconocidas lo pasan mal para obtener siquiera un magro beneficio. Llamémoslo Paradoja Internacional...”
En fin, parece que todo va mal y todo por lo mismo: por la enorme desigualdad económica que existe entre los humanos de la “aldea global” El artículo citado continúa desarrollando la tesis de que la publicidad que financia el negocio de estas empresas no crece en la proporción en que aumentan los costes operativos de extender masivamente sus servicios -casi gratuitos para los usuarios que se hacen adictos a ellos con gran avidez- entre poblaciones de consumidores que carecen de recursos suficientes para ejercer una demanda solvente capaz de compensar a las empresas anunciadoras. En mi opinión, nada hay de paradójico en ello. Es lo mismo que ocurre -revestido con una mascarilla algo más sofisticada- con todo lo que se produce en los países sub-desarrollados y es qué, o se consume en los países del “primer mundo”, o no se puede consumir en ninguna otra parte en tanto que los habitantes de los países productores no pueden comprarlo.
Cabalgando sobre las redes públicas de telecomunicaciones y sus infraestructuras con sus “paquetes de información”, Internet nació, como de la nada, fruto de la “externalización” del provecho obtenido a partir del gasto que, allá por los años 80´s, hicieron algunas grandes corporaciones e instituciones públicas para procurarse su mutuo intercambio de información que, muy pronto, permitió a millones de usuarios en todas las partes del mundo empezar a beneficiarnos de los “contenidos que podíamos bajarnos gratuitamente de la Internet”. A dicho escenario enseguida se agregaron misteriosas y apabullantes empresas con ánimo de lucro que, sin cobrar nada a los “navegantes”, o muy poquito, facilitaban a estos la “navegación” por la Red, las cuales se financiaban partiendo del interés de otras empresas que, a su vez y también con ánimo de lucro, estaban interesadas en facilitar el arribo de los navegantes a sus propios “contenidos”. Por lo tanto bien se puede decir, como hacen los articulistas citados, que Facebook, YouTube, Googel, etc. viven de la “publicidad”, entendida ésta en el amplio sentido de todo aquello que permite dar a conocer marcas, productos e ideas que alguien quiere vender, facilitando así la consistencia de un gran “mercado virtual global”, el cual, al propio tiempo, provee además de mecanismos de gestión y control de las transacciones que en él se realizan.
Lo que conocemos por Internet se ha convertido en el principal “mercadillo mundial” -de casi todo- al que cualquiera puede acudir. De tal manera que, de echo, acuden a él cada día miles de millones de “mirones” de toda condición, potenciales compradores, gratuitamente, y ello a pesar de los multimillonarios gastos de mantenimiento en dólares o euros que, en costes de infraestructuras y operación, comporta el chiringuito.
Mas, repito, no veo en ello nada de paradójico. Siempre ha habido mercados públicos cuya existencia, instalación y mantenimiento ha corrido (o no) a cargo de los oferentes pero, en cualquier caso, sin coste aparente alguno para los demandantes. Lo que las grandes operadoras de navegación por Internet y la marcha de sus negocios pone ahora de manifiesto (al globalizarse aún más de lo que ya estaban) es la “no sostenibilidad” del mercado global -sea de la naturaleza instrumental que sea- asumiendo las abismales desigualdades de poder adquisitivo existentes entre los habitantes del Planeta. Es como si, dado el exceso de concurrencia, en un mercado de los de toda la vida, los organizadores se vieran obligados a poner en la puerta un letrero que dijera: “La entrada es libre, pero se ruega a los que carezcan siquiera de la posibilidad de comprar algo, se abstengan de entrar” ¡¡ ¿Quién va a pagar por anunciarse entre esos muertos de hambre? !!
En resumen, parece que todo aquello que tiende a globalizarse -ya sea la economía, las epidemias, los desequilibrios medio-ambientales o la operación de las navegadoras por Internet- termina tropezando con el “cáncer de la desigualdad económica" que existe entre los países y las personas que pueblan el Mundo. Primero habría que acabar con tan abismales diferencias y después “globalizarnos” O bien de forma más posibilista, el provecho de la “globalización” debería repartirse más equitativamente. Pero, ¿alguien será tan ingenuo que espere de los actuales gobiernos nacionales que tomen medidas para curar a la Humanidad de tal enfermedad en, por ejemplo, los próximos 20 años? Yo, sí. Soy así de ingenuo. Pero habrá que proponérselo. Y, si no empiezan pronto, vamos listos. ¡Hasta las operadoras de Internet, con su potencia tecnológica y sus grandes economías de escala, tendrán muy serios problemas!
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[1] El título del mini-manifiesto, esta vez, alude a aquello que se atribuye al Conde de Romanones cuando un proletario le exigía que repartiera su fortuna, de por lo menos 20 millones de duros, entre los 15 o 20 millones de españoles y, dándole un duro, le dijo: “tenga lo suyo y déjeme en paz”
lunes, 6 de abril de 2009
"La crisis, nuestra crisis y la crisis de los demás"
Paul Krugman, en “El País” de hoy, 05/04/2009, saca a colación un chiste -al cual por cierto no le veo gracia alguna- que, por lo visto, circulaba (supongo que por Wall Street) al comienzo de la crisis, dice que decían: “nuestras relaciones con China han resultado justas y equilibradas después de todo: ellos nos vendían juguetes envenenados y pescado contaminado y nosotros les vendíamos valores fraudulentos”. Repito, no le veo la gracia y menos en boca de un Premio Nóbel de Economía al que se ha de suponer una preocupación universal por la Economía y la Administración de los recursos y los esfuerzos de la Humanidad entera donde quiera que estén mal administrados. Es posible que, como dice el Prof. Krugman, la estrategia china de acumulación de reservas durante más de una década de prosperidad -con un cuantioso superávit de balanza comercial y afluencia masiva de capital extranjero- haya sido equivocada, pero, entre tanto, también, han conseguido salir del subdesarrollo, crear una clase media relativamente numerosa a partir de la miseria y construir las bases de una economía moderna notablemente competitiva y productiva, adaptándose a las reglas de juego del Sistema Económico Mundial, lo cual tiene un mérito no despreciable para quienes pensamos en cómo procurar la “Riqueza de las Naciones” (de todas) y el más alto nivel de bienestar económico que, partiendo de los recursos de que disponemos, podamos alcanzar los humanos en general; nos duele que todavía no hayamos sabido erradicar la miseria del Tercer Mundo, costando las cuatro perras que costaría erradicarla hoy día, y los abusos de ostentación, megalomanía y despilfarro que tan caros están costando a muchos millones de seres humanos, por ejemplo, en estos momentos de crisis.
Bien le habrá venido al Tesoro Norteamericano contar durante estos años pasados con tan buenos clientes para sus emisiones de Bonos y, al menos para los “teóricos de la economía”, en la situación crítica global en que nos encontramos, debería considerarse tan importante sacar a China de la crisis como hacerlo con EE.UU., España, Alemania, Japón, etc. El Sr. Krugman juzga poco menos que de demencial la propuesta de Zhou Xiaochuan (Gobernador del Banco Central de China) en pro de la creación de una nueva “moneda de reserva supersoberana” mediante la cual EE.UU. renunciase a la soberanía sobre el dólar y, ni que decir tiene, los países de su zona a la soberanía sobre el Euro, los japoneses a la del Yen, etc.; de tal modo que el control de la masa monetaria global quedara bajo la soberanía de un Banco Mundial controlado por una Autoridad Financiera Global (democrática) que se pusiera al servicio de la Economía Planetaria y no al de las economías dominantes mirando cada una por el crecimiento de su propio negocio nacional. Hay formas de proteccionismo -y el Prof. Krugman lo debe saber muy bien- que no se incluyen en el Capítulo de Comercio Exterior, sino en el de Control de la Oferta Monetaria.
No es de extrañar que, en su reciente visita a España, el flamante Premio Nóbel viera tan cruda la situación y el futuro de la economía española -tan endeudada como la de EE.UU. y con gravísimos problemas de competitividad relativa- si, al parecer, nuestro brillante maestro concibe el funcionamiento del Mundo desde el imperativo del “sálvese quién pueda” y. afortunadamente, como él mismo reconoce en el citado artículo, la recientísima Cumbre del G-20 ha conseguido “más de lo que él pensaba”, ignoramos si para bien o para mal, pero en el contexto de sus prolíficas declaraciones, él, no parece estar muy de acuerdo con la estrategia universalista del Presidente Obama que da la impresión de entender la solución, de este embrollado atolladero en que estamos, pasando por una visión global comprensiva, generosa y solidaria de las necesidades prioritarias del mundo entero. Obama no osará proponer una moneda única de soberanía supranacional -la oposición republicana y la “ciencia académica” lo destrozarían sin duda- pero es muy razonable que la proponga el Gobernador del Banco Central de la Republica China y puede que la idea termine por imponerse sin necesidad de acudir a presiones mayores por la fuerza de lo inevitable: los resortes de que han dispuesto las Economías Nacionales, han de ser transferidos al gobierno de la Economía Global.
Sea como sea, resulta por lo menos chocante la orientación, digamos “regionalista”, del pensamiento económico dominante que al parecer sigue contemplando el Universo (y la Economía Global) como un campo de juego en el que los países ricos han de ver cómo mantener su hegemonía dejando que, de paso, vayan saliendo de la miseria los otros dos grupos de países (los emergentes y los francamente sub-desarrollados) sin el concurso de los cuales, los primeros, no pueden fundamentar las oportunidades para seguir haciendo sus tradicionales magros negocios. Está bien que “el Sistema” se base en la competencia y que el invento del dinero haya sido susceptible de impulsar la actividad económica de las naciones que han sabido administrarlo con cordura, pero habrá de verse llegada la hora de instrumentalizarlo (el dinero) en beneficio de un desarrollo económico global sin fronteras, priorizando el de los colectivos humanos más necesitados. La primera crisis del siglo XXI, si algo ha puesto en evidencia, es que ya no es verdad aquello tan manido de que, si la Economía del País Hegemónico (fuera el que fuera) iba bien, todo iba bien o al menos pasable. Ahora, es mucho más cierto lo contrario, es decir, para que las Economías más desarrolladas vayan tirando, las menos desarrolladas tienen que ir viento en popa, creciendo muy deprisa. Los pasados últimos años de “bonanza” son un buen ejemplo de ello.
La reacción de la “autoridad académica mundial” a la mencionada propuesta del Gobernador del Banco Central de China, tratando de paranoica a la facción del Partido Republicano americano que cree ver en ella un “vil complot” contra la soberanía del dólar, para, a renglón seguido, banalizar tal propuesta considerándola un simple reconocimiento de la debilidad de la economía china -a mi entender- no tiene otra explicación que la sordera crónica que padece la “autoridad académica”, la cual le impide oír el clamor mundial que reclama como ineludible un nuevo orden monetario internacional (no sólo de control de los comportamientos y abusos de los agentes financieros), en aras de poder conducir la “herramienta-dinero” hacia el desarrollo de los que más lo necesitan, quitándosela (y digo, quitándosela de las manos) a los que desde siempre la han usado, en el mejor de los casos, con fines nacionales radicalmente in-solidarios con el resto de las naciones y que ahora ha empezado a resultarles incompatible con un funcionamiento no convulsivo de la Economía Global.
Ciertamente, la tal proposición de los chinos no es un “vil complot” y también puede entenderse como reconocimiento de la debilidad de la economía china, pero Sr. Krugman, en estos tiempos, ¿no está claro que lo que tiene los pies de barro es, precisamente, la Economía Mundial?, ¿cómo va a pagar EE.UU. lo que debe a China?, ¿no será mejor convertir todos esos títulos en Derechos Especiales de Giro, o algo parecido, emitidos por un Banco Mundial y que sea el mundo entero el que asuma y vaya pagando tan inmensa deuda a quienes van a necesitar disponer de esos recursos para continuar acercándose a niveles dignos de renta per cápita? Francamente, a mí, la propuesta de Zhou Xiaochuan me parece de lo más sensato que se puede esperar del principal acreedor del Primer Mundo que, además, tiene detrás de sí una población cuatro veces mayor que la de EE.UU. y, no como hasta hace poco, ya registra su número de parados, salidos durante ésta misma generación de la miseria agraria para caer ahora (¡y un güebo!) en la urbano-industrial o terciaria.
lunes, 30 de marzo de 2009
“Si dejas de pedalear te caes y, si continuas pedaleando, te la pegas"
-Mini-manifiesto subnormal XLVIII, de Jesús Cabrera- Domingo, 29 de marzo de 2009
El modelo económico básico en que los economistas inspiramos nuestras recomendaciones de decisión a los agentes económicos, habría de corresponderse con el modelo que contempla los comportamientos sociales y las apetencias y afanes de la gente que nos rodea. Desde comienzos del siglo XVIII en que nace la “ciencia económica”, todo surge de la observación más o menos científica de la realidad social y nada en ella es inmutable o predecible sino los cambios en los comportamientos y anhelos individuales inducidos por ésta, que, hoy día, deben estar produciéndose a toda velocidad, en tanto estamos viviendo una profunda crisis económica y social (por primera vez a nivel global) que ha de estar provocando cambios más que notables en los esquemas de comportamiento de miles de millones de humanos en el mundo entero.
No parece excesivo pensar que el deseo de mantener el nivel de bienestar alcanzado en muchos países empieza a pujar con ventaja sobre el deseo de aumentar, continua y persistentemente, la riqueza y la productividad colectiva. Al menos en las partes del Planeta sobre las que la economía ya ha extendido y generalizado confortables estándares de bienestar económico, me atrevo a pensar que han de ser mayoría, ya, los ciudadanos que claman por el mantenimiento de la actividad económica conforme al nivel actual y están dispuestos a renunciar a nuevos incrementos a cambio de estabilidad en sus ingresos y el aseguramiento de la cobertura de sus necesidades básicas.
Si esto fuera así, no ha de tardar en hacerse evidente (incluso para los economistas más recalcitrantemente fieles al modelo liberal clásico) que tratar de mantener elevadas tasas interanuales de crecimiento económico, apoyadas en continuos aumentos de la productividad y el incremento relativo de la población activa ocupada, con avances tecnológicos en cada uno de los Estados; ha de encontrar a nivel global (si no la ha encontrado ya) una asíntota infranqueable en tanto la producción mundial se acerca a un cierto volumen imposible de realizar con provecho en el mercado. Pero además, entre la gente se empieza a percibir el desencanto con el aumento de la riqueza individual a expensas de una existencia estresada por maximizar la productividad de cada uno y la de su familia en un entorno de competencia cada vez más combativo y apremiante, a lo que se une la sensación de inseguridad frente a la posibilidad de pérdida del confort económico de que ya se disfruta. En definitiva, es el síndrome del que aprende a montar en bicicleta: si dejas de pedalear te caes y si continúas pedaleando te la pegas. Un horror dentro de la abundancia.
Por otro lado, yo no sé cómo piensan las economías de los países actualmente más ricos (en “renta per cápita”, me refiero) enfrentarse a la competencia de los países emergentes (China, India, Brasil, etc.) que cuentan con más abundante población joven y mayor capacidad de ahorro, es decir que disponen de más trabajo y de más capital, habiendo adoptado ya las formas de producción occidentales y semejante sabiduría en la administración de sus intereses nacionales. Mas, desde luego, no habrá de ser superándoles en la carrera de avances tecnológicos y obstaculizándoles su utilización, ni tampoco, mediante la explotación exógena y abusiva de sus recursos. Será necesario el encuentro en un “statu quo” internacional, compatible con las prácticas de libre comercio, en base al compromiso de equiparación progresiva de la población de dichos países con el bienestar económico-social de que disfrutemos en el “primer mundo”. Ésta podría ser una solución viable en tanto se reconozca y asuma aquí, entre nosotros, que ello supone renunciar “sine die” a algunas décimas o puntos de crecimiento interanual del PIB y desviar los objetivos político-económicos estatales hacia el aumento del bienestar social, la estabilidad, la calidad de vida de los ciudadanos y la redistribución de la renta. Mas, ¿dicha senda de evolución es políticamente viable de forma democrática? Me temo que no, pero, ¿por qué? Por que carecemos de una Autoridad Mundial (supranacional y democrática) capaz de imponerse a los llamados “poderes fácticos” que operan en todos y cada uno de los Estados Nacionales.
No obstante, nos anima la esperanza y el deseo de que termine imponiéndose el convencimiento de que, en habiéndose llegado a ciertos niveles de productividad, todos colectivamente podemos vivir mejor sin necesidad de aumentar continuamente la producción destinada al mercado y basta para ello con dedicar mayor atención y tiempo, por ejemplo, a la producción de servicios a nuestra familia, a nuestros hijos, a nuestros ancianos, a nuestros vecinos, etc., o bien, en favor de nuestro propio enriquecimiento cultural, su disfrute o dotándonos de mayor calidad y autocomplacencia con nuestro “trabajo productivo”, haciéndolo mejor y más auto-satisfactorio. Estas cosas que mejoran la calidad de vida sin aumentar el PIB, los chinos no podrán venir a hacerlas por nosotros, ni a competir por producirlas. Todo lo más, tratarán de imitarlas en su propia casa, perdiendo competitividad de paso y, desde luego, Adam Smith -el pobre, que no pudo contar con la virtualidad generalizada del “trabajo improductivo” en un Universo tan lleno de miseria como el que a él le tocó vivir- no estaría en desacuerdo... él, tan moralista, ¿qué más hubiera deseado que vivir en un Planeta tan rico como el que ahora tenemos, a pesar de plagado de parados involuntarios[1], y desviar sus cavilaciones directamente hacia el “Bienestar de la Gente”, en vez de preocuparse por la “Riqueza de las Naciones”?
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[1] Ahora no toca hablar, por no desviar la atención del lector, de la miseria tercer mundista pero pienso que el discurso expuesto es compatible e incluso muy pertinente si se enlazara con esta otra vertiente de la economía global.
miércoles, 18 de febrero de 2009
“La guerra ya ha comenzado”
Miércoles, 18 de febrero de 2009, por Jesús Cabrera
Puede que tenga razón Mario Trinidad con lo que dice en “El País” de esta mañana (18/02/2009) acerca de la triplicación de la fuerza de trabajo en el mundo (de 1.000 millones de trabajadores “registrables”, a casi 3.000 en poco más de una década) como causa estructural de la crisis económica universal que está asolando el modo de ganarse la vida de la población del Planeta y a la que los economistas nos estamos refiriendo con semánticas y formatos sucesivos de crisis “financiera”, crisis “inmobiliaria”, crisis “económica global”, “recesión” y, a la vista, el “fantasma de la deflación” más lo que nos quede por venir.
En resumen, los mercados nacionales y mundiales no encuentran demanda suficiente para absorber la oferta de bienes y servicios que habría de producirse (día a día) para mantener activos los 4.000 millones de pares de brazos y cabezas que serán ya, actualmente, los que andan necesitados de tener un empleo para poder subsistir. La III Guerra Mundial ya ha comenzado y esta vez la beligerancia es entre los colectivos de trabajadores de las distintas nacionalidades, tratando de no ser ellos, sino los otros, los que se vayan al paro que ya puede estar afectando en el cómputo global a más de uno de cada diez pretendientes a ocupar un puesto de trabajo en el mundo, aunque sea miserable. Las desigualdades entre los distintos frentes en lucha (trabajadores de las distintas nacionalidades y áreas económicas en que se divide el Planeta) y sus diferentes capacidades de agresión y resistencia son abismales, no obstante, el Capital, en competencia (universal por definición), no acierta a sacar provecho de tales diferencias en tanto parece habérsele agotado el margen de arbitraje sumido en el escaso excedente de los retornos que obtienen con las inversiones donde quiera que acudan. Todos claman por incrementar la productividad y la competitividad relativa de sus economías nacionales y todos han visto disminuir, en mayor o menor medida, sus valoraciones bursátiles.
A su vez, los gobiernos de prácticamente todos los países del mundo se esfuerzan en inyectar dinero en ayuda de sus propias economías, generando demanda interna o mayor capacidad adquisitiva y disponibilidad de renta en sus clases medias. Para ello, los estados soberanos han de colocar ingentes cantidades de Deuda Pública en el mercado financiero internacional mientras el flujo mundial de formación de capital se desploma en razón de la menor capacidad de ahorro generada por la merma de actividad y el abaratamiento de las materias primas en general y del petróleo en particular y, en consecuencia, los estados más poderosos (para evitar la “sobreoferta” mundial de “papel de deuda pública”) se van a ver obligados a abandonar la ortodoxia monetaria -¡menudo lío para la zona Euro!- colocando su Deuda Pública directamente en sus propios Bancos Emisores.
Coyunturalmente, con este tipo de medidas, es posible que dentro de un año o año y medio la economía americana empiece a despegar y con ella la de los principales países, por lo que dentro de no mucho se empezará a hablar de que la “Crisis del 2007-2008” está al fin remitiendo. Mas, parece claro que la lucha intra-clase trabajadora a nivel mundial no cesará mientras no se descubra la forma de dar empleo a todo el que lo requiera, o a un razonable 95% de dicho colectivo, en cualquier parte del mundo y para ello se precisa acelerar el crecimiento de la demanda solvente de bienes y servicios, a escala mundial, en una proporción mayor de la que crezca la fuerza de trabajo disponible.
Es decir, en el estadio de “sobrecapacidad productiva” que el mundo ha alcanzado al final del Siglo XX, es preciso hacer lo que haga falta para “sobre-estimular” la demanda y el consumo de quienes más pueden consumir (los más pobres) y salvar así el Sistema Económico Mundial del estado de crisis endémica al que parece estar abocado, lo que equivale a reconocer objetivamente la necesidad de retribuir progresivamente en mayor medida la fuerza de trabajo de los menos favorecidos en los países más pobres (o menos ricos) para lograr así, el armisticio en esta guerra soterrada de que hablamos y en la que los países más ricos y sus ciudadanos llevamos todas las de perder.
Mas, también objetivamente, se habrá de reconocer que un Programa Universal en favor de los países menos desarrollados, consistente en darles “Más trabajo a cambio de Más demanda”, que podría ser la “salvación” o por lo menos la “estabilización” del Sistema, no puede ser abordado directamente por el propio Sistema y sus actores individualmente por ser contrario a su “filosofía” y habrá de contar con el voluntarismo político comprometido de los estados económicamente más poderosos renunciando, en parte, a sus estrategias político-económicas desarrollistas conforme al nivel de coste relativo de la fuerza de trabajo alcanzado en cada uno de ellos. Los grandes males suelen traer consigo grandes remedios y es posible que esta tremenda Crisis 2007-2008-2009... nos traiga, a la fuerza y por narices, un Universo más solidario.
lunes, 9 de febrero de 2009
“¡Vaya mierda!”
Mariano Rajoy (jefe de la oposición) dice que: “cada uno debe saber lo que tiene debajo” y, por otra parte, Miguel Sebastián (ministro de industria) advierte a los banqueros de que: “al Gobierno se le está acabando la paciencia”. Nada tiene que ver una cosa con la otra salvo en lo que ambos mensajes tienden al distanciamiento cínico de la cuestión planteada y de apelación psicológica a la mala conciencia del que se dé por aludido. Es como aquello que le decía Miguel Gila a uno que era presunto culpable de homicidio: “alguien ha matado a alguien... ¡y no me gusta señalar!”. ¡Madre mía la que tenemos encima (no debajo) y yo con estos pelos! ¡Predicando solidaridad y control financiero internacional y más estado de bienestar nacional!
Pero eso no es todo. Hace unos días, el Vicepresidente y Ministro de Economía declaraba que al Gobierno ya no le quedaba dinero para desarrollar más medidas frente a “la crisis”. Es decir, ya sabíamos que el dinero se había agotado y ahora, también, se le está agotando la paciencia, al Gobierno, y la Oposición liada con “sus espionajes” y mirando para otro lado, angustiada por la “enorme tragedia” del desbordamiento acelerado del paro laboral en España. Menos mal que José Luís Leal entrevé un atisbo de desaceleración al desestacionalizar los datos de Enero -cosa que, por lo visto, no sabe hacer ni el Gobierno ni la Oposición- lo cual es de agradecer en estos momentos de tan negros nubarrones. Por ejemplo, Obama se ha apresurado ha ordenar la revisión “de la literalidad” de su paquete de medidas para reactivar la economía norteamericana (valorado en 875.000 millones de dólares) ya que, al parecer, está redactado de forma susceptible de ser interpretado como proteccionista, pro el “made in USA”, según ha denunciado la Unión Europea, Canadá y alguien más... y todo el mismo día. ¡Era lo que nos faltaba!
No me cansaré de decir -ojala me equivoque- que de ésta no salimos, ni a medio ni a largo plazo, si no es con un esfuerzo real de solidaridad nacional e internacional y que ya ha pasado la hora de las ayudas al desarrollo de otros países (a modo de dádivas caritativas interesadas del Banco Mundial) y de las ONG´s, se acabó, es lo mismo que lo de buscar alrededor del Planeta nuevas oportunidades de inversión en “negocios-chollo”. Si se trata de estimular la demanda de aquellos países que tienen mayores necesidades sin satisfacer -en este mundo de “sobreproducción” competitiva, parcialmente muy rico pero que tiende a empobrecerse, crisis tras crisis, hasta límites insospechados- no será posible plantearnos, ni siquiera, el quedarnos como estamos. Y esto requiere de los países más poderosos renunciar a algo importante, en serio y definitivamente. Por ejemplo, a las prácticas proteccionistas de su comercio y producción. Por ejemplo, a las estrategias de crecimiento continuo del PIB en los países mejor situados en “renta per cápita”. Por ejemplo, a la soberanía monetaria a favor de un control democrático mundial del dinero. Por ejemplo, a eludir las carencias de liquidez, cada uno por su lado, para financiar cualquier despilfarro populista de los gobiernos.
Alguien preguntaba hace poco, que, ¿cómo va a cobrar China a EE.UU. los muchos millones de dólares que éste le debe, si éste no se los puede pagar y aquel necesita apremiantemente seguir vendiéndole más de lo que le puede comprar? Tal vez, digo yo, convirtiendo la deuda a una moneda común que sea tan de uno como de otro y animando al acreedor (China) a gastárselo invirtiendo más deprisa en su desarrollo y en el bienestar de los chinos. Si ellos (los chinos) nos han dado ya alguna lección de capitalismo, démosle nosotros (los occidentales) alguna de socialismo y que se enteren de lo que tienen debajo como dice Rajoy. ¡Vaya mierda!
domingo, 8 de febrero de 2009
“Preferencia por la Estabilidad”
(Anónimo popular)
En estos tiempos de aguda crisis económica mundial que vivimos, conviene recordar aquello de que “más vale pájaro en mano que ciento volando” y que no deben confundirse los principios de administración y prudencia de la “economía política” con los de las “economías domésticas” aun cuando la “economía colectiva o nacional” no sea otra cosa que el agregado (no suma) del conjunto de las economías de las personas (naturales y jurídicas) residentes en el país, incluidos los entes públicos.
En tiempos difíciles conviene a las economías domésticas apretarse el cinturón tratando de ahorrar en gastos corrientes y desendeudarse, si pueden, mientras que, por el contrario, las Administraciones Públicas (en lo sucesivo diremos la Administración Pública) no debe dudar en endeudarse a fin de compensar, con el aumento de su demanda propia o inducida, la reducción de la demanda de aquellos. Mas, ¿quiere decir esto que, en tiempos de crisis y en favor del bien común, la Administración Pública deba gastar o invertir alegremente sin importar en qué y cómo? Naturalmente, no. A medio o largo plazo la Economía, sea privada o pública, no admite ni perdona los despilfarros, es decir, las “anti-economías” o acciones contrarias a obtener la mayor utilidad posible con los mínimos recursos.
Ahora bien, con el apremio de la crisis y la premura coyuntural de invertir o gastar más con tal de tratar de equilibrar la demanda efectiva interna, pudiera parecer que todo vale para la Administración Pública y, esto, no puede ser cierto. Se verá claramente imaginando por ejemplo que, “in extremis”, de repente la Administración Pública decidiera duplicar el sueldo a todos los funcionarios. No tardaría en comprobarse que, en tanto la propensión media al consumo del colectivo de funcionarios sea menor que la media de la población, la medida afectaría escasamente al aumento de la demanda efectiva y apenas alteraría positivamente la demanda interna agregada, por lo que, para conseguir el objetivo perseguido, habría sido mejor bajar los impuestos a las familias más desfavorecidas incurriendo en un déficit presupuestario de semejante cuantía. Mas, por otra parte, la naturaleza despilfarradora de la medida sería evidente al comprobarse que los servicios que habrían de producir los funcionarios, a partir de la citada subida de sus sueldos, serían los mismos de siempre pero con un coste de mano de obra duplicado y, en consecuencia, el efecto directo sería de inflación del precio de los servicios que produce la Administración, aunque, por cierto, dicha inflación no se computaría en el cálculo del IPC.
¿Cuánto valen los servicios que produce la Administración Pública? La respuesta práctica que la Contabilidad Nacional da a dicha pregunta, es: valen lo que cuestan y se consideran realizados en tanto la Administración Pública los paga y éste, a mi modo de ver, es el gran escollo en que tropieza, en general, la justificación de la actividad económica de las administraciones públicas, que obliga a poner en cuestión la eficiencia económica de la misma en tanto es muy difícil medirla o, por lo menos, no se ha encontrado todavía el modo de hacerlo eficazmente. Cuando un órgano de la Administración contrata, por ejemplo, la construcción de un puente mediante licitación pública al mejor precio, lo mismo que a todo el mundo, a dicha Administración, el puente, no le cuesta sólo lo que ha de pagar al contratista adjudicatario sino que, para hallar el coste total de la obra, a dicha cantidad habrá de sumársele el coste interno de administración del concurso y, en la proporción que corresponda, los costes generales de administración y gestión de la empresa. La diferencia, entre que el comprador sea la Administración Pública o una empresa privada, no está en que los componentes del coste total de construcción del puente sean distintos o hayan estado mejor o peor administrados, sino en que, tarde o temprano, la empresa privada habrá de revertirlos en su “Cuenta de Pérdidas y Ganancias”, sean los que sean, y enfrentarlos con los ingresos que obtiene, mientras que la Administración Pública nunca habrá de hacerlo ya que no tiene, o no lleva, “Cuenta de Pérdidas y Ganancias” ni existe modo de calculársela y, por ello, a Ella le será indiferente -aunque no debiera- que en la adjudicación de dicha obra hayan intervenido uno o setenta funcionarios arquitectos, ingenieros, contables o administrativos e incluso que la adjudicación de la obra no se haya hecho al mejor oferente concursante. A la Administración Pública siempre le salen las cuentas, independientemente de que gaste más, menos o igual de lo que ingresa, pues el “déficit”, “superávit” o “equilibrio presupuestario” no da cuenta de la eficiencia económica de la gestión pública como muchas veces, cuando les conviene, pretenden los políticos responsables.
No obstante, la actividad económica de la Administración Pública (y señalemos para evitar confusiones que ahora no hablamos de la función reguladora de los mercados que tal actividad pueda conllevar) es esencial como elemento estabilizador de la economía del país, susceptible de ser utilizada como herramienta de la política anti-cíclica en las épocas de crisis. Ahora bien, sería deseable que la hiper-actividad de la Administración no hubiera de ser improvisada con “planes de choque” más o menos afortunados en los momentos bajos del ciclo, sino que, en todo momento y por cauces previamente establecidos de “economía de bienestar”, se activase automáticamente el mecanismo compensatorio de las subidas o bajadas de la actividad económica del país a través del mercado.
Es decir, no se trata de que la Administración haya de dotar su plantilla de funcionarios médicos, enfermeros, cuidadores de ancianos, cocineros, camareros, albañiles, etc. para atender casual o permanentemente las necesidades generales de los respectivos servicios que prestan tales oficios (“zapatero a tus zapatos”); de lo que se trata es de que el Estado garantice a todos los ciudadanos -al modo en que lo haría una gran Compañía de Seguros- el mínimo de recursos para que ellos mismos puedan pagarse la atención de las necesidades básicas que estuvieran incluidas en una lista mínima legal establecida, la cual debería tender a ser lo más larga y generosa que vaya siendo posible y en la que, de momento, podrían estar incluida: la alimentación básica de la unidad familiar, la educación permanente y acceso a la cultura de sus miembros, el uso de una vivienda o residencia digna, la atención médica y sanitaria casual y/o preventiva al más alto nivel técnicamente posible, los trasportes públicos y la atención específica requerida por cada discapacitado o anciano. La puesta en práctica de tal sistema de cobertura podría lograrse, simplemente, con la extensión de la función fiscal recaudadora del IRPF -ese genial invento fiscal contemporáneo- complementándolo con un sistema de subvenciones de renta a las personas y unidades familiares que no alcanzasen con sus ingresos anuales el nivel mínimo establecido de forma personal y subjetiva (tal como se hace ahora para gravar sus rentas con el impuesto) y de acuerdo con las mencionada necesidades básicas de cada uno.
Resultará evidente que, a partir de ahí, una parte sustancial de la demanda interna de las familias habría quedado a cubierto de los altibajos del ciclo económico y garantizaría, en un “modelo de economía cerrada”, la realización de una buena parte de la producción nacional con un importante efecto estabilizador de la economía del país. Mas, hoy día, no podemos hablar de “economías cerradas” ya que, dado el alto grado de globalización alcanzado por la Economía Mundial, ningún país puede pretender instalarse en un modelo autárquico. No obstante, habrá de reconocerse que una demanda interna estable de bienes y servicios básicos en cuantía relativamente mucho más elevada, daría al sistema productivo nacional unas pautas económicas claras, objetivas y solventes, para optimizar el ajuste en eficiencia de la producción interna y del comercio exterior aunque, para ello, ciertamente se requeriría “más estado” (aunque no más estado en términos de más actividad productiva directa de la Administración Pública cuya eficiencia es prácticamente incontrolable tal como habíamos dicho). Se requeriría un Estado con mayor poder fiscal y financiero -y volvemos a evocar la figura de una gran Compañía de Seguros- que, aparte de cubrir directa o indirectamente la demanda social de administración de justicia, defensa, representación, seguridad, orden público e infraestructuras; cubriera las necesidades financieras básicas de los ciudadanos a expensas de la detracción fiscal progresiva en la renta de los más acomodados.
Puede que todo esto suene a monserga utópica y voluntariosa muy propia de mí, pero estoy convencido de que, si los estados más ricos (“per capita”) no adoptan una estrategia de esta naturaleza -optando por el “bienestar social general” y la “estabilidad económica” frente al “crecimiento”[1]- y arrastran con su ejemplo al resto de las naciones; terminaremos perdiendo el bienestar alcanzado a finales del siglo XX en una lucha (que puede resultar “no metafórica”) por la captura de los mercados trans-fronterizos, la rentabilidad de las inversiones, los beneficios y los aumentos de competitividad y productividad a cualquier precio.
Dejo para otra ocasión hablar de las nefastas consecuencias que traería para los países actualmente ricos una estrategia de crecimiento y confrontación competitiva, abierta y sin límites al egoísmo incremental productivo, frente a la capacidad y potencial real de desarrollo competitivo de la producción en los países llamados “emergentes” (China, India, Indonesia, Brasil, Sudáfrica, etc.) aun cuando sólo pretendan vivir y se conformen con alcanzar en la próxima década una “renta per cápita” de la mitad de la cuantía de la nuestra actual.
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[1] Para muestra véase lo que les está pasando a los islandeses.
miércoles, 21 de enero de 2009
“Por una Moneda Única Mundial”
Terminé mi último “mini-manifiesto subnormal”, del 13/01/09, con la afirmación categórica de que “la solidaridad universal no es ya, sólo, un principio moral, sino una necesidad (manifiesta, añado ahora) del Sistema Económico (único y global, añado también ahora)” y hoy, 21/01/09, sólo ocho días después, tras leer atentamente el discurso de Barack Obama en su toma de posesión del cargo de Presidente de EE.UU., me congratulo al leer en su mensaje[1]: “... a los habitantes de los países pobres: nos comprometemos a trabajar a vuestro lado para conseguir que vuestras granjas florezcan y fluyan las aguas potables para dar de comer a los cuerpos desnutridos y saciar las mentes sedientas. Y a esas naciones que, como la nuestra, disfrutan de una relativa riqueza, les decimos que no podemos seguir mostrando indiferencia ante el sufrimiento que existe más allá de nuestras fronteras, ni podemos consumir los recursos mundiales sin tener en cuenta las consecuencias. Porque el mundo ha cambiado y nosotros debemos cambiar con él...”
Ciertamente no debe fiarse uno mucho de las “palabras de los políticos”, pero éste es un claro reconocimiento de la necesidad actual de instaurar, sin dilación, un orden internacional solidario en lo económico, y firme, solvente y tolerante en lo moral. Bien está que la armadura de gobernación de cada uno de los estados nacionales existentes continúe en su labor de procurar bienestar al colectivo de ciudadanos al que representan -aquellos cuya mayoría le ha votado- pero, hoy día, cuando el “mercado global” está demostrando su incapacidad de absorber y distribuir el potencial de producción de bienes que se ha alcanzado mundialmente, resulta evidente que no será porque en el mundo falten bocas que alimentar, viviendas dignas por construir o medios de transporte para que la gente se desplace y no cargue con pesos excesivos; sino por la incapacidad del Sistema para hacer llegar oportunamente los recursos financieros que precisan determinados segmentos de “demanda potencial” que tienen muchas necesidades por cubrir. Mas, ¿quién encabeza el ordenamiento de las finanzas mundiales? Son precisamente los gobiernos nacionales o plurinacionales a través de los correspondientes Bancos Emisores los que ordenan el encauzamiento del dinero que “crean” con criterios nacionales, es decir, no solidarios con las necesidades del resto del mundo (“sálvese quién pueda”, como es inherente al Sistema).
Por otra parte, pienso que va bien encaminado Obama, al decir:[2] “La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro Gobierno interviene demasiado o demasiado poco... Tampoco nos planteamos si el mercado es una fuerza positiva o negativa. Su capacidad de generar riqueza y extender la libertad no tiene igual, pero esta crisis nos ha recordado que, sin un ojo atento, el mercado puede descontrolarse, y que un país no puede prosperar durante mucho tiempo cuando sólo favorece a los que ya son prósperos...” y, digo yo, el Planeta tampoco puede prosperar así, pero, ¿quién es capaz de poner el “ojo atento” sobre el “mercado financiero global”? Todo el mundo parece ahora reconocer que, en pasados tiempos y en dicho mercado, se han acometido auténticas locuras de ambición, codicia y prepotencia, ¿quién nos dice que ahora no se siguen y seguirán acometiendo? Ahora bien, para evitarlo, ¿bastará con que EE.UU. controle mejor su propio mercado financiero? Aunque reconozcamos que un mayor y mejor control del mercado financiero sobre el ámbito del dólar resultaría decisivo, resulta fácil intuir que no sería suficiente. Las divisas fluyen y se intercambian en nuestro mundo por cauces y de formas absolutamente incontrolables, amparadas por las nuevas tecnologías y los ámbitos y modos de control o permisividad de las soberanías estatales.
Es por ello que, reuniendo ahora las ideas de “necesidad urgente de un control financiero global” y de la “instauración del principio ineludible de solidaridad económica internacional”, se llegue fácilmente a la razonable conveniencia de institucionalizar una “Autoridad Económica Global”, correlativa al “Mercado Global” ya instaurado y en progreso, que avance hacia el logro de tres objetivos fundamentales:
- Acabar a corto plazo con la miseria[3] en el mundo, esté donde esté, ya que también la hay en los países ricos.
- Controlar la oferta monetaria mundial y las “prácticas imprudentes” de los agentes en los mercados financieros.
- Estabilizar la economía global y acabar con las crisis periódicas facilitando a los países que se alineen con las “reglas de juego que se establezcan”[4], recursos financieros suficientes de acuerdo con sus necesidades coyunturales y no con criterios de garantía, rentabilidad y solvencia como hace ahora el Banco Mundial.
Como una buena parte de la opinión pública mundial, creo (es un acto de fe) que Barack Obama está animado por la voluntad de llevar a la práctica sus mensajes de colaboración, concordia y solidaridad universal mas, si lo intentara, no le resultaría fácil convencer a los senadores de su país y a los dirigentes europeos de que una sólida alianza Dólar-Euro, susceptible de ser puesta en manos de una Autoridad Económica Mundial democráticamente controlada, podría ser un paso decisivo para constituir a medio plazo un Banco Emisor Mundial de una “nueva moneda” nacida con la pretensión de convertirse en universal a medida que los países decidieran democráticamente adoptarla como propia y, sin que pueda considerarse utópico aunque sería muy difícil de conseguir, ésta sería la única forma de dotar a la señalada Autoridad Económica Mundial del poder fáctico necesario para alcanzar los objetivos antes señalados ¿Qué mayor “compromiso de solidaridad” de los estados que la libre cesión de su soberanía monetaria[5] como principal palanca tradicional, con la fiscal, de la política económica de los gobiernos desde la época de los Reyes Católicos o tal vez antes?
Quizá ésta no sea la fórmula práctica que se adopte políticamente en el corto plazo pero, a largo plazo, algo muy parecido habrá de procurarse so pena de dejar que siga siendo el “egoísmo suicida” el único motor de la actividad económica de los poderes fácticos establecidos frente a la superpoblación mundial, su secuela de marginados y la sobrecapacidad productiva alcanzada con las modernas tecnologías presionando (quítate tú para que me ponga yo) por verse realizada en los mercados. ¡Ea, a por una Moneda Única Mundial, señor Obama!
__________________________________________[1] Tomo las citas de la traducción de Mª Luisa Rodríguez Tapia publicada por el diario “El País”
[2] Del mismo discurso citado
[3] Cuando digo miseria me refiero también a la que produce el paro masivo sin cobertura de susidios suficientes y la destrucción de riqueza de las clases medias emergentes.
[4] Naturalmente, esto de “las reglas de juego que se establecieran” daría mucho que hablar y discutir, mas cosas más difíciles se han hecho
[5] Esto, pienso yo, sería mucho más efectivo que el conocido 0,7% que propugna alguna ONG
domingo, 18 de enero de 2009
“A la fuerza, ahorcan”
Pues claro, naturalmente, si no se puede vender (dentro o fuera) lo que producimos habitualmente para mantener y aumentar si es posible la actividad económica y el empleo de nuestro país, habrá que regalarlo para seguir currando, produciendo y viviendo. Dicho de forma algo más matizada: si no se puede realizar con un cierto margen de beneficio la producción de lo que producimos al nivel necesario para que sean utilizados los recursos disponibles (léase: fuerza de trabajo disponible), será preciso arbitrar cauces de realización al margen del mercado, digamos, normal, es decir, en un pseudo-mercado subvencionado capaz de operar con márgenes negativos, o bien, “sobre-demandado” a base de gasto e inversión pública (por encima de lo acostumbrado y de la prudencia presupuestaria) o haciendo transferencias fiscales de poder adquisitivo, pero ¿quién habrá de soportar tales pérdidas y despilfarros? La cosa es de cajón: el Estado. Y, ¿cómo habrá de financiar el Estado tal operación? Me parece que, de momento, no cabe otra respuesta: con “endeudamiento público” consecuencia del “déficit presupuestario” en que cada gobierno habrá de incurrir. Bueno, pues esto tan sencillo, hay algunos que todavía no lo tienen claro y siguen hablando del “déficit” como de una calamidad sobrevenida, añadida, a la “crisis”, ¡será posible!
La señora Merkel ha accedido a regañadientes a adoptar el segundo paquete de medidas anti-cíclicas que la Economía Alemana (principal motor de la Europea) estaba demandando y, ¡por fin!, la Autoridad Comunitaria anuncia que no aplicará sanciones a los Estados Miembros que sobrepasen el tope de “déficit” establecido (3% del PIB). Por otra parte, en estos días, se espera que el Banco emisor del Euro se decida a anunciar su alineamiento con EE. UU. y Japón dispuestos ya, entre otros, a inyectar liquidez al sistema, sin cobrar intereses prácticamente. Lo malo es que, a pesar de todo, se teme que el paro mundial siga aumentando y la actividad económica continúe desacelerándose, pues no aparecen por ninguna parte señales que anuncien la reactivación, lo cual es tanto como decir que la crisis continuará ahondando en el calamitoso proceso de recesión, costes sociales, sangre, sudor y lágrimas para conseguir el “pan nuestro de cada día”: ¿hasta dónde?, ¿hasta cuándo?
No me gusta ser agorero, pero veo muchas resistencias de opinión en asumir que, ésta vez, no se trata sólo, como se viene haciendo desde la Gran Depresión, de capear el temporal con políticas nacionales anti-cíclicas (keynesianas, para entendernos con pocas palabras) basadas en última instancia en el venerable y vetusto modelo egipcio de “años de vacas gordas y años de vacas flacas” Durante los ochenta años transcurridos desde 1929 ha habido de todo y, con todo, la producción mundial ha crecido hasta niveles impensables, permitiendo dar “pan con mantequilla” a más 3.000 millones de seres humanos, “pan a secas” a otros 1.500 millones más o menos, lo cual no está nada mal, y no se ha podido evitar dar “miseria” a los restantes 2.500 millones de personas que pueblan el Planeta[1]. Mas, entre tanto, el Mundo se ha “globalizado” y, en mi opinión para bien, salvo en que ya no podemos seguir desplazando nuestros problemas y altibajos económicos nacionales más allá de las fronteras de los países desarrollados. Ahora, la “sobreproducción” se percibe y afecta al orbe entero -hasta los pobres producen demasiado, al parecer más de lo que pueden consumir, y tienen excedentes de mano de obra (gente que quiere, necesita y demanda trabajar para vivir) hasta en la India, China, Argentina, Brasil, Sudáfrica, etc.
Está muy bien que los países más poderosos en “renta per cápita” traten de apagar el fuego de la crisis con políticas anti-cíclicas coyunturales del corte de las que se están aplicando -aunque, ya digo, a veces a regañadientes- pero a estas alturas debería estar claro, viendo la evolución de ésta (destapada hace ya año y medio y sin visos de parar en el proceso de destrucción del tejido productivo global) que se precisa de “acciones universales de solidaridad y gobierno” para evitar el progresivo deterioro del sistema productivo hasta niveles tan incalculables como eran hace 50 años los progresos favorables que hemos vivido.
Mi tesis es que estamos definitivamente ante un problema de “sobreproducción” a escala mundial, aun cuando queda en el Mundo un buen trecho de demanda potencial insolvente que permitiría absorber los excedentes producidos, sin mayor problema, en tanto se arbitrara el modo de convertir dicha demanda en solvente y efectiva, mediante un sistema financiero mundial generoso y solidario. Por el contrario, creo que con políticas de “sálvese quien pueda” intentando salir de la crisis y emprendiendo cada Estado o Área Regional una lucha competitiva por los mercados tras-fronterizos solventes y rentables; sólo se puede llegar a un permanente deterioro de todos respecto de la situación que tan brillantemente[2] se ha alcanzado en los últimos tiempos. En resumen, ahora debería tratarse (a más de salir de la crisis) de mantener los estándares de bienestar alcanzados en los países ricos, encontrando salida para el producto de nuestra actividad económica mantenida con políticas redistribuidoras de la renta (no digo incrementando “sine die” el PIB) en provecho del aumento de las oportunidades de desarrollo equilibrado en los países más pobres o menos ricos.
Se me dirá que ¿cómo se hace esto? y, tras reconocer que no es nada fácil, por supuesto, pienso que un primer paso podría ser que alguien con el suficiente peso político e influencia a nivel mundial (por ejemplo: Obama) planteara en la ONU la “hoja de ruta” para trasformar el Banco Mundial en Banco Emisor -de una “moneda universal única”- al que progresivamente los países fueran cediendo su soberanía monetaria (empezando por un núcleo inicial formado, por ejemplo, por los Estados de la Zona Euro con EE.UU.), hasta constituir una Autoridad Monetaria Universal capaz de regular y administrar, con criterios de solidaridad, la “oferta monetaria global” conveniente y adecuada, no sólo para cubrir equilibradamente las necesidades coyunturales del tráfico comercial, sino para financiar, con trato de favor, el desarrollo de los países más desfavorecidos que democráticamente decidieran adoptar dicha “moneda única” y adherirse al sistema y a las reglas de juego. Piénsese en las ventajas e inconvenientes del proceso de creación del Euro como modelo de referencia si se quiere, pero lo importante, en mi opinión, es que únicamente con medidas universales de semejante calado, que apunten a la implementación de una especie de “Estado de Bienestar Universal”, saldremos de ésta, que tiene toda la pinta de que va a convertirse de “crisis coyuntural” en “depresión endémica y tristísima”.
Creo que con el anuncio de "algo así", comprometido y serio[3], bastaría para despertar la reactivación económica global deseada que no se está logrando con las importantes medidas nacionales anti-crisis adoptadas por los gobiernos más poderosos. De lo contrario, habremos de esperar a que la tensión internacional y las penurias económicas -y quizá también de otro tipo[4]- crezcan lo suficiente para enterarnos de que la “solidaridad universal” no es ya, sólo, un principio moral, sino una necesidad del Sistema Económico. ¡A la fuerza ahorcan!
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[1] El problema de la super-población es harina de otro costal que habría de tratarse aparte.
[2] Lo digo sin coña, refiriéndome únicamente al punto de vista económico y de forma global.
[3] Con todo el aparato diplomático de acuerdos internacionales y compromisos que habría de traer consigo.
[4] No hace falta decir, está en la mente de todos, lo que costó la Gran Depresión en términos de conflictos y enfrentamientos bélicos y sufrimientos físicos, morales y económicos.
Cosas de mis nietos...

Sofía filosófa y ha llegado a la conclusión de que
quiere mucho a Nacho porque también es su hermanito...
Macarena lo quiere y lo cuida porque, de algún modo,
ella también es su mamá...
... y Alba lo quiere y le divierte, pero no acaba de entender
por qué, siendo ella tan mayor, ya no es "la pequeña de la casa"...
¿Economía real y/o financiera?*
En estos tiempos de crisis que vivimos, ¿cuántas veces hemos oído a los gobernantes (y a su corte de bienpensantes) distinguir entre economía real y economía financiera para diferenciar la etiología de la crisis económica y el nivel que ésta va alcanzando? ¿Tan distinto es que uno se quede sin trabajo, de que uno se quede sin sueldo a fin de mes? ¿Será posible qué, viviendo una etapa social de dificultades económicas tan generalizada, no sepamos reconocer de inmediato su causa en el desajuste entre los recursos socialmente necesarios para la producción, sean de naturaleza “financiera” o de los llamados “reales”? ¡Qué más da! y, entonces, ¿para qué incurrir, una y otra vez, en hacer distingos que confunden más que ayudan a ver el fondo de lo que nos está pasando? No hay dinero y todos los sectores padecen falta de liquidez. ¡Ea, seamos capaces de pasar por encima de las meras articulaciones formales cuyo objeto no debería ser otro que el de procurar un más eficaz didactismo y una más fácil compresión de la materia!
Si bien es razonable distinguir en ocasiones entre la economía de los banqueros y la de los fabricantes de automóviles, pongamos por caso, no parece conveniente llevar tal distinción hasta el extremo de no apreciar la dependencia mutua de tales negocios entre sí, así como la de estos en relación con todos los demás, incluyendo los de otros países, la actividad de los gobiernos en general y la de todos los bancos emisores de medios de pago que hay por el mundo. A fin de cuentas todos los agentes económicos, consciente o inconscientemente y hasta el más ínfimo y desposeído trabajador, están condicionados por su propio Balance de Situación Patrimonial en el que figuran, por un lado, sus “activos” (bienes y derechos que le son propios) y sus “pasivos” (conjunto de deudas y otras fuentes de financiación con el que se racionaliza el origen del mencionado conjunto de activos). Debería entenderse que, aún cuando se lleve mal la contabilidad o no se lleve, “en lo esencial de su realidad” todos estos Balances necesariamente han de cuadrar (Total Activo = Total Pasivo) y, además, todas las partidas que contienen, deudoras o acreedoras con terceros, habrán de corresponderse con posiciones inversas en el Balance de algún otro. Bastará con que yo le diga a un amigo que puede disponer de una cantidad de dinero que yo tengo, para que éste, a partir de ese momento, además de un pasivo a mi favor, “tenga más dinero para gastar” y mi Balance, al propio tiempo, se habrá alterado en el lado del pasivo con la obligación que he contraído de pagar sus cuentas, así como por otra parte mi activo se habrá incrementado por el valor de la inversión que he realizado en él y, en tanto la disposición de mi dinero no se haya hecho efectiva, éste, aunque parezca por arte de magia, se habrá duplicado en su calidad de medio de pago disponible. Así es cómo se “crea” el dinero. Todo el dinero se crea así[1] y naturalmente, en sentido contrario, la omisión o no renovación de tales compromisos de crédito o confianza, por parte de los que “crean dinero” habitualmente, lo “descrea”. De ahí que tengamos ésta, en cierto modo, singular crisis o desajuste del sistema económico productivo-consuntivo, que se manifiesta como una gran falta universal de liquidez o como un exceso de desconfianza reciproca entre los “amigos-banqueros” que, hasta hace poco más de un año, crearon la cantidad desorbitada de dinero disponible -en exceso y por codicia- que circulaba por el ancho mundo.
Sin duda, para atajar la crisis, los gobiernos y con ellos los bancos emisores habrán de “crear dinero” a espuertas e “inyectarlo a la economía” a sabiendas de que la terapia es de suma urgencia a fin de evitar a toda costa el caótico descalabro incontrolable del sistema financiero y de sus instituciones, supliendo de este modo el vacío de dinero que los banqueros han dejado de “recrear” por desconfianza de unos en la solvencia de los otros[2]. El sistema productivo necesita tanto del recurso dinero como de cualquier otro componente de la producción, por ejemplo de energía o mano de obra, y la “inyección” ha de ponerse de un modo u otro, con premura y en dosis suficiente, en las nalgas de unos u otros agentes para que empiece a fluir por los cauces del sistema. La cuestión es saber en qué proporción se inyecta por una u otra vía el dinero que los gobiernos y los bancos emisores han de crear y poner en circulación y en cómo quedarán finalmente los Balances de cada cual, empezando por los de los propios Estados Soberanos, pasando por los de los banqueros y terminando por los Balances finales del resto de las empresas y ciudadanos.
Pero, volvamos al principio. ¿Por qué digo que me parece pernicioso y hasta puede que malintencionado, insistir tanto (en medio de lo que está pasando) en los aspectos financieros de la crisis, diferenciando estos de la inmediatez de una recesión de la economía real? Lo digo y lo pienso porque desde que estudiaba Bachillerato sé que, ante un problema dado, la solución que uno encuentra (sea correcta o incorrecta) depende de cómo se haya planteado uno el problema. Me parece evidente que con tanto enfatizar en la distinción entre crisis financiera y crisis de la economía real, se está induciendo a buscar la solución, prioritariamente, mediante la inyección del dinero en las nalgas bancarias, cosa que al menos en parte habrá de hacerse necesariamente así, pero a expensas y en detrimento de inyectarla en mayor medida en las nalgas de las empresas situadas en otros sectores de actividad y en las de los ciudadanos mayormente afectados por la crisis, es decir, parados y endeudados insolventes o destinándolo a incrementar la demanda sectorial pública propia del “estado de bienestar”. O sea, más claro, sospecho que se está pensando: si arreglamos el problema de los bancos, el problema de la crisis estará resuelto y es posible que así fuera, mas no me parece la mejor manera de resolverlo.
Mas dejando a un lado la cuestión de las nalgas, que únicamente habrá servido para ilustrar groseramente las diversas alternativas de por dónde se inyecta la necesaria inyección de dinero del Estado, volvamos a “lo de los Balances”, es decir, a las consecuencias finales de la operación, dando por supuesto el inexorable final al que están abocados los balances de las economías más débiles que, con toda seguridad, habrán de quedar perjudicados, más o menos, tras la crisis. Me pregunto, ¿cómo quedarán los Balances Patrimoniales de los Estados según se hagan las cosas de una forma u otra? Para hablar claro no me queda más remedio que reformular la cuestión desde una perspectiva, por decirlo de alguna manera, “ideológica”: ¿el papel del Estado y su capacidad de intervención en la vida económica, quedará reforzado o debilitado? Desde esta perspectiva, aun admitiendo y justificando por razones de eficacia que la inyección de liquidez al sistema se haga en su mayor parte a través de los bancos, no será lo mismo que se haga por la vía de prestar dinero barato a estos, de forma que puedan superar la crisis y continuar activando la economía global con sus magros negocios que hacerlo, alternativamente, mediante transferencias del dinero a cambio de participaciones del Estado en el capital de las entidades, lo cual, de paso, facilitaría el control público de su actividad en el futuro, algo, esto último, que (a fin de evitar que vuelvan a repetirse las barbaridades y abusos que con toda la lógica del Sistema han cometido los banqueros en general) comienza a verse cómo necesario hasta por los más furibundos defensores del liberalismo económico a ultranza y sin barreras.
Para terminar, si de ello se trata, habrá que volver a recordar que un mercado -financiero y no financiero- globalizado y plenamente liberalizado en el que actúe eficientemente “la mano invisible”, requiere de un Poder Político Universal que lo ordene eficazmente en beneficio de los ciudadanos, co-gobernando con los actuales Estados y Formaciones pluri-estatales no universales, por encima y de forma neutral en relación con estos y estas. Veremos lo que sale de la cumbre de Washington, a partir del 15 N. Por lo menos, allí estarán representados los más significativos de los llamados Estados o Países Emergentes.
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* El título alude a cuestionar la pertinencia de la diferenciación operativa, en relación con el tratamiento de la crisis económica actual, de que parten explícita o implícitamente la práctica totalidad de los economistas y gobernantes.
[1] Hasta el dinero corriente en circulación está creado con el respaldo de los activos que posee el banco emisor y que pueden ser y son, entre otros, posiciones activas de préstamos del emisor concedidos a otras entidades estatales o bancarias
[2] La desconfianza de los banqueros entre sí, nace del prejuicio fundado de que sus respectivos balances contengan activos derivados de las “hipotecas basura americanas” que tanto se han prodigado y esparcido por todo el sistema financiero mundial en formaciones “empaquetadas” que ocultan su verdadero valor y que hacen recelar de la solvencia de quienes las poseen, sabiendo que casi todos las tienen en proporciones desconocidas diferentes.
¿Principio de escasez?*
“Por más egoísta que se pueda suponer al hombre,
existen evidentemente en su naturaleza algunos
principios que lo mueven a interesarse por la suerte
de otros y a hacer que la felicidad de éstos le resulte
necesaria, aunque no derive de ella nada más que
el placer de contemplarla”
Adam Smith
“Teoría de los sentimientos morales”
¿Será posible qué todavía no nos hayamos dado cuenta? ¡Ea, seamos capaces de cuestionar lo que fue siempre incuestionable!: ¿Tal vez no es cierto que el edificio de la Economía Liberal y de la Ciencia Económica en general, está construido sobre el “principio de necesidad o escasez”? Pues, siendo así, reconozcamos que dicho principio se ha esfumado y reclamemos que la tal ciencia y sus orientaciones de las actuaciones económicas colectivas se revise a la vista del valor que el PIB “per capita” del Planeta ha alcanzado en los últimos años -a pesar de la inmensa cantidad de recursos desocupados o mal ocupados que existen- y preguntémonos: ¿De qué escasez estamos hablando?
Está muy claro, al menos para mí, que el imperativo de: ganaréis el pan con el sudor de vuestras frentes, ya puede ser reemplazado por un vocativo o voluntarioso: produzcamos un mínimo suficiente para todos, con relativo poco esfuerzo, utilizando ampliamente las tecnologías que ya hemos desarrollado ¡Es posible! Lo es desde el punto de vista de la cantidad de producción y recursos disponibles. Lo es, contando con la utilización generalizada de las tecnologías ya desarrolladas y así lo cantan -aunque sólo sea, ciertamente, desde hace muy pocos años- las Contabilidades Nacionales agregadas del Mundo. Mas, es imposible lograrlo con la Organización Político-Social del Poder que ordena y dirige actualmente el Planeta y sus parcelas.
Advirtamos de inmediato que no ponemos en duda la eficacia del llamado “Sistema capitalista”, por el contrario, afirmamos que gracias a él se ha desarrollado de tal modo la producción de bienes y servicios útiles[1] para atender las necesidades humanas, especialmente en los últimos dos o tres siglos, que, con ello, la Humanidad está, ahora y por fin, en condiciones de culminar la larga etapa de miseria, sacrificios y esfuerzos de todo tipo que le fue ineludible auto-imponerse para librarse, a la larga[2], del tópico de la escasez, obligando a los hombres y mujeres a trabajar deslomándose en jornadas agotadoras -cargando con pesos al límite de sus fuerzas y desplazándose sobre sus pies en largas caminatas-, sólo para conseguir, escasamente y no todos, el sustento mínimo y unas muy precarias defensas (ropas y viviendas) contra las inclemencias del clima, así como, unas muy infrecuentes oportunidades de holgar placenteramente y gozar de la vida. Tampoco estamos reformulando la vieja tesis marxista del relevo del Sistema Capitalista por un Nuevo Sistema que supere las contradicciones de aquel. Se entenderá fácilmente que no sería razonable, ni necesario, desmontar torpemente[3] el Sistema Capitalista que tan buenos frutos ha dado y puede seguir dando, y únicamente se trataría de matizarlo, enmarcándolo en un Orden Político Universal, ad hoc[4], a fin de lograr a medio plazo -un par de décadas podrían ser suficientes- el orden económico capaz de brindar a todos los humanos oportunidades suficientes de ganarse la vida en condiciones dignas no contingentes (esto es, aseguradas o garantizadas), erradicando así la miseria. No es una utopía. En los países más desarrollados y especialmente en Europa -durante la segunda mitad del siglo XX y limitado al ámbito competencial de los respectivos Estados- se ha puesto muy en evidencia que, hacer algo parecido a lo que decimos, no ha perturbado en nada el funcionamiento del Sistema capitalista, sino al contrario -por mucho que los “Chicago boys” insistan en negarlo-, el “Estado de Bienestar” ha generado mecanismos de acción económico-pública “anti-cíclica” que han resultado eficaces para atenuar los devastadores efectos de las “crisis periódicas” inherentes al funcionamiento del Sistema, aportando estabilidad al mismo, tanto desde el lado de la “oferta”, como desde el de la “demanda”.
Se dirá que, en un marco semejante de no-escasez, la gente carecería de acicate para trabajar y el Sistema no podría funcionar, objeción ésta que, “in extremis”, se acepta ampliamente y aquí también, mas, no se trata de llegar a tales extremos. Las necesidades de la gente son relativas y ampliables “ad infinitum”, por lo que, sin distorsionar el funcionamiento del Sistema, se podría “asegurar”[5], públicamente, a todas las personas del Mundo, la contingencia de no cobertura financiera de sus necesidades elementales mínimas con sus propios recursos. ¿Cuánto podría costar esto? Entendemos que, sólo, el esfuerzo y la voluntad política de organizarlo y hacerlo, ya que, en términos de dinero, estamos hablando de una cantidad relativamente exigua. Lo malo o lo difícil es que, para ello, sería necesario, nada más y nada menos, construir un orden político democrático global que condicionara la elección de los mandatarios gobernantes a la proporción de votos obtenida de los “ciudadanos del mundo”.
Para acabar a medio plazo con la miseria en todas las partes (no sólo en el “tercer mundo” pues también la hay en “el primero”), la tarea pública que debería ser acuciantemente prioritaria, no puede ser abordada por el orden político establecido de Estados necesariamente antagónicos[6] entre sí, y con el modo democrático de elección de sus respectivos mandatarios que los conduce, ineludiblemente, a la defensa a ultranza de los intereses del colectivo estatal que los elige al margen de cualquier pretensión verbal de Solidaridad Universal. Por ejemplo, véase la cuestión de las migraciones, ¿cómo puede esperarse de cualquier Gobierno que, en beneficio del interés colectivo universal, deje de controlar la afluencia o refluencia de más o menos emigrantes de los que los ciudadanos y su economía nacional consideren convenientes? De ninguna manera. Por tanto, en este caso se hace muy evidente que la “organización de los estados” vigente en el Planeta se opone a la formación (claramente deseable desde la perspectiva del pensamiento económico liberal) de un “mercado global eficiente de mano de obra”.
A mayor abundamiento y para terminar, preguntémonos: ¿desde el punto de vista histórico, el Sistema Capitalista se habría podido desarrollar sin el amparo organizativo, territorial, social, demográfico y defensivo: de las delimitaciones estatales europeas?[7] Pues no esperemos que se globalice, realmente, sin un orden político mundial equivalente. Lo que es utópico es esperar que se pueda acabar con la miseria a partir del “desarrollismo” exitoso, uno tras otro, en el 100% de los países del Planeta.
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* El título alude a cuestionar la pertinencia actual del presupuesto de que parten, explícita o implícitamente la práctica totalidad de los economistas clásicos
[1] No estamos pensando en los “inútiles” que, en dichas cuentas han de ser aceptados como “útiles”
[2] Tan a la larga que hay que ver el tiempo que ha pasado desde que Prometeo robo, a tal fin, el fuego a los dioses.
[3] Ni de forma revolucionaria, ni de alguna otra forma. Lo malo no es el Capitalismo, sino su “imperfección endémica y congénita” asociada a las organizaciones estatales de las que nació y a las que, al mismo tiempo, ha alumbrado. Se podría hablar de un “proteccionismo” residual irreducible.
[4] No estamos, tampoco, hablando de la tan cacareada “globalización de la economía” que es un hecho que discurre por los mismos derroteros del “orden estatal convencional” con sus limitaciones.
[5] Al decir “asegurar”, entre comillas, queremos aludir a que se podría enfocar el cálculo del coste de la operación, cómo cálculo actuarial de una póliza de seguro que cubriera de tal contingencia a los seis mil y pico millones de seres humanos residentes en el territorio del Estado Universal que proponemos como solución.
[6] De paso, para no desviarnos del tema, señalemos los riesgos a que nos tiene expuestos dicho “antagonismo”
[7] Carlos Rodríguez Braun, “Los Clásicos de la Economía”, Ediciones Pirámide: “... en la Riqueza de las Naciones, la conducta económica fundada en el propio interés desencadena a través de la mano invisible del mercado, siempre que haya un Estado (mano visible).... el desarrollo económico y la prosperidad general”
Magnitud y cantidad*
“La magnitud de algo nada tiene que ver con que dicho algo
tenga ciertas magnitudes. Estas las tiene cualquier cosa”
J.C. of the Church
¿Será necesario todavía decirlo? ¡Ea, pongamos en palabras lo evidente!: No es lo mismo magnitud que cantidad por más que, los que ofician de formadores de opinión, se empeñen en darnos con la medida de las cosas -o de lo que pasa o nos cuenten que ha pasado- la prueba de veracidad del fenómeno, apoyándose en la elocuencia cuantificada de una de sus magnitudes, convenientemente elegida. A uno ya le sudan ciertas partes del cuerpo, que me cayo por pudor, de leer y escuchar afirmaciones elaboradas a partir de la rotundidad del dato estadístico que el discursante te pone por delante de forma inapelable.
Por lo menos a mí[1] me pasa. Cuando cojo un periódico o escucho lo que dicen los políticos, siempre me encuentro con una abrumadora cantidad de cantidades que suplen, con evidente economía de recursos argumentales, la descripción o proposición de algo de interés acaecido u observable. En apoyo de lo que digo no quiero dar aquí el elocuente número de ejemplos que podría recopilar en sólo una semana, ya que caería ingenuamente en el mismo, cómo decir, ¿vicio?, ¿comodidad?, ¿manipulación?, ¿falseamiento? -desde luego, no sería pecado y, si acaso, lo sería venial por lo habitual que resulta- pero es evidente[2] que las dosis masivas de “información” que recibe hoy día “el hombre de la calle” no pretenden darle una visión de las múltiples realidades que cada posible “realidad” conlleva, sino muy al contrario, con la inmensa mayoría de las cosas que nos cuentan, paréceme a mí que, únicamente tratan de hacernos ver el elevado % de veces que algo pasa o algo se dice que pasa para, haciendo de ello noticia, darnos a conocer la Realidad -así, con mayúscula- digna de desplazar nuestro interés acerca de lo que más nos pueda interesar o cualquier otra quizá menos perversa intención. También suele ocurrir que el ejercicio se haga a la inversa y que, por defecto y para colmo, dado un escaso % en el acontecer de la Realidad aludida, salte la noticia y nos induzca a prestar la máxima atención, poniendo los cinco sentidos en la Realidad de lo inexistente, o de aquello que sólo ocurre de forma despreciable.
De esta forma, nos podemos encontrar con la “noticia” de que, de acuerdo con un minucioso estudio, o investigación, realizado por la prestigiosa Encuestadora X, el 85% de las mujeres solteras, nacidas bajo el signo de Virgo, no desean casarse, frente al escaso 23% de las Capricornio y, evidentemente, la cosa tiene bemoles -te quedas pensando- ¿y por qué será? y resulta que es por nada. Al estudioso de turno se le ocurrió meter -en el cuestionario para el estudio que le había encargado el Instituto de la Mujer- la variable “signo del zodiaco” -diciéndose a si mismo: “por si acaso discrimina”- y lo único destacable (noticiable) que salió del importante Estudio, fue eso. ¡Qué culpa tiene el periodista! A lo que voy es a eso. Los periódicos tienen que llenar todos los días un determinado número de paginas y cada noticia tiene su correspondiente extensión, en consecuencia, todos los días tiene que haber tantas noticias, ni más ni menos, como sean necesarias para completar el diario y, cada semana, el semanario y así sucesivamente, pero ¿quién me dice a mí algo importante (para mí) que ha pasado un día en el que han pasado demasiadas cosas y algunas -entre ellas la mía- lógicamente, no cupieron en el diario de ese día? Y lo que todavía es peor, tampoco cabrán en el semanario de esa semana, ni en el anuario de ese año, etc. y, a la postre, no aparecerán ya, jamás, en los libros de texto. Menos mal que el día que mataron a Kennedy no se les ocurrió matar también a otros 3.443 presidentes más. Podríamos no habernos enterado. Es un problema.
Mas uno no habrá de ser quién lo resuelva, lo único que le cabe a uno es ponerlo en evidencia y reclamar, para mejor información del people, una “clasificación informativa de las noticias” de inclusión obligatoria en todas las publicaciones, incluso en las de Internet, Por ejemplo: (1) para idiotas rematados[3], (2) para idiotas que no tengan mejor cosa que hacer, (3) para idiotas algo ocupados, (4) para idiotas[4] normales, ocupadísimos, (5) inclasificable, gravemente peligrosa. ¿Qué se ganaría con esto? Nada. Lo único, que al menos nadie podría llamarse a engaño. Todas las cosas tienen muchas magnitudes, sin ir más lejos, una persona puede ser muy alta, muy poco gruesa y Abogado del Estado y otra, en cambio, poco alta, muy gruesa y Registrador de la Propiedad ¿Cuál será la magnitud de los tales? Del primero podría ser noticia, por ejemplo, que mide 1,90 metros y que sacó el número 1 de su oposición, ¿y qué? Otros habrá que midan lo mismo y no se presentaron nunca a dicha oposición con lo que se podría hacer noticia del hecho, verificable, de que más del 99% de los españoles mayores de 30 años no se han presentado, ni siquiera una sola vez, a las oposiciones para cubrir plaza en el cuerpo de la Abogacía del Estado[5], más, ¡atención!, son menos del 0,3% los que miden 1,90 metros[6]... Que cada cual saque sus propias conclusiones.
Por otra parte, lo que a uno (éste que suscribe) le empieza a preocupar es la tendencia, lo que parece que se ve venir. Sabido es que los “diarios de distribución gratuita” que están proliferando como setas y con mucho éxito de “venta”, bueno, pues, mire usted por dónde, he observado que son los más proclives a incluir % en sus primeras páginas con grandes titulares. Lo digo sin perjuicio de subrayar que los otros también lo hacen en exceso. ¡¡Ojo al dato!! Y, para terminar, no seré yo quién diga que ese tipo de prensa es la preferida de los idiotas, pobres, pero, tampoco se me podrá decir que no se lo he advertido.
Mi suegra[7], cuando alguien a su lado habla por hablar, suele decir: “Las monjas, por hablar, rezan”... que, traducido a lenguaje periodístico moderno, podría decirse: “Las pobres monjas rezan un 190% más de lo que hablan” ¡Alabado sea Dios!
* Según el Diccionario de la R. Academia. en sus primeras acepciones, “Magnitud, es el tamaño de un cuerpo” y “Cantidad, es todo lo que es capaz de aumento o disminución y puede, por consiguiente, medirse o numerarse”.
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[1] Pido disculpas por saltarme la regla no-sé-cuántas de la fabricación de un “mini-manifiesto subnormal”
[2] No precisa citas de autoridad, la cosa, pero yo, sí, para que no me regañen por no ponerlas
[3] De imponerse dicha norma, el presente “mini” debería clasificarse (1).
[4] Espero que alguien se apresure en aclararme lo que en griego significa “idiota”
[5] ¡Mira qué tontos!
[6] Se entiende que de estatura
[7] Vuelvo a pedir perdón por aludir a cuestiones y circunstancias personales pero, anda que no he metido citas de autoridad y pies de página esta vez
¡Pasen, pasen, al fondo hay sitio!*
“Creced y multiplicaos...
extendeos por la faz de la Tierra"
Dios, Génesis.
¿Para qué vamos a engañarnos? Digamos las cosas claramente. Lo que a los gobernantes y a los bien-pensantes les importa más que nada es el PIB, pues representa el valor agregado de todo lo que producimos en el año los residentes en España y a lo que, restándole ciertas partidas -como quien dice “sin IVA”- se convierte en la expresión cuantitativa de la Renta Interior que, a su vez, es la suma de lo que hemos ganado dicho año los que residimos en este país (tanto los ricos como los pobres, y tanto los que tenemos reconocida la nacionalidad como los residentes extranjeros, tengan o no tengan papeles) Y, ¿será necesario decirlo?: si la Renta Interior se divide por el número de personas residentes, se obtiene el promedio de “Renta per cápita”, que no es lo que gana nadie en particular (ya sea de sueldo o de los dividendos de su capital), pues habrá muchos que han ganado mucho menos y otros, pocos, que habrán ganado muchísimo más -nadie se come el medio pollo justo si no es por rara casualidad. A partir de esto, es muy de tener en cuenta y especialmente por los que mandan, que si la magnitud de la “Renta per cápita” no experimenta cada año un mínimo crecimiento y, para ello, el dividendo ha de crecer proporcionalmente más que el divisor, resultará muy difícil montar la demagogia comparativa del “España va bien” que utilizan, explícita o implícitamente, tanto los de derechas como los de izquierdas cuando están en el poder. Pero, ¡vamos con lo de la inmigración!
Repitámoslo, lo que importa por encima de todo a los “interesados” es el PIB y, a continuación, lo que de inmediato salta a la palestra es la “Renta per cápita”, mas ¿por qué afirmamos que primero el PIB? Deberemos entender que el PIB es lo más importante para ”ellos” y, en consecuencia, para todos nosotros que dependemos de ellos, por una sencilla razón implícita en su definición, pero que quedará más clara diciéndolo en catalán que es la lengua que todos usamos en familia: Escolta, eh, que el PIB es el negoci que hemos pillat y el negoci es el negoci, cuanto que más mejor, eh. ¿Tú me entiendes? Pues bien, ¿nos dará lo mismo que se haya hecho con más o con menos gente? ¡Ah!, eso depende. Cada negocio tiene su intríngulis y unos verán la posibilidad de hacerlo con más mano de obra y otros con no tanta pero, en cualquier caso, siempre es mejor hacerlo con la menos gente posible ya que, en cuanto te descuidas, oye, se llevan la ganancia, ¡vaya puñeta! Pero, ¡vamos con lo de la inmigración!
A ver si nos aclaramos: ¿El sistema productivo español puede seguir aumentando el valor de su producción anual durante, pongamos, una década sin que venga aquí más gente a trabajar? Unos opinan que sí (llamémoslos “prodeaquís”), y otros piensan que no (los llamaremos “prodeallendes”), es como lo de “la parrala” que se decía en tiempos, pero a mí me parece que, al menos en teoría, ambas formas de ver la cuestión son razonables y defendibles aunque ambas no se podrán hacer “in extremis” al mismo tiempo y, luego, en la práctica, ya se verá lo que se hizo y cómo resultó. Lo que supongo resulta obvio, ahora mismo y de momento, es que los “prodeallendes” lo tienen más fácil en tanto la entrada masiva de emigrantes, que por una parte resulta “internacionalistamente” ineludible, en una primera etapa presionará a la baja los salarios más bajos a pagar por las empresas que producen infraestructuras usando mucha mano de obra poco cualificada y magreará con más facilidad sus “cuentas de pérdidas y ganancias” y, a más a más, al aumentar el número de residentes, aumentará con ello la demanda interior, es decir, el número de clientes potenciales compradores de las casas que se construyan y de todo género de bienes y servicios que se produzcan.
En el otro extremo de opinión, el de los “prodeaquís”, la cuestión es también muy clara y convincente enunciada del modo siguiente: “nos proponemos aumentar suficientemente el valor de la producción nacional anual (PIB) con la gente de aquí, sin necesidad, casi, de gente de fuera”¡Fenomenal! Los economistas más sesudos que conozco de este país están muy preocupados con la “productividad” de la economía española, observando que no crece lo suficiente o que ha decaído relativamente comparándola con la de los otros países ricos, lo cual convierte en apremiante la necesidad de aumentarla. ¿Esto no es tanto como decir que hay que obtener nuevos aumentos de la producción con los mismos recursos humanos? ¿No encaja divinamente con la idea de los “prodeaquís”? Lo malo es que no sabemos si realmente es posible aumentar la producción del país y al mismo tiempo la “productividad” sin la entrada masiva de mano de obra y no es suficiente con proponérnoslo, aunque, de hecho, en las últimas décadas bastantes veces ha ocurrido ya en mayor o menor medida. Mas, ¿es factible resistirse a la presión migratoria del continente africano, del sub-continente americano y del este europeo? ¡Seamos realistas para variar!: No. Por lo tanto, la tesis de los “prodeaquís”, admitiendo que es correcta, sólo podrá ser verificada al final, dentro de diez años, y si es el caso, en términos relativos de más o menos inmigrantes y más o menos mejora de la “productividad” y esto último, sin duda, no depende de la voluntad de los políticos, que no obstante algo puede ayudar, sino de la “inteligencia” del Sistema Productivo y de los recursos utilizados, vengan de donde vengan.
Pero, tras lo dicho, aunque creo que aclara bastante la cosa, no me quedo a gusto. ¿Será todo, sólo, cuestión de “pelas”? ¿qué pasa con la cultura “nuestra” y la de los “inmigrantes”?, ¿y con la “solidaridad” internacional?, ¿cómo le van a salir las cuentas dentro de unos años al “estado del bienestar”? Y, nuestras hijas y nietas… ¿Con “quién” se casarán?, ¿tendrán que ir “a misa” con velo?, ¿nos parirá cada una 1,3 nietos o biznietos de promedio por lo menos? Y los recursos naturales… ¿Darán para tanto?, ¿los “fondos de pensiones” podrán mantener al menos su poder adquisitivo?, ¿cómo evolucionará la demografía española en general y la “pirámide de población” en particular? Y, cuando los chinos y los hindúes terminen de levantar cabeza, ya mismo, ¿qué va a ser de nosotros?... ¡¡¡Es qué, joder, comparados con los más de 6.500 millones de mandunguis que pululan por el Planeta, somos una mierda y nos creemos, en lo cultural y en lo demás, el ombligo del Mundo con derecho, ¡naturalmente!, a vivir mucho mejor que los demás, hostias!!!
Todavía me queda para una docena de renglones dentro de los límites del “mini-manifiesto” y me puedo explayar en otro importante enfoque de los muchos a que el asunto se presta: el del “derecho de gentes” o, como ahora se dice, el de los “derechos humanos” ¿Quién ha sido tan osado de ponerle puertas al mar? Los militares y los funcionarios. Sí, ellos han sido y lo han venido haciendo desde siempre hasta ahora mismo a la fuerza bruta, con la mejor tecnología y cobrando sus soldadas de los beneficios obtenidos de los negocios establecidos en los Estados según se iban “fronterizando”, delimitando espacios territoriales y humanos dentro de los cuales imponer, costara lo que costara, el propio “aquí-mando-yo” ¿De dónde han salido si no estas entelequias que llamamos: España, Francia, EE.UU. China, Marruecos, Nigeria, Polonia, Brasil, etc.? ¿Por qué la gente de paz no puede ir de un lado para otro, a donde más le convenga o apetezca, sin tener que mentir diciendo que va a estudiar o a hacer turismo o negocios? ¿Para cuándo una organización mundial o global, si se prefiere, que procure y garantice a todos los mismos derechos y las mismas oportunidades a la hora de intentar ganarse la vida? ¿Por qué no inventan de una pajolera vez una moneda única universal aunque sea de plástico? ¿Cuándo seremos todos bilingües por lo menos? ¿Qué pasó con la ilusión ilustrada de la “fraternidad” y la quizá no tanto del “internacionalismo”? ¡¡¿A dónde coños vamos a parar?!!
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P.D. El “jefe” me pide aclaración. Sea: ¿Será necesario repetir que tanto los “prodeallendes” como los “prodeaquís” tienen sus “poderosas” razones y, por tanto, será lo que Dios quiera, es decir, lo que les convenga en cada caso, o sea, “según”, pasándose por el forro de los c... el Derecho de las Gentes? En mi opinión, esto ha de ser así hasta que se instaure un auténtico “poder planetario democrático” -naturalmente (por su naturaleza) igual de “perverso” que todos sus precedentes- capaz de convencer al Capital de la conveniencia (incluso para “ellos”) de que todo quisqui pueda buscarse su acomodo en el Planeta y creo (sin cinismo) que estamos en ello, pero, en general, ¡¡que poco hacen por ello los Representantes del Pueblo de los países democráticos!! ¿Será que no conviene a ninguno de ellos porque el tema no da votos?
